21 de Julio

Miércoles XVI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 julio 2021

a) Ex 16, 1-5.9-15

           Las penalidades del pueblo hebreo, en marcha por una geografía casi imposible, hacen sentir el drama del desierto como la tragedia de una vocación y un destino, más allá de los caminos ordinarios. Esto es lo que quiere describir el texto cuando nos habla del pueblo (sediento, hambriento, cansado e inseguro) y de la respuesta de Dios a esta situación: el don del maná y de las codornices. El Dios de Israel es un Dios celoso; quiere obligar a su pueblo a apoyarse solamente en él, a poner su contento sólo en él.

           El maná es un fenómeno característico de todo el sur del desierto del Sinaí: una excrecencia de una especie de tamarix mannifera (lit. tamarindo) que todavía hoy sirve de alimento a los beduinos. En virtud de las circunstancias, nuestro relato lo considera como un alimento providencial, tal como lo manifiesta la pregunta de los israelitas, la cual, según una etimología popular, da origen al nombre del alimento: man hu (lit. ¿qué es esto?; v.15). Es la comida que en aquel momento únicamente podía dar Dios, es el pan que él "hace llover de lo alto de los cielos" (v.4).

           Ciertos sectores de la tradición profética ven en el desierto el período de las relaciones más puras e ideales entre Dios e Israel: "Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto, por tierra yerma" (Jr 2, 2).

           Israel depende totalmente de Dios, y su historia únicamente puede ser historia de fe. El sustento cotidiano de la vida por parte de Dios exige una entrega sin caución. La cantidad de maná recogida sólo según las necesidades del día es una reafirmación de la necesidad de descubrir a Dios día tras día.

           En la visión profunda del Deuteronomio, el maná tiene la finalidad de recordar a Israel su indigencia esencial, hacer que se comprenda como anaw como dependiente de Dios: "Guárdate de olvidar a Dios, que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres para afligirte y probarte, para hacerte bien al final. No digas: Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas" (Dt 8, 16-17).

           La espiritualización de esta experiencia está bellamente formulada en Deuteronomio: el hombre no puede vivir sólo de pan terreno: "Te alimentó con el maná para enseñarte que el hombre no vive sólo de pan sino de todo lo que sale de la boca de Dios" (Dt 8, 3). El Salmo 78, que canta las maravillas del Éxodo, llama al maná "pan de los fuertes".

Frederic Raurell

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           La asamblea de los hijos de Israel partió de Elim y llegó al desierto de Sin, el día 15 del 2º mes después que salieron de Egipto. Un mes y medio es un período corto; pero se hace interminable cuando se está en el desierto.

           El desierto es el lugar de la prueba, pues en el vacío de todo en la pobreza, el peligro, el hambre... el hombre se enfrenta consigo mismo. No hay nada que lo distraiga de lo esencial: la vida, la muerte, sobrevivir y subsistir. Y en el desierto, toda la comunidad de Israel empezó a murmurar contra Moisés y su hermano Aarón.

           Ese conjunto abigarrado de fugitivos no tiene nada de un pueblo excepcional. Son unos contestatarios de Moisés y de Dios. De hecho, lo que le dicen a Moisés es: "Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos. Nos habéis traído a este desierto para que muramos todos de hambre". ¡No resulta fácil ser hombres libres!

           Cuando la alegría de la gran fiesta de la salvación ha terminado, es preciso ponerse de nuevo en camino y afrontar las dificultades. ¿No llegamos también nosotros a dudar, a veces, de haber sido llamados, a mirar hacia atrás y a envidiar a los que no son cristianos? Señor, enséñanos a ser fieles, día tras día.

           Entonces, el Señor dijo a Moisés: "Mira, Yo haré llover pan del cielo. El pueblo saldrá a recoger cada día la ración cotidiana, así lo pondré a prueba: Veré si obedece o no a mi ley".

           El maná fue un alimento inesperado que les permitió sobrevivir en el desierto, y experimentar así la providencia divina: no contar tan sólo consigo mismo, sino confiar en otro. En profundidad, es la experiencia de la pobreza. De ese modo su duda, su desánimo y murmuración puede convertirse en ocasión de progresar en la fe.

           El autor de ese relato pone en evidencia 2 significaciones religiosas:

1º El maná era justo lo suficiente para cada uno (un omer, o medio litro por persona). Así, para Dios, no había ni ricos ni pobres, sino que todos eran hermanos, que recibían igual ración. Es todo un ideal. ¡Si todo hubiera seguido siendo así!

2º El maná era un alimento frágil, que había que recoger cada día, y que se echaba a perder si se provisionaba para el día siguiente. Jesús nos repetirá la lección, con su invitación a la confianza cotidiana: "Danos hoy el pan de cada día".

           El día 6º, la ración era doble a la de los demás días. La lección es, por tanto, evidente, y alude a la gran Ley del Sábado. Para no tener que trabajar aquel día, les cae doble cantidad, y excepcionalmente se conserva bien. Jesús nos liberará de esa concepción estrecha del sábado, pero ¿sabemos vivir los domingos con gozo, expansión y apertura, tal como Dios quiere?

           Cuando vieron esto, los hijos de Israel se decían los unos a los otros: "¿Man hu?" (lit. ¿Qué es esto?). Ese nombre interrogativo es también un símbolo: ante los dones de Dios, nos sentimos a menudo desconcertados. Muchas cosas no son claras, y de ahí el ¿qué es esto? Ojalá nos formuláramos más a menudo esta pregunta, a propósito de tantos dones como Dios nos concede sin que lo sepamos.

Noel Quesson

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           Los israelitas no recorrieron el desierto como un camino de liberación sino como un camino de murmuración. Esto es importante tenerlo en cuenta, porque nos hace entender que los problemas no se concentraban en una persona (el faraón) ni en un lugar (Egipto) ni en un sistema de subsistencia (una cierta monarquía).

           El triste resumen es muy distinto: adonde van los humanos va la humanidad, y con ella sus congojas, orgullos, codicias, traiciones, capacidad de mentir y el doloroso espectáculo de la ingratitud. También es verdad lo contrapuesto: adonde van los humanos va la esperanza, la capacidad de heroísmo y una generosidad capaz de conmover.

           El motivo de la murmuración hebrea tiene que ver con el alimento, pues en Egipto "nos sentábamos junto a las ollas de carne, y comíamos pan hasta saciarnos". Omiten, sin embargo, que eran esclavos, porque en el fondo siguen teniendo sus esclavitudes. Pan o libertad: esa es la cuestión, de no fácil elección. No seamos demasiado duros con aquellos israelitas.

           De otro lado, notemos que cuando las cosas salían bien, la gente cantaba a Dios, y cuando les salían mal criticaban a los enviados de Dios. Esa es otra enseñanza: es fácil atribuir los bienes a Dios (porque está lejos), así como es fácil fustigar a sus enviados (que están cerca). Es lo que hace la secta protestante, que se presenta como una "fe sin iglesia" para engañar y pescar incautos.

Nelson Medina

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           El pueblo hebreo ya se ha olvidado de la victoria del Mar Rojo y de la fidelidad de Dios. Y ahora se enfrenta a la dureza del desierto, empenzando a protestar de nuevo. Como se ve, el peor enemigo de Moisés, a la hora de conducir al pueblo hacia la libertad, es el pueblo mismo, no los egipcios (al principio) ni los peligros (que van encontrando en el camino).

           Esta vez tienen hambre, porque el desierto es escaso en medios de subsistencia. Pero Dios, una vez más, se muestra cercano, y se sirve de 2 fenómenos naturales que, por su oportunidad, fueron interpretados como actuaciones prodigiosas de Dios: una bandada de codornices (que emigran y se ponen al alcance de los israelitas) y el maná (una especie de resina comestible, de algún árbol o de alguna clase de rocío alimenticio). El nombre le viene de la exclamación de los israelitas: ¿Man hu? (lit. ¿Qué es esto?).

           El Salmo 77 que rezamos hoy se hace eco del relato: "El Señor les dio pan del cielo, e hizo llover carne como una polvareda y volátiles como arena del mar". Dios siempre aparece dispuesto a ayudar a su pueblo.

           Las diversas esclavitudes tienen también sus aspectos gratificantes. Y puede ser que, en nuestra vida, más o menos conscientemente, no queramos ser salvados. O que las personas a las que intentamos ayudar en su liberación ni siquiera sepan que necesitan ser salvadas. Más o menos como los israelitas, añoramos la "olla de carne" de Egipto y el "pan hasta hartarnos". Los ídolos, a pesar de la esclavitud, no dejan de ser tentadores. Porque el ponerse en marcha, y la aventura del desierto, y la incomodidad que lleva consigo la libertad, pueden infundir miedo.

           También podemos reflexionar sobre nuestra capacidad de encajar las dificultades de la vida. ¿Cómo soportamos la dureza del camino? A todos nos pasa que, algunos días, todo nos sale mal y parece que se oscurece el sol y no sentimos ni la cercanía de Dios ni la de los demás. ¿Cómo reaccionamos? ¿Murmurando siempre, como el pueblo de Israel? ¿O sabemos ser fuertes ante las adversidades, sin culpar siempre a Dios, sin perder la confianza?

           Para el camino de nuestro desierto tenemos un alimento especial. Fue el mismo Cristo quien relacionó la eucaristía con el maná del desierto (Jn 6, 31), cuando sus interlocutores le dijeron: "Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: pan del cielo les dio a comer". El maná y las codornices que Dios nos regala para nuestro camino, son hoy su Palabra y la Eucaristía, su "pan del cielo (Sal 77).

           En efecto, tras multiplicar los panes para dar de comer a la multitud, Jesús se presentó a sí mismo como el Pan del cielo: "En verdad os digo que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Yo soy el pan de la vida, un pan que es mi carne por la vida del mundo".

José Aldazábal

           Leamos el texto de hoy como un signo de Dios providente. Él da maná y carne, rocío y codornices (protección y ayuda) a un pueblo que salió pobre, vive en la soledad en el desierto, y se interroga si de verdad Dios es su Dios. ¡En la niebla se ve siempre mal, incluso a nivel espiritual!

           Cuando leemos en la Biblia unos hechos tan distantes de nosotros en el tiempo y en el modo de vida, fácilmente podemos caer en la tentación de reconstruir superficialmente esas actitudes de vida. Pero somos tan osados (o ignorantes) que lo hacemos, diciendo entender a los israelitas en su vagar por el desierto, creyéndonos unos expertos en su fidelidad o infidelidad, gratitud o ingratitud, conformidad o rebeldía, satisfacción o angustia. Por lo visto, estuvimos allí, hace ya 3.300 años, y hemos venido para contarlo.

           Hagamos un esfuerzo por colocarnos a nosotros mismos en aquel lugar y en aquella comunidad de israelitas, y revisemos nuestras conductas. Porque si hoy día somos tan infieles, desagradecidos y rebeldes, con tanta comodidad y prosperidad, ¿les vamos a exigir a aquellos errantes hebreos que fuesen fieles y agradecidos? Revisemos nuestras conductas.

Dominicos de Madrid

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b) Mt 13, 1-9

           Desde hoy hasta el viernes de la semana que viene vamos a leer el famoso cap. 13 de Mateo, el de las parábolas de Jesús: el sembrador y su semilla, el grano de mostaza, la levadura, el tesoro y la perla escondidos, la red que recoge peces buenos y malos.

           Las parábolas son relatos inventados y fáciles de entender, tomados de la vida del campo o del ambiente doméstico y que se refieren a la vida de cada día. En labios de Jesús, contienen una intención religiosa y una lección para que sus oyentes comprendan las líneas del Reino, con comparaciones llenas de expresividad.

           La 1ª de esas parábolas es la Parábola del Sembrador, en que Dios siembra con generosidad y cuya aplicación (que veremos en días sucesivos) se refiere a la clase de terrenos (preparados o no) que acogen esa semilla. En cuanto al texto de hoy, se describe al sembrador y la fuerza de la semilla sembrada, que a pesar de las dificultades (los pájaros, las piedras, las zarzas) acaban produciendo fruto.

           Aunque a veces la siembra parezca que ha sido inútil, Jesús nos dice que, a la larga, será fecunda y no se perderá. ¿Somos buenos sembradores? ¿Tenemos fe en la fuerza interior de la semilla que sembramos, la Palabra de Dios, y confianza en que, a pesar de todo, Dios hará que dé fruto?

           Dios es generoso en su siembra, y también universal. Porque también los alejados (o los que son víctimas de la secularización, o los que no han recibido buena formación) están llamados a la salvación. Dios siembra en el corazón de todos, y no selecciona de antemano los terrenos, ni obliga ni fuerza a nadie a responder a su don.

           La Iglesia cristiana ha recibido el encargo de que el mensaje de Cristo llegue a todos, a los campos preparados y también a los cubiertos de zarzas. La sociedad actual es claramente pluralista, y tendremos que utilizar en nuestra siembra el lenguaje adecuado. Porque lo importante es sembrar, ya que la propia Palabra de Dios tiene fuerza por sí misma, para germinar y dar fruto en cualquier tipo de terrenos.

           La parábola de hoy es una llamada a la esperanza y a la confianza en Dios. Porque la iniciativa la tiene siempre él, y él es quien hace fructificar nuestros esfuerzos. Nosotros tenemos que sembrar sin tacañería, y sin desanimarnos fácilmente por la aparente falta de frutos.

José Aldazábal

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           El evangelio de Mateo va reagrupando los temas tratados por Jesús en 5 grandes secciones. Hasta ahora ya hemos visto la 1ª y 2ª de esas secciones, conocidas como Sermón de la Montaña y Discurso Apostólico. Y hoy comenzamos la 3ª de esas secciones: las Parábolas del Reino.

           Las parábolas son un género literario, compuesto por relatos concretos e imágenes expresivas, destinados a la mejor comprensión de una idea. Sus detalles concretos no tienen todos el mismo valor, y lo interesante de ellas es, sobre todo, captar su significación global.

           Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió tanta gente que tuvo que subirse a una barca. Si mi mente se presta a ello, puedo quedarme unos instantes contemplando esos gestos de Jesús: un Jesús sencillo, un hombre como los demás hombres. Ese es el gran misterio de Jesús, que siendo el Hijo de Dios se pone a nuestro alcance, como ese hombre que sale de su casa, camina, se sienta, se levanta y pone los pies en el agua del lago para subir a una barca. Ese es Jesucristo, dispuesto a hablar siempre con el hombre.

           Jesús les habló de muchas cosas en parábolas, sacando la mayor parte de sus comparaciones de la vida, del hogar, de los negocios, del trabajo y del campo. Jesús es un buen observador, y ha mirado con amor a las gentes que encontraba a su paso.

           "Salió el sembrador a sembrar", comienza diciendo hoy Jesús. Se trata de un pobre sembrador que aparentemente no tiene buena suerte, y va acumulando fracasos en escalada cuando:

-los pájaros se comen sus semillas, antes de que germinen;
-las plantitas surgidas son quemadas por el sol, antes que pudiera crecer;
-la planta que ha logrado desarrollarse es sofocada por las malas hierbas.

           ¿Por qué nos cuenta Jesús esta serie de fracasos? Porque podría pensarse que el trabajo del sembrador ha sido completamente inútil. Pues bien, todo ello es imagen del reino de Dios, imagen de la cruz de Jesús. A menudo tenemos nosotros la impresión de estar perdiendo el tiempo al tratar de vivir y proclamar el evangelio, y no vemos ningún resultado. Pero sigamos escuchando.

           "Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto; unos ciento, otros sesenta, otros treinta". He aquí un éxito sorprendente. El fracaso anterior ha sido muy ampliamente compensado. Sí, a pesar de las apariencias contrarias, la cosecha será un hecho, y el Sembrador no quedará decepcionado: el reino de Dios tiene asegurado el éxito final.

           "Quien tenga oídos, que oiga", acaba diciendo Jesús. A menudo somos sordos, y nuestros corazones están cerrados. Y eso nos impide percibir suficientemente los signos del reino de Dios que él mismo va sembrando, junto a los nuestros. De ahí que, cuando menos lo esperemos, nuestra semilla habrá germinado 30 ó 60 ó 100 plantas distintas, y no sólo una. Dios también siembra y trabaja con nosotros, para que la mies crezca y dé cosechas del 100 por 1, a pesar de las apariencias contrarias.

Noel Quesson

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           Comienza hoy Jesús a introducirnos en los misterios del Reino, a través de su forma tan característica de presentarnos su dinámica, que es la parábola.

           En la Parábola del Sembrador de hoy, la semilla es la palabra proclamada, y el sembrador es él mismo. Éste no busca sembrar en el mejor de los terrenos para asegurarse la mejor de las cosechas. Él ha venido para que todos "tengan vida y la tenga en abundancia" (Jn 10, 10). Por eso, no escatima en desparramar puñados generosos de semillas, sea "a lo largo del camino" (v.4), como "en el pedregal" (v.5), o "entre abrojos" (v.7) o finalmente "en tierra buena" (v.8).

           Así, las semillas arrojadas por generosos puños producen el porcentaje de rendimiento que las posibilidades toponímicas les permiten. El Concilio Vaticano II nos recuerda que "la Palabra de Dios se compara a una semilla sembrada en el campo. Los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño de Cristo han acogido el Reino. Y la semilla, por sí misma, germina y crece hasta el tiempo de la siega" (LG, 5).

           "Los que escuchan con fe", nos dice el concilio. Tú estás habituado a escucharla, tal vez a leerla, y quizás a meditarla. Según la profundidad de tu audición en la fe, será la posibilidad de rendimiento en los frutos. Aunque éstos vienen, en cierta forma, garantizados por la potencia vital de la Palabra (semilla), no es menor la responsabilidad que te cabe en la atenta audición de la misma. Por eso, "el que tenga oídos, que oiga" (v.9).

           Pide hoy al Señor el ansia del profeta: "Cuando se presentaban tus palabras, yo las devoraba. Tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque yo soy llamado con tu nombre, Señor, Dios de los ejércitos" (Jr 15, 16).

Julio César Ramos

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           La Parábola del Sembrador no pasa de moda, porque tampoco pasan de moda las crisis que pretende iluminar. Dejemos que afloren algunas de las preguntas que solemos hacernos: ¿Por qué si la Palabra de Dios es tan eficaz produce, en apariencia, tan poco fruto? ¿Por qué hay tantas personas que no se sienten atraídas por ella si siempre se ha dicho que la Palabra es "luz para nuestros pasos" y que "da vida"? ¿Por qué, después de un tiempo de entusiasmo, hay muchos que se descuelgan y pasan a engrosar el grupo de los alejados?

           Estas preguntas nos desconciertan, y no acabamos de entender por qué hay mensajes que parecen llegar a las personas con más hondura que el mensaje de la Palabra.

           Jesús vive en carne propia la experiencia de ver cómo se producen reacciones diferentes ante el anuncio del reino de Dios. Hay un poco de todo. En la vida sucede lo mismo que en la siembra. La semilla puede ser de calidad suprema, pero el fruto no depende sólo de ella sino de las condiciones del terreno en el que caiga. No es lo mismo el borde del camino, que la zona pedregosa, o las zarzas, o la tierra buena. La tradición de la Iglesia convirtió pronto esta parábola en una alegoría, haciendo una aplicación de cada terreno a las distintas condiciones humanas. Esto nos resulta muy conocido, y pasado mañana tendremos ocasión de leerlo con calma.

           ¿Cuántas veces nos hemos preguntado si éramos nosotros tierra buena o si, por el contrario, la nuestra era una tierra llena de pedruscos o de zarzas? Hay en nosotros una tendencia espontánea a moralizar todo, a preguntarnos si estamos a la altura de lo que el evangelio proclama.

           Y, sin embargo, en la parábola de Jesús hay un mensaje que va más allá. Jesús habla de un sembrador que "salió a sembrar" y fue esparciendo la semilla con sobreabundancia. Un sembrador tacaño se cuida mucho de no desperdiciar la semilla arrojándola a las piedras o a las zarzas. Pero Jesús no es un sembrador tacaño. La Palabra es lanzada en todas direcciones, a toda clase de personas, y no es un alimento reservado a unos pocos privilegiados.

           En nuestra Iglesia somos a veces muy selectivos, y organizamos procesos catecumenales que van filtrando a las personas. Quizás es este un camino necesario para purificar las intenciones y para ir afinando las respuestas. Pero al mismo tiempo, deberíamos sembrar por todas partes (a tiempo y a destiempo), porque donde menos pensemos la Palabra puede encontrar acogida.

Gonzalo Fernández

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           El evangelio de hoy nos presenta la Parábola del Sembrador, en su 1ª parte. Y nos viene a decir que Dios ha puesto su semilla en cada uno de nosotros, y ha dejado caer la semilla sabiendo que encontrará diferentes tipos de terrenos, y que en unos sitios crecerá con facilidad y en otros a duras penas dará fruto.

           Sin embargo, el sembrador de la parábola realiza su labor con esperanza y generosidad. No espera a encontrar el terreno perfecto, ni el que le produzca el máximo beneficio o el mínimo costo. Se trata de una siembra a voleo, gracias a la cual ha llegado quizás a nosotros. Esto es motivo para dar gracias, y una invitación a que también nosotros seamos sembradores generosos y confiados.

           A menudo nos decimos unos a otros que estamos viviendo tiempos difíciles, que nos encontramos muy a la intemperie en esta sociedad, y que ser verdadero seguidor de Jesús es difícil. Y eso es cierto. Pero, ¿acaso alguna vez la vida cristiana ha sido fácil?

           Me temo que no. Las personas que hoy admiramos como auténticas cristianas también han vivido la cruz, la duda, el sentirse incomprendidas y solas. ¿Y qué les ha mantenido? La fidelidad a ese 1º encuentro, el revivir cada día esa 1ª llamada, el alimentarla y hacerla crecer. Por eso, releer a la luz de la Palabra nuestra propia historia puede ayudarnos a reforzar los pilares de esa 1ª llamada, y poder decir cada día con el salmista: "En ti confío, Señor, tú eres mi fuerza".

Miren Elejalde

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           Lo importante en la vida no es cuánto se da, sino dar. Así lo pone de manifiesto Jesús en su Parábola del Sembrador, cuando dice que "una parte de la semilla cayó en tierra buena y dio fruto, al cien, al sesenta o al treinta por uno". Jesús no entra en si la mejor cosecha fue la que dio más, sino que sólo resalta el hecho de que toda semilla que cayó en tierra fértil dio frutos.

           Nosotros nos ofuscamos muchas veces en la cantidad de lo que damos. Queremos dar el 100% en lo que hacemos, sobre todo en las cosas que dedicamos enteramente en la labor de extensión del reino. Y ponemos la excusa de que si no podemos dar ese 100% no daremos nada. Al final, ese es el resultado, nos quedamos en el 0%, sin dar absolutamente nada y ralentizando el proceso del reino de Dios, para todas aquellas personas que lo necesitan.

Miosotis Nolasco

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           El evangelio de hoy nos ofrece la parábola quizá más conocida de todas: "salió un sembrador a sembrar". Una parábola que se puede aplicar a sí misma, porque ella misma es una palabra, una semilla que ha llegado al campo de nuestra vida.

           En efecto, solemos prestar atención a la semilla que quedó sembrada "de manera superficial", o a la que quedó sembrada "entre zarzas", porque la superficialidad y el atafago son realidades de las que podemos hacernos fácilmente conscientes. Yo quisiera que hoy destacáramos la triste suerte de la 1ª semilla, la que cayó al borde del camino y ni siquiera quedó sembrada.

           Se trata de las semillas que dejamos perder, de las palabras que no quisimos decir, de los sueños que no quisimos emprender, de las posibilidades que no quisimos poner en marcha. Incluso de la Palabra de Dios que no recibimos porque creímos haberla recibido ya. Pues como comienza diciendo la parábola: "Una vez salió un sembrador a sembrar".

Nelson Medina

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           El evangelio de hoy nos trae la Parábola del Sembrador, dirigida por Jesús a muchos que, por estar atentos a las tradiciones de los antepasados, hacen resistencia a la novedad del evangelio. Una actitud que refleja acaba siempre en fracaso, pues con ella sólo una mínima parte de la semilla produjo fruto, y de baja calidad.

           Jesús es consciente de que para poder cosechar algo, es necesario sembrar mucho. El misterio del Reino se acomoda al misterio del ser humano. Aunque nos unamos en las causas, la pertenencia y el compromiso con la Iglesia, el reino de Dios va estar mediatizado por las motivaciones e intereses de cada individuo y de la sociedad.

           A veces queremos obligar a los demás a caminar y a producir según nuestro propio ritmo. Y eso es violentar la acción del Espíritu. La experiencia de la predicación del Reino, y la respuesta humana, enseñaron a Jesús que el Reino no se puede construir sin tener en cuenta la libertad y el fracaso. A veces es más el esfuerzo, y el empeño y la fatiga, que los resultados. Pero no nos desolemos, pues al final esas respuestas pueden ser cuantitativamente insignificantes, pero cualitativamente significativas.

José A. Martínez

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           Se puede articular el pasaje de hoy según los personajes a quien se asignan las palabras. Al principio se trata de un relato del evangelista (vv.1-3), y a continuación de la transmisión de las palabras pronunciadas por Jesús (vv.3-9). El relato sirve de introducción a la Parábola del Sembrador (que sigue a continuación), pero también a todo el Discurso Parabólico (vv.1-53). De hecho, en la última parábola apocalíptica (vv-49-50) se retomarán numerosos elementos de la introducción de hoy: mar, playa y "el sentarse" de algunos.

           Este clima del discurso hace comprensible la extraña actitud del sentarse de Jesús, mientras la gente se queda de pie. Como en otras imágenes apocalípticas (Dn 7,16; Ap 7,9-12), se trata de escenas referidas al Juicio Final. Un carácter de revelación que también se hace comprensible en el empleo del verbo hablar y no enseñar.

           Nos encontramos, por tanto, ante una revelación, en el marco definitivo del fin de los tiempos. Se trata de un discurso marcadamente escatológico, cuya finalidad principal consiste en colocar la necesidad urgente del discernimiento del hombre, respecto al Reino de los Cielos.

           Esta urgencia en la decisión es la que aparece al final de la Parábola del Sembrador. De hecho, las palabras del v.9 ("quien tenga oídos, que oiga") tienen el sentido de una exhortación, a asumir la sabiduría en un contexto de fuerte matiz escatológico, a semejanza de la conclusión de las cartas a las 7 iglesias (Ap 2, 1.3.22). Aquí cada individuo es colocado ante una decisión. Se prolongan así las exhortaciones proféticas, y la oración hebraica diaria del Escucha, Israel (Dt 6, 4).

           La salida de casa de Jesús debe interpretarse como salida del sembrador a su tarea. Ante ella, se es invitado a recibir la palabra del Reino y hacerla fructificar en su vida. Se trata de aferrarse a la palabra "con toda el alma y con todas las fuerzas", para que pueda producir su fruto.

           Junto a esa invitación, la parábola presenta los riesgos de no tomar en debida cuenta el significado de la aparición de Jesús en la historia humana. De la disposición de cada hombre puede depender el fracaso de las semillas. Si los terrenos de acogida no están suficientemente preparados, el crecimiento es obstaculizado y frenado, impidiendo la fructificación. Los 3 primeros casos son ejemplo de está trágica posibilidad, que se presenta a la existencia humana.

           Con este fin, Jesús nos habla de un terreno que se ha endurecido por el paso de hombres y animales en camino, de un rincón demasiado rocoso que impide el enraizamiento, de la amenaza que presenta la presencia de espinas que sofocan el crecimiento.

           Frente a Jesús, mensajero último de Dios, el hombre se ve obligado a tomar una decisión. Y la multitud, a la que Jesús habla, debe tomarla, lo mismo que los discípulos. Es imposible permanecer indiferente ante la presencia del sembrador de Dios, y de la respuesta adoptada frente a él depende la vida del hombre y la suerte destinada a cada individuo. Lo mismo que los contemporáneos de Jesús, cada uno deberá optar, y de la elección tomada dependerá la esterilidad o fecundidad de la propia existencia.

Confederación Internacional Claretiana

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           Aplicamos muchas veces la Parábola del Sembrador a la evangelización y a la misión apostólica, diciéndonos que "debemos sembrar la semilla de la Palabra, para que dé fruto". Pero recordemos que Jesús nunca aplica esta imagen (de sembrar) a la misión de sus discípulos, ni habla nunca de enviarlos a sembrar, sino a cosechar. Es importante caer en la cuenta. Para Jesús, es otro (Dios) quien ha sembrado, ya antes de llegar nosotros siquiera a ver el campo. Nosotros, por tanto, llegamos a la hora de la cosecha, y resulta que la mies está a punto.

           La Parábola del Sembrador no se refiere a la misión del evangelizador, sino a la respuesta de los evangelizados, o a nuestra propia respuesta. Y en ello, las respuestas son desiguales, y las hay para todos los gustos. Un mismo tipo de semilla da rendimientos muy diferentes, y lo que produce la variación (en la respuesta) es la calidad de la tierra, la escasez o abundancia de agua, las eventuales espinas de las zarzas. La pregunta es: ¿cuál es nuestro rendimiento? ¿Cómo está la calidad de mi suelo? ¿Cuánto rendimiento doy con vida?

           Cada tipo de tierra recibe la semilla, la acoge en su seno y la hace crecer según sus propias posibilidades. Hay tierras mejores y peores. No se le puede pedir a la tierra mala que dé una buena cosecha. Eso ya lo sabe el sembrador. Lo mismo pasa con la palabra de Dios que llega a nuestro corazón. Los seres humanos no somos todos iguales, y no todos estamos cortados por el mismo patrón. Entre nosotros hay muchas diferencias (cultura, geografía, inteligencia...), y por eso nosotros somos la tierra, en unos sitios de una forma y en otros de otra.

           Por eso, a cada uno se le pedirá según sus posibilidades. Hay personas en el mundo a las que les ha tocado nacer en condiciones más desfavorecidas. ¿Cómo les va a pedir Dios, pues, que den el mismo fruto que otros, a quienes ha tocado una mejor situación? Dios no condena a nadie, ni pide a todos que den el 100%. Simplemente pide, a cada uno, que dé lo que pueda dar.

Servicio Bíblico Latinoamericano