19 de Julio

Lunes XVI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 julio 2021

a) Ex 14, 5-18

           Cuando anunciaron al rey de Egipto que los hebreos habían huido, se mudó el corazón del faraón, al darse cuenta de que perdería una mano de obra muy barata. Entonces cambió de pensar, y el que antes había dejado partir a los hebreos, ahora se lanza a perseguirlos.

           Realmente, la fórmula semita "mudar el corazón" es bastante chocante hoy en día, respecto a nuestras mentalidades modernas. Y para comprenderla hay que cotejarla con otras fórmulas, que no hablen de "cambiar de corazón" sino que vengan a decir que "el faraón endureció su corazón" (Ex 8,11; 8,15; 9,7), afirmando sucesivamente que:

-el faraón endureció su corazón,
-el Señor endureció el corazón del faraón.

           Hizo entonces el faraón enganchar su carro, tomó 600 carros de su propia guardia (los mejores) y el resto de carros de Egipto (cada uno con su dotación), y con ese ejército temible y rápido (según describen los bajo-relieves egipcios) alcanzó a los hebreos "mientras acampaban junto al mar". Se trata del símbolo de la situación sin salida: acorralados junto al mar, ante un ejército más poderoso (de caballos y carros) que el propio (de peones).

           Los hijos de Israel, llenos de miedo, dijeron a Moisés: "Déjanos tranquilos, queremos continuar sirviendo a los egipcios. Vale más servir que morir en el desierto!". Es la prueba de la fe. Apenas salidos de la esclavitud, los hebreos están dispuestos a volver a ella, a causa de las ventajas que sacaban de ella. Sí, ésta es también nuestra prueba y nuestra pregunta: ¿Quién es para mí este Dios, que se presenta como salvador y que aparentemente deja a los suyos en la miseria?

           Moisés contestó a los israelitas: "No temáis, aguantad y veréis lo que el Señor hará hoy para salvarnos. El Señor combatirá por vosotros". Puesta a dura prueba, la fe ha de triunfar con una fe más pura, más despojada de confianza en sí misma para confiar totalmente en Dios. Esto es siempre actual.

Noel Quesson

*  *  *

           El relato que leemos hoy gira en torno a un tema importantísimo: la fe. Y podemos precisar todavía más: la fe de los hebreos frente al miedo ante acontecimientos, inevitablemente contrarios a la seguridad del pueblo.

           Se trata, pues, de aprender a ver a Dios en aquello que sucede: ver lo invisible que se manifiesta con fuerza en medio de las realidades visibles que pueden aplastarnos. La narración es de un efecto psicológico impresionante. Dentro del género de gesta épica, allí donde se produce el vértigo, estalla el pánico y se manifiesta la lucha del pueblo, que se debate en la indecisión: quiere la libertad y al mismo tiempo le da miedo el precio que tiene que pagar.

           En términos teológicos, esta verdad se podría enunciar así: el hombre es capaz de ver a Dios y de dejarse atraer por él y, al mismo tiempo, siente todo el miedo de la aventura que supone el camino de acercamiento a Dios. El autor o los autores de esta narración (ya que en el proceso que va desde fijar la tradición hasta la redacción del texto, tal como lo tenemos ahora) parten de un hecho que ha quedado grabado en la memoria del pueblo como un hecho esencial, pero del que se han perdido los detalles y exactitud histórica que a nosotros tanto nos interesan.

           Además, el último autor es un teólogo y hace teología. Sin negar el hecho histórico, sino al contrario, afirmándolo, lo que a él le interesa es la lectura de los signos del hecho pasado desde la fe actualmente profesada, que le pide una respuesta a los interrogantes de los signos de los tiempos de hoy. Por eso, más allá de los detalles del hecho, él afirma su verdad: Dios ha liberado al pueblo cuando todo indicaba que eso era imposible.

           Por encima de un pueblo que duda, que tiene miedo, que no acaba de confiar en la palabra de Dios, se destaca la figura de Moisés como un hombre de fe. Su fe es pura e inquebrantable. Por eso es confiada. Confianza que se entrega. Es una fe vivida con toda sinceridad y proyectada sobre los demás como un testimonio irrebatible.

           Las palabras de Moisés empiezan siendo una afirmación: hemos de ser valientes y mantenernos firmes (v.13). Ante el peligro no se puede tener miedo ni vacilar. Moisés es presentado aquí como un buen estratega que sabe valorar debidamente la fuerza que le sobreviene encima y la del pueblo a quien manda. Y aquí surge la confianza de la fe: el pueblo es realmente una nulidad frente al enemigo organizado. De no haber sido hecho desde la fe, el mandato de mantenerse firmes y no tener miedo habría sido una invitación al suicidio colectivo. Lo mejor era rendirse a la evidencia y evitar desastres mayores.

           Pero Moisés se apoya solamente en la fe: hoy veréis lo que Dios hará para salvaros (v.13). Es la seguridad que da la fe. Pero notemos que esta seguridad no tiene nada que ver con la irresponsabilidad de la inacción ni con la espera fatalista a que todo sea solucionado desde arriba. La consigna de Dios es clara: Dile al pueblo que no se distraiga, que siga adelante, y tú dirígelo (vv.15-16). Hay que aprovechar activamente todos los momentos y todas las circunstancias, porque Dios está realmente ahí.

Josep Aragonés

*  *  *

           Nos impacta en la 1ª lectura de hoy la impresionante inestabilidad del corazón humano. Ya habían decidido los egipcios que era mejor dejar ir a los hebreos, pero ahora cambian y se resuelven a una persecución furiosa. Ya habían festejado los hebreos su liberación, pero ahora cambian al sentirse perseguidos, y piensan que hubiera sido mejor quedarse en Egipto.

           Así es el corazón humano: poco disfruta el bien que posee, y mucho añora el bien que no le ha llegado o el que se ha ido de su mano. Valoramos poco y agradecemos poco el presente, mientras la nostalgia se adueña de nuestros recuerdos y una esperanza ingenua nos hace aguardar casi cualquier cosa del futuro.

           Para el faraón el duelo de su hijo primogénito fallecido (en la 10ª plaga de Dios) ha durado poco. Y pronto hace sus cuentas y comprende lo sucedido: ha perdido una fuerza de trabajo, no ha cuidado sus recursos de producción. Y a eso es a lo que sale, brioso como su propios corceles: a recuperar las fuentes de su riqueza, y a demostrar a todos quién es el dueño del mundo.

           Dios, por su parte, revela a Moisés el sentido de la maravillosa intervención que hará junto al mar: demostrar a esos israelitas que no son una fuerza de trabajo para la gloria de un hombre, sino unos elegidos para manifestar la gloria de Dios.

Nelson Medina

*  *  *

           El sábado leíamos cómo el pueblo de Israel salía de Egipto, pero hoy vemos que el faraón se arrepiente de haberles dejado escapar y emprende su persecución.

           Por otra parte, se comprueba qué poca memoria tiene el pueblo israelita. Acaban de ser liberados de la esclavitud, y ya se han olvidado de Dios, murmurando contra Moisés nada más verse perseguidos por los egipcios. No le ven salida a la situación, y se ven acorralados entre el mar y los perseguidores. Moisés les tiene que animar: "No tengáis miedo, porque veréis la victoria que el Señor os va a conceder". Y les invita a seguir adelante con decisión, hacia la libertad.

           El relato del paso del Mar Rojo, que continuará mañana, tiene mucho relieve en el libro del Éxodo, como su acontecimiento clave y el mejor símbolo de la liberación. Aunque el camino hacia la Tierra Prometida esté lleno de dificultades, la travesía del Mar Rojo es el hecho constituyente del pueblo de Israel.

           No se trata de una historia científica o imparcial, sino un relato religioso, en el que continuamente aparece el hilo conductor: Dios es fiel a su promesa, salva a su pueblo y lo guía. Y por eso, cuanto más se exageren las cifras de los adversarios, y el carácter épico del paso del Mar, tanto más claramente se proclama la grandeza de Dios y su bondad para con el pueblo.

           El salmo responsorial de hoy no podía ser otro que el cántico que entonó el pueblo al verse ya salvado a la otra orilla del Mar Rojo: "Cantemos al Señor, porque sublime es su victoria, arrojando al mar caballos y carros. El Señor es un guerrero, y su nombre es el Señor. Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible".

           Nosotros cantamos ese mismo cántico en la Vigilia Pascual, después de haber proclamado el relato del Éxodo y resaltando la cercanía que tuvo Dios para con su pueblo, así como el poder que mostró al resucitar a Cristo de entre los muertos, haciéndole pasar de la muerte a la nueva existencia, a la que también nos conduce a nosotros por medio de las aguas del bautismo.

           Por desgracia, nos puede pasar lo que a los israelitas, que no estaban muy convencidos de querer ser salvados. ¿No se estaba mejor en Egipto? Esta queja la van a ir repitiendo los hebreos a medida que experimenten las dificultades del desierto. ¿Queremos de verdad que Dios nos libere de nuestros males, o preferimos seguir en nuestro Egipto particular? Tal vez, ni nos hemos enterado de que éramos esclavos.

José Aldazábal

*  *  *

           El pasaje de hoy pone ante nuestros ojos la aventura de la salida de Egipto, el gozo inicial de la liberación, el lamento de Egipto por verse privado de esclavos baratos, la reacción violenta del faraón contra los israelitas, la providencia de Dios sobre los hebreos, y el comienzo de las pruebas por las que han de pasar los hebreos en camino a la liberación definitiva. En realidad, nos anticipa todo lo que va a suceder. Quedémonos con la idea de "providencia divina sobre los israelitas".

           Siempre que nos hallamos en una situación de esclavitud o sufrimiento, los humanos anhelamos la liberación y la paz. Y ese buen deseo nos hace ver las cosas desde la esperanzadas, sobre todo si hay alguien que alimente ese anhelo.

           Los israelitas sufrían en Egipto, pero Moisés les animó a buscar liberación, y juntos se creyeron capaces de alcanzar una forma de vida nueva. Lo difícil de esa opción era calcular el volumen de las adversidades que podían sobrevenir. Los israelitas no calcularon bien, y esa falta de cálculo va a ir saliendo a la luz a lo largo de su andadura por el desierto, tentándolos a la desesperanza: "¿No había sepulcros en Egipto?". Dura expresión de los hebreos, pues se sienten acrisolados. Pero ese es el precio de la nueva vida.

Dominicos de Madrid

b) Mt 12, 38-42

           Al lado de los fariseos aparecen hoy unos nuevos personajes: los letrados, que vienen en ayuda de los derrotados fariseos. Se dirigen a Jesús con cortesía, pero le piden una señal, negando así el valor de todas las señales que ya ha realizado hasta ahora, y que mostraban a las claras "las obras del Mesías" (Mt 11, 2) ante la liberación de los endemoniados (Mt 12, 22). Para ellos, lo que Jesús dice y hace carece aún del refrendo divino, y le piden una gran señal que refrende sus obras y autoridad. Conectan así con la 2ª tentación del desierto (Mt 4, 5-7), aunque implícitamente afirman que, en tal caso, estarían dispuestos a creer en él.

           Jesús rechaza de plano su petición, y los recrimina. Esta gente designa ante todo a los fariseos y letrados, pero detrás de ellos al pueblo que está bajo su influjo y acepta su doctrina (Mt 11, 16). Malvada es la palabra usada en el previo v. 34, que aludía a Satanás y los declara enemigos de Dios. Adúltera alude a la infidelidad de Israel a Dios y a su Alianza, por seguir falsos dioses y prostituirse bajo ellos (Os 2,1; 5,3; Jr 3,6; Ez 23; Sal 73,27).

           "No se le dará" deja en la indeterminación toda interpretación teológica, pues no es Jesús sino Dios quien no les dará la señal. No obstante, una salvedad hace Jesús: se les dará la señal del profeta Jonás. Compara así el tiempo entre su muerte física y su resurrección mediante los 3 días y 3 noches que estuvo Jonás en el vientre del monstruo. No se menciona la vuelta a la vida, pero está insinuada.

           Jesús habla a los que buscan acabar con él (Mt 12, 14), y les dice que no todo acabará con que le den muerte. Jesús es el Hombre que va a estar en el seno de la tierra, pero por un brevísimo período. Pues el Hombre posee una calidad de vida que no puede ser vencida por la muerte.

           "Para carearse" (en hebreo rib, lit. "en el juicio con") era una de las formas de juicio en la cultura judía, en que 2 antagonistas se enfrentaban y exponía cada uno sus argumentos, venciendo el que presentara los más contundentes. La frase siguiente ("la condenarán", o "la dejarán convicta") indica que se trata de esta clase de juicio.

           El libro de Jonás era uno de los más populares del AT, ofreciendo un mensaje de esperanza y de aviso allí donde los otros profetas habían encontrado resistencia, incredulidad e incluso rechazo. A la predicación de Jonás, toda la ciudad de Nínive había hecho caso y se había arrepentido (mensaje de esperanza). Pero Nínive era una ciudad pagana (mensaje de aviso), y no había nada en la historia de los judíos que pudiera compararse con el arrepentimiento de Nínive. De esto toma pie Jesús para su amenazadora predicción.

           La moraleja de Jonás es la misma que para el ejemplo de la reina del Sur, también pagana y admiradora de la sabiduría de Salomón (la Escritura). Ambos ejemplos se terminan con un colofón que marca la diferencia entre aquellas circunstancias y la presente: "Aquí hay alguien superior a Jonás, y más que Salomón" (Mt 12, 6). Efectivamente, el Mesías fue profetizado como alguien muy superior a David y Salomón. 

           La culpa de "esta clase de gente" es mayor que la de sus antepasados. El ejemplo de Salomón y la reina compara lo sucedido entonces con lo que sucede con Jesús: los paganos muestran mayor sensibilidad que los judíos y dan mejor respuesta a la invitación de Dios.

           El pasaje está en relación con el pasaje del centurión, donde se comparaba la fe de un pagano con la de Israel (Mt 8, 5-13). También con la invectiva contra las ciudades galileas, comparándolas con las paganas (Mt 11, 20-24). Y también con la acción de gracias de Jesús (Mt 11, 25-30), en que "los sabios y entendidos" están representados aquí por los fariseos y letrados. Estos constituyen "la gente malvada e idólatra". La sabiduría es la mencionada en Mt 11,19.

Juan Mateos

*  *  *

           Muchas personas seguían a Jesús por sus enseñanzas, pero también hay que reconocer que una gran mayoría acudía por las señales que hacía. En varias ocasiones le exigieron señales, cuando estuvo en su tierra natal querían que hiciera allí los milagros que habían escuchado hacía en otras partes. En el texto de hoy encontramos la misma exigencia, pero Jesús tiene bien claro que él no es un taumaturgo que monta espectáculos para mostrar su poder, sino que sus acciones confirman su palabra, y si él cura a alguien lo hace para sanarlo también interiormente.

           La señal que les va a dar hoy Jesús a los letrados es su propia persona, señal que será difícil de comprender porque muchos no acaban de creer en él. Y para eso, se pone en comparación con Jonás. Así como Jonás estuvo 3 días en el vientre del cetáceo (y con su predicación logró cambiar las actitudes de una gran parte de los ninivitas), así también Jesús estará 3 días en el seno de la tierra, y su resurrección se convertirá en señal de cambio interior para sus seguidores.

           Jesús supone que sus oyentes ya han aceptado a Jonás, mas a él no. Y por eso les dice que él es más que Jonás. La sabiduría de Jesús es más que la sabiduría de Salomón. La reina del Sur vino expresamente a visitar a Salomón porque había escuchado su fama. Y sin embargo, aunque Jesús es más que Salomón, sus contemporáneos no han sido capaces de creer en él. Los escribas y fariseos no quieren ver la señal en el cambio de actitud de los discípulos de Jesús, pero sí quieren ver a un hombre obrando milagros.

           Las señales externas al propio Jesús, son señales pasajeras y limitadas, son señales que necesitan ser repetidas constantemente (porque se agotan en el tiempo y en el espacio). Mas la señal de su muerte y resurrección permanece para siempre en la conciencia de los verdaderos discípulos, que no necesitan que su maestro haga cosas extraordinarias.

           Las actitudes de Jesús cuestionan también nuestra manera de entenderlo. Hoy en torno a Jesús se montan espectáculos de sanación, se llenan templos y estadios... Pero ese Jesús obrador de milagros no es el que necesita la Iglesia, sino que necesita la señal de su propia persona, que transforma nuestra conciencia individual y colectiva.

Emiliana Lohr

*  *  *

           Algunos escribas y fariseos interpelaron a Jesús: "Maestro, queremos ver un signo hecho por ti". Siempre estamos tentados de hacer a Dios esta pregunta. Efectivamente, ¿por qué Dios no escribe claramente su nombre en el cielo? ¿Por qué no nos da una prueba manifiesta de su existencia, de manera que la duda resulte imposible? Porque los ateos se verían entonces obligados a inclinarse, y los fieles podrían vivir en paz. ¿Por qué Dios no hace este signo? Sencillamente, porque Dios no es lo que nosotros queramos que sea.

           Si Dios se manifestara en un "signo del cielo" maravilloso, no sería ya el Dios que ha elegido ser: ese Dios servidor de los hombres, para merecer su amor. Dios no quiere quebrantar al hombre, no quiere obligar al hombre a fuerza de poder y de maravillas. Dios ha querido respetar la libertad que dio al hombre, y ha elegido ganarse el amor del hombre, entregando a su propio Hijo a la muerte. Dios es un Dios de amor, y estamos siempre tentados a atribuirle otro papel. Pero "no se os dará otra señal que la de Jonás", nos recuerda Jesús.

           Jonás estuvo retenido 3 días en la muerte, luego fue salvado por Dios y enviado a Nínive para predicar la conversión. He ahí la única señal que Dios quiere dar: "El Hijo del hombre estará 3 días en el seno de la tierra".

           En 1º lugar, la señal de Dios es "la muerte y la resurrección de Jesús, la conversión y la salvación de los paganos". Es decir, el misterio pascual. Y en 2º lugar, al señal de Dios es el juicio final, porque "en el juicio se alzarán los habitantes de Nínive y la reina de Saba contra esta generación, y harán que la condenen".

           Nínive, capital de Asiria, era el símbolo de la ciudad pagana, llena de orgullo y poder, por eso Jesús la pone como ejemplo, ante esos fariseos que se enorgullecían y empoderaban a sí mismos. Porque Nínive sí estuvo cerca de Dios, mientras que los fariseos no. Jesús anuncia que los paganos, al convertirse, ocuparán el lugar de los hijos de Israel, e incluso participarán en la sentencia final del Juicio Final.

           Este signo de salvación, que Dios ofrece a los hombres de todas las razas, ¿somos capaces de reconocerlo a nuestro alrededor? Pedimos signos a Dios. Pues bien, esos son los signo que él nos da. Otra cosa es que queramos verlos. Porque nosotros no pedimos un signo a Dios, sino que él haga los signos que nosotros queremos, nuestra clase de signos y todo aquello que nosotros podamos manipular, según nuestros deseos. Como se ve, el mundo y la historia están llenos de signos de Dios, y no de nuestros signos.

           Uno de los objetivos del evangelio es saber "leer los signos de Dios en los acontecimientos", porque Dios trabaja en el mundo y su misterio de salvación continúa realizándose. Esos son sus signos. ¡Danos, Señor, ojos nuevos!

Noel Quesson

*  *  *

           A Jesús no le gustaba que le pidieran milagros. Los hacía con frecuencia, pero por compasión con los que sufrían y para mostrar que él era el enviado de Dios y el vencedor de todo mal. Pero no quería que la fe de las personas se basara únicamente en cosas milagrosas, sino más bien en su palabra: "Si no veis signos, no creéis" (Jn 4, 48).

           Los letrados y fariseos de hoy le piden un milagro a Jesús, y eso que ya habían visto muchos. Pero lo hacen porque no estan dispuestos a creer en él, y quieren volver a interpretar ese milagro de forma torticera, volviendo a decir que lo hace "con el poder del jefe de los demonios". No hay peor ciego que el que no quiere ver.

           Jesús apela, esta vez, al signo de Jonás, que se puede entender de 2 maneras. Ante todo, por lo de los 3 días: como Jonás estuvo en el vientre del cetáceo 3 días, así estará Jesús en "el seno de la tierra" y luego resucitará. Ese va a ser el gran signo con que Dios revelará al mundo quién es Jesús.

           Pero la alusión a Jonás le sirve a Jesús para deducir otra consecuencia: al profeta del AT le creyeron los habitantes de una ciudad pagana (Nínive) y se convirtieron, mientras que a él no le acaban de creer, y eso que "aquí hay uno que es más que Jonás" y "uno que es más que Salomón", al que vino a visitar la reina de Sabá atraída por su fama.

           Nosotros tenemos la suerte del don de la fe. Para creer en Cristo Jesús no necesitamos milagros nuevos. Los que nos cuenta el evangelio, sobre todo el de la resurrección del Señor, justifican plenamente nuestra fe, y nos hacen alegrarnos de que Dios haya querido intervenir en nuestra historia enviándonos a su Hijo.

           Nosotros no somos como los fariseos, racionalistas que exigen demostraciones (y cuando las reciben, tampoco creen, porque las pedían más por curiosidad que para creer). Tampoco somos como Tomás, que dijo que "si no lo veo, no lo creo" (pidiendo pruebas exactas para apoyar en ellas su fe). De hecho, ya Jesús ya nos alabó hace tiempo: "Dichosos los que crean sin haber visto".

           Nuestra fe es confianza en Dios, alimentada continuamente por esa Iglesia a la que pertenecemos y que, desde hace 2000 años, nos transmite el testimonio del Resucitado. La fe, como la describe el Catecismo, "es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida" (CIC, 26).

           El gran signo que Dios ha hecho a la humanidad, de una vez por todas, se llama Cristo Jesús. Lo que ahora sucede es que cada día, en el ámbito de la Iglesia de Cristo, estamos recibiendo la gracia de su Palabra y de sus sacramentos. Y sobre todo, estamos siendo invitados a la mesa eucarística, donde el mismo Señor Resucitado se nos da como alimento, de vida verdadera y de alegría para seguir su camino.

José Aldazábal

*  *  *

           Los letrados y fariseos que aparecen en el evangelio de hoy han inventado una frase que resiste las modas: "Maestro, queremos ver un milagro tuyo". Es decir, reconocemos que Dios ha creado este mundo tal cual es (con sus leyes, sus agujeros, su relativa incertidumbre), pero luego le pedimos que vaya resolviendo nuestras paradojas, a base de hechos espectaculares.

           Lo que los fariseos piden a Jesús es exactamente lo que el diablo le pide en el relato de las tentaciones: ser un Mesías espectacular y deslumbrante, haciendo todo aquello que sea del agrado de sus fans y todo tipo de demostraciones palpables de poder.

           Esa fue una de las tentaciones de Jesús, y la que también tenemos todos sus seguidores. De ahí que la respuesta de Jesús sea desconcertante: "A esta generación no se le dará más signo que el del profeta Jonás" (un Mesías escondido durante 3 días en el seno de la tierra). Jesús convierte el signo, pues, en una realidad contraria a lo que el demonio tienta: dejarse derrotar (matar), para hacer estallar la derrota (muerte) desde dentro.

           Es llamativa también la insistencia de Jesús en que "hay uno que es más". Jesús deja claro que él es el Mesías, más que Jonás (profeta) y más que Salomón (rey). En él se cumple toda profecía y se realiza todo reinado. No tenemos que esperar a nadie más.

Gonzalo Fernández

*  *  *

           Hoy contemplamos en el evangelio a algunos maestros de la ley deseando que Jesús demuestre su procedencia divina con una señal prodigiosa (v.38). Ya había realizado muchas, suficientes para mostrar no solamente que venía de Dios, sino que era Dios. Pero, aun con los muchos milagros realizados, dichos maestros no tenían bastante (pues por más que hubiera hecho, hubiesen seguido sin creer).

           Jesús, con tono profético, tomando ocasión de una señal prodigiosa del AT, anuncia su muerte, sepultura y resurrección: "De la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo 3 días y 3 noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra 3 días y 3 noches" (v.40), saliendo de ahí lleno de vida.

           Los habitantes de Nínive, por la conversión y la penitencia, recobraron la amistad con Dios. También nosotros, por la conversión, la penitencia y el bautismo, hemos sido sepultados con Cristo, y vivimos por él y en él, ahora y por siempre, habiendo dado un verdadero paso pascual: paso de muerte a vida, del pecado a la gracia. Liberados de la esclavitud del demonio, llegamos a ser hijos de Dios. Es el gran prodigio que ilustra nuestra fe, y la esperanza de vivir amando como Dios manda, para poseer a Dios Amor en plenitud.

           Gran prodigio, tanto el de la Pascua de Jesús como el de la nuestra por el bautismo. Nadie los ha visto, ya que Jesús salió del sepulcro lleno de vida, y nosotros del pecado llenos de vida divina. Lo creemos y vivimos evitando caer en la incredulidad de quienes quieren ver para creer, o de los que quisieran a la Iglesia sin la opacidad de los humanos que la componemos. Que nos baste el hecho Pascual de Cristo, que tan hondamente repercute en todos los humanos y en toda la creación, y es causa de tantos milagros de la gracia.

           La Virgen María se fió de la Palabra de Dios, y no tuvo que correr al sepulcro para comprobar el sepulcro vacío: simplemente creyó, y después vio.

Luis Roque

*  *  *

           Una de las necesidades humanas que todos intentamos satisfacer es la necesidad de seguridad. Empeñamos gran parte de nuestra vida en ir ganando parcelas de seguridad (un trabajo estable, un hogar propio, un plan de pensiones para la jubilación), como si por medio de ellas consiguiéramos espacios de felicidad. Pero a veces esa búsqueda de tanta seguridad nos lleva a vivir con cierta ansiedad, porque una seguridad pide otra, y la cadena nunca se termina. Es como si cuantas más seguridades tuviéramos, más inseguros nos sintiéramos, porque vamos acumulando tantas cosas que al final tememos perderlas.

           En el plano religioso también nos ocurre algo parecido. Queremos estar seguros, tener pruebas, verificar que merece la pena la apuesta que estamos haciendo, sentir que Dios está con nosotros. Y una de las pruebas a las que acudimos es a medir los frutos que obtenemos. Por eso, en cuanto vemos que las cosas no salen como esperábamos, o cuando recibimos los primeros reveses, nos desanimamos y desconfiamos, poniendo todo en crisis y sintiendo que Dios no nos acompaña.

           Al igual que los fariseos que se acercan a Jesús, necesitamos señales que de alguna manera nos garanticen que vamos por el buen camino. El profeta Miqueas nos recuerda las señales que Dios ha ido realizando a lo largo de la historia: respetar el derecho, amar la fidelidad y obedecer humildemente a Dios. Dios ha hablado claro: nos llama a amarle incondicionalmente. Y el amor no pide pruebas sino fiarse del otro, en entrega gratuita y fel. En nuestras manos está el fiarnos plenamente o el vivir entre 2 aguas, con la insatisfacción que ello crea.

           Seguir a Jesús es una aventura de amor que pide salir de uno mismo. Al hacer camino con él, como cuando vamos por el monte, van apareciendo las señales que nos guían, que nos dicen que vamos por buen camino y que nos llevan a las siguientes marcas. Como buenos peregrinos, carguemos nuestras mochilas con lo imprescindible y atrevámonos a caminar, porque él nos conducirá a buen puerto.

Miren Elejalde

*  *  *

           El texto de hoy es muy conocido de todos, mas no por eso deja de ser insinuante. En el plan de Dios, los signos son marcas de la Providencia, que nos habla por medio de ellas. No tienen más valor, pues lo importante es vivir y amar noblemente. Lo que pasa es que nosotros confundimos los papeles, y pedimos a Dios que nos dé las señales que a nosotros nos placen. Grave error, pues eso no es fe sino evidencias.

           Centremos la reflexión en 2 frases citadas en el evangelio. La 1ª de ellas es la del grupo de letrados y fariseos, que solicitan de Jesús un signo (un milagro a su gusto, a su nivel, por ser ellos quienes son, gentes de letras y de representación social), rebajando la categoría de Dios y elevando sin pudor la suya.

           La 2ª de ellas es la de Jesús: "Sois una generación perversa y adúltera". Una frase dura porque quienes le han pedido un signo han sido personas religiosas y no civiles, tratando con ello de: 1º señalar al Hijo de Dios y a sus profetas las pautas de vida que deben seguir; 2º asumir ellos un puesto, un papel y un ejercicio de poder que Dios no les ha ofrecido.

           Aquí el asunto es más profundo, pues ¿en qué medida un letrado ha de considerar que los motivos para creer en Jesús y en su mensaje son suficientes para él? Los misterios de Dios no son objeto de ciencia, de laboratorio ni de matemática, sino que han de ser objeto de confianza, amor, adhesión, fe. Que un letrado señale cuáles son las condiciones suficientes para que él crea a Jesús, alude a que él quiere ser dominador de Jesús, y que a quien él cree es a sí mismo.

Dominicos de Madrid

*  *  *

           El texto de hoy es otro de los episodios de las crisis de fe. Los adversarios, escribas y fariseos, demostrando reverencia y disponibilidad a creer, piden como condición ser testigos de una señal. Con esta actitud rehúsan descubrir el valor mesiánico de todas las "obras del Mesías", que el Pueblo de Dios ya ha visto y oído. El signo era para los judíos condición indispensable para que los adversarios pudieran creer, y tenían ya perfilado hasta qué tipos de señales debía realizar el Mesías, para ajustarse a sus esquemas.

           Las sencillas obras de misericordia no eran lo más adecuado para un Mesías triunfal y apocalíptico. Si Jesús aceptara el reto y realizara la señal que piden los fariseos y escribas, hubiese caído en su trampa, viniendo a ser un mensajero de la fuerza impositiva de Dios, un delegado de sus pretendidas leyes de poder y separación (es decir, del fariseísmo).

           A los fariseos se han unido los escribas para atacar a Jesús, en una circunstancia que no es casual (pues muchos de los escribas o letrados pertenecían al Partido Fariseo, y frecuentemente se unen contra Jesús). La petición de los adversarios de Jesús no es absolutamente agresiva, sino cortés, y expresa un ruego serio que estaba en el corazón de todos.

           La respuesta de Jesús es negativa y acusadora y va dirigida a "la generación malvada y adúltera", la cual se expresa en la persona de los escribas y fariseos. La expresión tiene un sentido más teológico que cronológico porque hace referencia a la respuesta del pueblo a las iniciativas de Dios en un momento determinado.

           Pues bien, Jesús no ha querido ofrecer una señal de su poder por fuera o por encima de aquello que está realizando con su gesto de evangelio. Su propia vida, como gesto de encarnación al servicio de los demás, es signo de Dios para todos los seres humanos. Por tanto, en esta línea debemos entender el contenido de la negativa de Jesús a dar una nuevo signo y ofrecer como única señal la del profeta Jonás.

           El "signo de Jonás" que propone Jesús a sus adversarios no puede limitarse al hecho de haber permanecido como muerto en el vientre del pez, sino al haber salido con vida y luego anunciar el mensaje de conversión a los ninivitas.

           De esta manera, Jonás se convierte en un milagro, cuya existencia es en sí misma un signo de la misericordia de Dios para un pueblo pecador, que se convierte y cree en Dios. Los 2 últimos versículos (vv.41-42) concluyen la idea precedente: privados de los signos que piden, los judíos no se arrepentirán y serán aventajados por los paganos en el juicio final.

Confederación Internacional Claretiana

*  *  *

           Los fariseos habían tratado de desvirtuar ante el pueblo la acción de Jesús, atribuyéndola al mismo demonio. Jesús había desmentido sus argumentos, y había puesto en evidencia las malas intenciones que guardaban en el corazón. En esta discusión tercian los escribas (maestros de la ley), distinguidos por su minucioso conocimiento de la Escritura, que gozaban de mucho prestigio y eran consultados en todo tipo de cuestión.

           A diferencia de los fariseos, los escribas se dirigen a Jesús respetuosamente, y le piden una señal que corrobore la validez de sus acciones. Jesús les contesta con duras palabras, recordándoles su condición de gente incrédula y caprichosa.

           Fariseos y escribas actúan como el demonio en el desierto, pidiendo señales prodigiosas. Jesús nuevamente se niega a tentar a Dios, y con 3 comparaciones pone en evidencia cómo los pueblos despreciados y enemigos están en mejor disposición, respecto a Dios, que el pueblo elegido.

           Las 3 comparaciones muestran a los gentiles en un camino de encuentro con el Señor, dóciles a las palabras de los profetas y dispuestos a escuchar la sabiduría divina. Estas palabras debieron ser un insulto terrible a los oídos de los escribas y fariseos, porque echaba por tierra todas sus pretensiones y toda la falsedad de un nacionalismo sustentado en un complejo de superioridad.

           Debemos tener cuidado de aquellos grupos que viven pidiendo milagros portentosos a Dios. E incluso de nosotros mismos, cuando esperamos tener grandes señales para comenzar a actuar. Jesús, en cambio, nos invita a vivir y confiar en Dios en los sencillos y rutinarios milagros de cada día.

           Las apariciones, los milagros... tienen un público fácil en nuestros días, y siempre hay quien se deja arrastrar por esos fenómenos, buscando el signo definitivo (claro y contundente) que haga desaparecer el riesgo de su fe.

           Lo que pasa es que, en el fondo, ninguno de esos signos es absolutamente convincente. El signo mayor para el cristiano es solamente uno: Jesús de Nazaret, testigo entre los hombres del amor de Dios. Jesús no hizo milagros aparatosos, ni destinados a las multitudes. Jesús realizó el mayor de sus milagros "pasando entre los suyos haciendo el bien".

           Por eso, puesto a escoger, prefiero los signos sencillos y pequeños que nos rodean, aunque a veces nos demos cuenta: el cariño con que se cuida de los padres ancianos, la entrega a la catequesis de niños, el compromiso generoso de muchos en las misiones. Esos pequeños signos, y tantos otros, me dicen que todavía vale la pena seguir a Jesús, que amar sigue siendo el mejor modo de hacer presente a Dios en nuestro mundo.

Servicio Bíblico Latinoamericano