22 de Julio

Jueves XVI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 22 julio 2021

a) Ex 19, 1-2.9-11.16-20

           Los cap. 19-24 constituyen la parte central del Éxodo, y en ellos aparece el relato de la preparación de la Alianza (Ex 19,1-25; 20,18-21), el decálogo (Ex 20, 1-17), el código de la Alianza (Ex 20, 22-23, 19) y la celebración de la Alianza (Ex 23, 19-33).

           Tres tradiciones interfieren de manera bastante compleja en este pasaje: el relato sacerdotal (vv. 1-2a), el relato yavhista (vv. 9-11) y el relato elohista (vv.2b-3a), junto a las adiciones del redactor deuteronomista (vv.3b-8).

           Al fijar la fiesta de Pentecostés 50 días después del Éxodo (3º mes; vv.1-2), la tradición sacerdotal hace de esta fiesta la celebración de la promulgación de la Alianza. La alusión al día de Pentecostés debía ser, indudablemente, más precisa en el original, pero la redacción definitiva se contenta con evocar "aquel día", sin duda para satisfacer los distintos cómputos existentes en el judaísmo para calcular la fecha de la fiesta. En el antiguo Israel, Pentecostés ha sido siempre una fiesta agrícola consagrada a la ofrenda de las primicias de las cosechas, especialmente del trigo y cebada (Ex 34,22; 23,16).

           Pero a pesar de que el pueblo elegido ha tomado ya conciencia de que su Dios era más el Dios de su historia que de la naturaleza, hace de estas fiestas agrícolas tradicionales celebraciones en recuerdo de uno u otro acontecimiento de la historia del desierto.

           Pentecostés llega a ser, de este modo, la fiesta de la promulgación de la ley y de la constitución del pueblo elegido en la Alianza. Los testigos de esta reinterpretación son raros en la Escritura, pero abundan en los documentos del judaísmo y bastan para explicar que precisamente en la celebración de este Pentecostés judío (recuerdo de la fundación del pueblo elegido) los apóstoles llegaron a descubrir la realidad de la Iglesia (Hch 2, 1-4).

           Dios ayudó a Israel a atravesar el desierto, conduciéndole hasta el Sinaí y estableciendo con él una alianza (v.4; Dt 32,11). Esta Alianza no era un contrato bilateral (aun cuando contiene obligaciones recíprocas), porque sólo Dios tiene la iniciativa y sólo él la ha preparado (v.4).

           La Alianza no es una especie de reglamento definitivo que fija al pueblo en un marco del que jamás pueda ya salir. No se trata de eso, sino que está referido al futuro ("Yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo"). De hecho, la definición más acertada de la Alianza parece ser ésta: el principio de una relación, con todo el riesgo que esta lleva consigo.

           Esta relación entablada con Dios tiene como 1ª consecuencia que el pueblo exista como una entidad libre y caracterizada, con personalidad propia: "Un reino de sacerdotes, una nación santa" (vv.5-6). La 1ª expresión recuerda que el pueblo ha dejado Egipto para "servir a Dios" (Ex 12, 31) y rogarle que bendiga al faraón (Ex 12, 32).

           El pueblo de Israel cumple así ante Dios, en nombre de todas las naciones, la misión mediadora que la casta sacerdotal tiene encomendada en nombre de todo el pueblo. Esas personas (los sacerdotes), puestas voluntariamente aparte, representarán a la humanidad ante Dios, intercederán por ella y le transmitirán la voluntad divina (Is 61, 6).

           La 2ª definición se deriva de la 1ª, e insiste en la pertenencia a Dios del pueblo elegido: como nación, Israel tendrá que tomar una parte muy activa en todas las coyunturas de la historia, interviniendo de modo especial en el proceso evolutivo de la misma. Como nación santa, deberá "vivir apartada" de las restantes naciones, en cuanto que tendrá que vivir el acontecimiento en comunión con Dios.

Maertens Frisque

*  *  *

           Los hijos de Israel llegaron al desierto del Sinaí, donde Dios les esperaba para hacer una alianza con ellos, y darles su ley. ¿Estoy atento a las etapas, a los hitos sucesivos que Dios dispone en mi camino?

           Y "acamparon frente a la montaña". La escena debía de ser impresionante: en un desierto, bajo el sol esplendoroso, una montaña abrupta, y al pie de esa montaña la asamblea acampa, elevando los ojos hacia las cumbres de la montaña.

           Se trata de la montaña como lugar de especial experiencia espiritual, como se verá en el evangelio (el monte de la transfiguración, el monte de las bienaventuranzas, el monte de los olivos, la montaña de la ascensión...) y en los místicos de la Iglesia, que hablarán de la "subida al monte Carmelo" (San Juan de la Cruz) para simbolizar el itinerario de la vida espiritual. ¿Me dice algo esta imagen? ¿Soy de los que intentan el ascenso de la alta montaña, con sus riesgos y fascinantes horizontes de sus cimas?

           Entonces, el Señor dijo a Moisés: "Me presentaré a ti en una densa nube". Dios es el que toma la iniciativa de ese encuentro. En toda la tradición bíblica, la nube seguirá siendo el signo de la presencia divina, como ser verá en la transfiguración de Jesús en el Tabor. Dios escondido, Dios "en una densa nube". ¡Cuán verdadero es esto, y cómo aspiramos a ese encuentro cara a cara!

           Al rayar el alba del 3º día, "hubo truenos, relámpagos y una densa nube sobre la montaña". Relámpagos y truenos, esa es la puesta en escena de la gloria y del poder de Dios.

           Ante la tormenta, el hombre es muy pequeño, y para los hebreos (protegidos solamente por sus tiendas nómadas) esto fue una prueba que no olvidarán. De nuevo la tradición bíblica conservará esos rasgos para crear el marco de todas las teofanías: cada vez que Dios interviene de manera particular, su acción está rodeada de fuego y de truenos.

           Se trata del Dios de la tempestad, el Dios del rayo, el Dios todopoderoso, el Dios del Sinaí. Es preciso contemplarlo también bajo ese aspecto temible, para gozar tanto más del otro aspecto, el de Padre amoroso. De hecho, "todo el pueblo se echó a temblar".

           Moisés hizo salir al pueblo del campamento, para ir al encuentro de Dios. La montaña del Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido en el fuego, y toda la montaña temblaba con violencia. Se trata del encuentro de Moisés con Dios. Moisés hablaba y Dios le contestaba, Dios llamó a Moisés y Moisés subió hacia él.

Noel Quesson

*  *  *

           En la 1ª lectura de hoy aparece un tema que ocupará casi todo el AT: ver a Dios. La invisibilidad de Dios es señal de su grandeza y de su misterio, pero a la vez es raíz de la dificultad misma del acto de la fe (y por consiguiente, de la esperanza y del amor, que sólo pueden seguir a la fe).

           Dios se deja ver, y su presencia es imponente. Aparentemente, todos deberían haber quedado convencidos, pero el desarrollo de los acontecimientos mostrará que no es así. Pues la misma multitud que hoy vemos atónita (ante la manifestación del poder divino), poco después querrá "ver más", y por eso querrá hacerse un "dios visible" (Ex 32).

           De todo esto aprendemos varias cosas: En 1º lugar, que no siempre ver ayuda, y que a veces ver es el comienzo del "querer controlar". En 2º lugar, que el temor crea conversiones ficticias. En 3º lugar, que necesitamos un Dios que se deje ver, porque si no le conocemos no creeremos en él.

Nelson Medina

*  *  *

           Resulta espectacular la escenografía con la que hoy Dios se aparece a su pueblo en el monte Sinaí (el Horeb), donde ya se había aparecido a Moisés y siglos después hará con Elías. Dios se sirve también de los fenómenos naturales, para dar a conocer su presencia salvadora.

           Igual que la zarza ardiente había sido el signo del encuentro entre Dios y Moisés, aquí es una gran tormenta, resonante en el macizo de la montaña (con humaredas, fuego y estrépito) con la que Dios prepara psicológicamente al pueblo, antes de dictarle las cláusulas de la Alianza. Una Alianza que, por cierto, nos ocupará los próximos 5 capítulos del Éxodo.

           El pueblo reconoce la grandeza de Dios, y se pone a purificarse para su encuentro con Dios. No obstante, finalmente es sólo Moisés el invitado a subir al monte. Como cantaba el Cántico de Daniel: "Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, y bendito eres en el templo de tu santa gloria, tú que sondeas los abismos".

           Ojalá que además de sentir admiración por las grandes obras de Dios, y de reconocer su grandeza y su fuerza, sepamos descubrirle en las cosas sencillas y profundas de cada día, y no sólo en los fenómenos extraordinarios. El camino que nos ha enseñado Jesús es el de la sencillez y la cotidianidad.

José Aldazábal

           Nos encontramos en el proceso de consolidación de la vida religiosa de Israel, en la cual Dios lo preside todo, lo anima todo y todo lo prevé. El pueblo ha de gobernar su existencia personal y comunitaria en fidelidad a él. Se establece un trato de amistad y fidelidad por los siglos, con unas tablas de la ley que son código de vida.

           ¿Cuánto recibieron de Dios los israelitas? Releamos el texto del Éxodo, y veremos que fueron afortunados y privilegiados. Pues recibieron:

-la revelación del Dios único, providente y creador,
-los mandamientos, tablas de ley, o código del bien vivir honradamente,
-el mensaje profético de un Mesías salvador.

           ¿Y cuánto recibimos hoy nosotros? Nosotros hemos recibido el mensaje de los patriarcas y profetas, que proclamaron a un solo Dios y a Jesucristo, su Mesías.

           Hemos recibido el don de la fe, que nos compromete en fidelidad con Cristo y nos vincula a su persona, como a Hijo del Padre. Estamos recibiendo día a día la gracia de Cristo a través de los sacramentos, y la invitación a ser fieles y solidarios con nuestros hermanos, amando a los demás y a Dios. Esa es la nueva Alianza, el nuevo Código y el nuevo mensaje de Dios para su pueblo.

Dominicos de Madrid

b) Mt 13, 10-17

           Escuchamos hoy cómo se le acercan a Jesús los apóstoles y le preguntan de forma explícita: "¿Por qué razón les hablas en parábolas?" (Mc 4, 10). No comprenden la razón de que Jesús hable en parábolas a la multitud, y por ello piensan que el mensaje es directamente accesible a todos.

           Jesús les contestó: "A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reinado de Dios. Pero a ellos, en cambio, no se les han dado". Es decir, hay conocimientos que van dirigidos al pueblo, y hay conocimiento que sólo van dirigidos a los apóstoles.

           "Se os ha dado" alude a una indeterminación, que supone como agente a Dios (o mejor, a Jesús, que ejerce en la tierra las funciones divinas; Mt 1,23; 9,6). En cuanto a la palabra secreto (misterio), ésta fue usada en el AT a partir de Daniel, y denotaba la realidad de los tiempos finales (escatológico-mesiánicos) que Dios sólo puede revelar (Dn 2, 27-30.47): la de un reino eterno (Dn 2, 44).

           No es que Jesús discrimine entre los apóstoles y el resto de la gente, sino que la distinta situación de unos y otros (con relación a él) hace que el conocimiento y la experiencia del reinado de Dios sean diferentes entre ambos. Los apóstoles, que han seguido a Jesús, tienen la clave para interpretar su enseñanza y actividad, y en ese enseñanza y actividad se manifiestan los secretos del reinado de Dios.

           Sobre todo, los apóstoles han conocido el modo en que se ha instaurado el reino de Dios: supresión del exclusivismo israelita, llamada de todos los pueblos, reino basado en opciones (Mt 5, 3.10), rechazo de triunfalismos (Mt 9, 27) y señorío del hombre sobre la ley (Mt 12, 1-11).

           Las multitudes, por su parte, siguen aferradas a su espíritu agreste, a la tradición de sus letrados, a los vaivenes de la política nacional. Y por eso escuchan a Jesús y presencian su actividad, pero no acaban de darle su adhesión. Porque no entienden el mensaje con la claridad necesaria, y no saben pasar de la exposición a la profundización. La gente corriente es impotente para hacer eso, viene a decir Jesús. Y es impotente por el chorreo de doctrinas contrarias con las que viven a diario, que los aprisionan y neutralizan, y anulan el impacto que pueda producir en ellos el contacto con Jesús.

           Entre los apóstoles, hay quienes asimilan el mensaje y van produciendo sus correspondientes frutos. Ésos recibirán con creces, y a ellos "se les dará", en paralelo con el anterior "se os ha dado". Quien responde irá teniendo un conocimiento cada vez más profundo, que le permitirá una praxis más semejante a la de Jesús.

           Entre las multitudes, la mayoría ha escuchado la enseñanza de Jesús y ha presenciado su actividad, pero "perderán eso que han recibido". Entre las razonas que aporta Jesús, aclara que detrás de esa pérdida está "el Maligno", encarnado en el poder y su ideología (Mt 4, 8-10) y en las instituciones sociales (Mt 13, 19), bien arrebatando el mensaje recibido, o bien impidiendo su posible asimilación.

           En cuanto a la traducción de este pasaje, hay que tener en cuenta que el verbo tener ("al que tiene se le dará") es la forma estática de los dinámicos obtener, ganar, negociar, comprar, coger y recibir (Mt 16,7.8; 25,29).

           En este caso, y por su relación con la parábola anterior, el dicho se refiere a la fecundidad expresada en v. 8, la del grano que cae en tierra buena. Los que no han dado el paso ni hecho la opción, alienados por el mundo en que viven, no comprenden y perderán el mensaje recibido.

           Jesús manifiesta la razón de su enseñanza en parábolas: las multitudes, que no perciben ni comprenden. Y por eso Jesús no las fuerza a algo más. Hasta ahora se ha expresado y ha actuado claramente, pero la gente no ha entendido. Y por eso falta la base necesaria para continuar la exposición del mensaje, en toda su amplitud y radicalidad.

           Por eso habla Jesús al gentío de forma velada. Las parábolas deben estimularlos a pensar por sí mismos, y a lo mejor de esa manera llegan a cuestionarse los principios que les bloquean e impiden entender. Se repiten las circunstancias del tiempo del Isaías: el pueblo está cerrado al mensaje (Dt 29, 4).

           En cuanto a los apóstoles, éstos "ven y oyen", y deben saber apreciar el privilegio que supone escuchar y ver actuar a Jesús. Lo que ellos ven y oyen fue el anhelo de los profetas (emisores de la enseñanza) y de los justos (receptores de la enseñanza), 2 categorías que supieron integrar sus ideas y compartir su expectación (Mt 1, 19). Eso sí, dice Jesús que los apóstoles ven y oyen, pero no que perciban y entiendan. Porque también puede darse el caso de algún apóstol que vea y no perciba, oiga y no entienda.

           Cuando Jesús habla a alguien en parábolas, por propia iniciativa (Mt 13,18-23.49-50) o a petición de los oyentes (Mt 13, 36-43), es señal de que esas personas no le van a entender, y por eso les pone al nivel de aceptar su mensaje y ya está, sin entrar en el contenido. Incluso hay ocasiones (la gran mayoría) en que Jesús ni siquiera quiere dar una explicación a la parábola, posiblemente por percibir obstáculos insalvables en sus vidas (Mt 13, 31-33.44-45).

Juan Mateos

*  *  *

           Los 2 versículos del evangelio de hoy están motivados por los verbos ver y oír (propuestos por Jesús), a los que los apóstoles contraponen los de no percibir y no entender (refiriéndose a la gente). La idea es probablemente la siguiente: vosotros (refiriéndose a los apóstoles) sois felices porque no sólo veis y escucháis (lo que todos ven y escuchan), sino porque, además, las percibís y entendéis.

           Esta bienaventuranza es muy diferente a las que encontramos en el cap. 5 de Mateo: todos los verbos están en presente, sin alusión al Reino futuro. Además, esta bienaventuranza no hace ninguna mención paradójica a la condición de desgracia de los bienaventurados.

           La dicha no se presenta aquí como una serie de respuestas a calamidades actuales; la felicidad es ver y entender desde ahora el proyecto de Jesús. La fórmula "dichosos sus ojos y sus oídos" significa: dichosos los que ven y entienden a Jesús. No se trata de percibir en Jesús otra cosa que no sea Jesús, sino verlo a él y comprenderlo.

           La 2ª parte del texto hace referencia a muchos profetas y justos que desearon ver y oír lo que los apóstoles han visto y oído. Es decir, lo que muchos desearon: haber contemplado al Mesías y su obra salvífica. Por eso, los apóstoles son bienaventurados porque tuvieron la oportunidad de vivir en plenitud los cumplimientos de los tiempos mesiánicos manifestados en la persona misma de Jesús.

Fernando Camacho

*  *  *

           ¿Por qué razón les hablaba Jesús en parábolas? Esta cuestión se plantea porque la predicación de Jesús no parece que haya aportado todos los frutos que se esperaban. Pero ese fracaso, esa incredulidad ¿proviene de que Jesús no habló de modo suficientemente claro? ¿Por qué aparentas, Señor, ocultar tu mensaje hablándoles en parábolas?

           En 1º lugar, contesta Jesús que "vosotros podéis ya comprender los secretos del reino de Dios, pero ellos no pueden". En efecto, Jesús responde que su Reino es un misterio, una realidad no fácil de conocer, que no se entiende enseguida, que no es claro ni evidente. Y que Dios no está a nivel de las cosas, igual que se toca una piedra, se ve un árbol o se oye a un amigo. Sino de otro orden.

           El misterio de Dios, en toda su riqueza, no es una verdad que se imponga a la inteligencia humana, sino un secreto y misterio que sólo se da a los que están dispuestos a escuchar. Es el oyente, pues, el que ha de esforzarse en comprender, escuchando con espíritu de fe, sino prisas, meditando y sabiendo dar a los signos exteriores su sentido interno.

           En 2º lugar, Jesús contesta que "miran sin ver y escuchan sin oír ni entender, porque son duros de oído y han cerrado los ojos". Esta es la 2ª razón dada por Jesús. Si el misterio de Dios es de por sí un secreto difícil de descubrir, es también verdad que muchos hombres son culpables de ni siquiera buscarlo.

           Hay 2 maneras de ver y de oír: un modo estrictamente material (oigo ruidos de voces) y un modo espiritual (comprendo el significado). En efecto, Jesús ha hablado a todos, y llama a todos los hombres sin discriminación. Pero la verdad evangélica no es un conocimiento intelectual, y cada corazón humano entiende a su manera.

           Es decir, hay que "haberse puesto a seguir a Jesús" para poder comprender el mensaje de Jesús. Pues hay que ir aplicando a la propia vida lo que el corazón va descubriendo.

           "Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen", concluye Jesús. La revisión de vida consiste en "mirar de nuevo", con los ojos de la fe, los acontecimientos que la 1ª vez se vieron con una mirada simplemente humana. Danos, Señor, unos ojos nuevos y unos oídos finos. Las parábolas requieren esa mirada de fe.

           Toda nuestra vida es una parábola en la que Dios está escondido y desde donde nos habla. Uno puede quedarse en el exterior de las cosas y de los acontecimientos, o bien, ver y oír a Dios en el hondón de las situaciones humanas.

           Muchos profetas y justos desearon ver lo que vieron los apóstoles y oír lo que ellos oyeron. Sí, Jesús se atreve a decir que él es "aquel que el pueblo de Dios esperaba", luego el tiempo se ha cumplido, ahora todo es gracia, y se ha producido el momento maravilloso del encuentro de Dios con los hombres. ¿Sabremos estar atentos a esta hora de Dios, y no dejar pasar la ocasión de verle y de escucharle?

Noel Quesson

*  *  *

           Las parábolas de Jesús tienen la suficiente claridad y pedagogía para hacer entender su intención a todos. Menos a los que no quieren entenderla. Y si ayer la Parábola del Sembrador empezaba hablándonos de la siembra y del fruto final, hoy la explicación que empieza a dar Jesús (y que terminará mañana) se fija más bien en aquellas personas que no están dispuestas a que la semilla produzca fruto en sus vidas.

           ¿Por qué unos entienden y otros no? Las parábolas son fáciles de entender, pero Jesús habla a personas de todo tipo, incluidos los que no quieren escuchar ni ver. De ahí que Jesús diga que "son duros de oído y han cerrado los ojos, para no ver ni oír, ni entender ni convertirse". En el fondo, la conducta de cada uno, y las actitudes que ha tomado ya previamente, son las que deciden si ve o no ve, si quiere ver o no. Cada persona es responsable de captar el don de Dios, acogerlo o rechazarlo.

           Es de suponer que Jesús nos puede dirigir a nosotros la bienaventuranza: "Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen". Los ojos de los sencillos son los que descubren los misterios del Reino. No los ojos de los orgullosos o complicados.

           Hemos recibido de Dios el don de la fe y con sencillez intentamos responder a ese don desde nuestra vida. Nos hemos enterado del proyecto de salvación de Cristo y lo estamos siguiendo. Pero también podemos hacer ver que no oímos o que no entendemos, porque, en el fondo, no nos interesa aceptar el contenido de lo que oímos o de lo que vemos. Y no hay peor sordo que el no quiere oír, ni peor ciego que el que no quiere ver.

           ¿Hacemos caso, cada día, de la Palabra que oímos? ¿Nos dejamos interpelar por ella también cuando resulta exigente y va contra la corriente de este mundo o contra los propios gustos? Nosotros, que hemos recibido más gracias de Dios que otros muchos, deberíamos ser también mucho más generosos en nuestra aceptación de su semilla, y dar más frutos que otros. Si tomásemos en serio las lecturas, nuestra vida seria bastante distinta.

José Aldazábal

*  *  *

           Según el evangelio de hoy, podemos comprender un poco mejor el estilo de Cristo como Maestro. Porque sus parábolas son a la vez revelación y ocultamiento, y en ellas él no muestra tanto como para que creamos que ya conocemos y dominamos a Dios. Como tampoco ocultan tanto como para que nos exasperemos, en la oscuridad de nuestras dudas, deseos o temores.

           Parece caprichosa y casi injusta la respuesta de Jesús a la pregunta sobre por qué enseña en parábolas: ¿Por qué "se ha concedido" a unos entender y a otros no? A esta pregunta no tenemos una respuesta última y completamente satisfactoria. Sabemos, sin embargo, 2 cosas: que eso que "se ha concedido" tiene que ver con el misterio de la gracia en nosotros, y que en esta disposición divina no hay injusticia.

           No es injusto, en efecto, que Dios regale a quien quiera. Lo que es regalo, no es debido. Si fuera debido, no sería regalo. Goce, pues, quien recibe en lo que recibe, pero no se queje de lo que no reciba.

Nelson Medina

*  *  *

           La enseñanza que Jesús comparte con el pueblo y con los discípulos se basa en las vivencias de la vida cotidiana, en las tradiciones narrativas populares y en su increíble capacidad de crear historias. Jesús no enseña como los escribas, los fariseos o los levitas. Su forma de "hablar con autoridad" cautivó desde el comienzo de la misión a la gente sencilla, e incluso a las personas más instruidas.

           Jesús vio su particular forma de enseñar como una gracia del Padre. Una bendición que reciben los sencillos para descubrir las revelaciones de Dios. Porque los sabios estaban tan entretenidos con sus saberes, y su ego estaba tan embotado, que eran incapaces de escuchar u observar.

           Contra esta cerrazón de mente, corazón y manos, se dirige Jesús. Él quiere que las personas se abran a Dios comprendiendo a través de las cosas sencillas las maravillas que obra Dios en el mundo. Habla a los corazones que se han cerrado al sufrimiento ajeno para que cambien de actitud. Solicita la colaboración de nuestras manos para que transformemos las realidades contrarias al designio de Dios.

           Hoy debemos volver a la pedagogía de Jesús. Necesitamos recuperar nuestra capacidad para contar la Buena Nueva de manera bella y sencilla. Debemos procurar que nuestras explicaciones no se conviertan en pesados fardos que emboten el entendimiento y cierren el corazón. Precisamos estar despiertos para percibir en la realidad los signos de los tiempos, y es urgente tener nuestras manos libres para transformar este mundo.

José A. Martínez

*  *  *

           Jesús conoce los misterios del reino de Dios, y sabe que las cosas del Espíritu necesitan cierta sensibilidad para poder ser captadas. Por ello, sus parábolas reflejan nuestro mundo de forma simbólica, como expresión de lo que sucede en el interior del ser humano. Y son la forma más apropiada que Jesús ha encontrado para transmitirnos su propia vivencia de Dios. Porque no a todos les ha sido dado conocer el lenguaje del Espíritu.

           Pudiéramos pensar que Dios es selectivo, que Dios excluye porque sólo da su Espíritu a quien él quiere. Pero hay algo que debemos tener en cuenta, y es la libertad humana. Dios no nos puede obligar a aceptarlo, y son los hombres y las mujeres los que se excluyen libremente de participar en la propuesta que Dios hace.

           En este mundo hay hombres y mujeres a quienes no les importa para nada lo espiritual, y voluntariamente han roto su relación con la trascendencia. Hay otros que sí aceptan esa relación, pero no están en condiciones de escuchar porque se han aferrado a sus propias ideas, y se les hace difícil situarse en el horizonte de Dios. Por eso, "por más que oigan, no oyen", y "por más que vean, no ven".

           Comprender lo espiritual requiere tener dones espirituales, y eso es algo que Dios otorga con la naturaleza. De tal manera que si Dios no nos regala esa sensibilidad, estaremos ciegos y sordos por más que veamos y oigamos. A los que sí se les ha concedido ese don, sí tienen capacidad para reconocer los misterios de Dios en cualquier circunstancia.

Servicio Bíblico Latinoamericano