26 de Noviembre

Evangelio del Viernes XXXIV

Lc 21, 29-33
Mercabá, 26 noviembre 2021

           Jesús invita a sus discípulos a observar la naturaleza que les rodea, porque de cualquier fenómeno natural se puede extraer una lección. Fijaos –les dice- en la higuera o en cualquier árbol: cuando echa brotes, os basta verlos para saber que la primavera está cerca.

           Hay, pues, hechos observables como los brotes de un árbol que anuncian acontecimientos como la llegada de una nueva estación. Lo que importa es acertar con la predicción, porque unos sucesos son más predecibles que otros.

           Tomando como punto de partida el fenómeno observable de la floración de los árboles, Jesús nos traslada a otros sucesos de carácter histórico o cósmico que se presentan como precursores de la llegada del Reino de Dios. ¿A qué sucesos se refiere Jesús?

           Por el contexto podemos deducir que a los que acaba de describir en los versículos inmediatamente anteriores: guerras, días de venganza, cautividad, destrucción, temblor de estrellas, ansiedad colectiva, movimientos sísmicos y locura de las gentes. Tales son, según la profecía evangélica, los signos precursores de la llegada del Reino, signos de colorido apocalíptico que dan a entender que la irrupción de lo nuevo exige la destrucción de lo antiguo.

           Jesús pinta un cuadro realmente tenebroso de ese momento que precederá y anunciará la llegada de este novum que es el Reino de Dios. Del mismo modo que la floración del almendro anuncia la presencia de la primavera, los sucesos catastróficos descritos anunciarán la cercanía del Reino de Dios, como si éste estuviese reclamando una radical transformación del mundo en que vivimos con la consiguiente destrucción de todo lo anterior.

           Pero los fenómenos descritos no dejan de ser sucesos acaecidos a lo largo y ancho de la historia desde sus orígenes más recónditos, sucesos que se adentran incluso en el tiempo de la prehistoria. Quizá lo que más destaca en la descripción de Jesús es la concentración de tales fenómenos en un corto espacio de tiempo. De hecho él habla de una generación, que no debería alargarse más allá de los cuarenta años, como arco temporal en el que habrían de cumplirse estas predicciones. Pero las dimensiones de los anuncios proféticos suelen ser casi siempre muy difíciles de delimitar.

           El cielo y la tierra pasarán –concluye Jesús-, mis palabras no pasarán: no pasarán, porque se verán refrendadas por los hechos. El cielo y la tierra, por ser temporales, pasarán, como pasan los días y las horas, como pasa el tiempo, pasarán y se gastarán. Pero sus palabras, que tienen el valor de las cosas perennes, no pasarán; permanecerán ligadas a la realidad que expresan, permanecerán en su cumplimiento, permanecerán en la misma medida en que permanezca la verdad que nos trasladan.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 26/11/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A