27 de Noviembre

Evangelio del Sábado XXXIV

Lc 21, 34-36
Mercabá, 27 noviembre 2021

           Jesús previene a sus discípulos, advirtiéndoles: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día, porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.

           Hay cosas que quitan lucidez a la mente, y entre esas cosas están el vicio, todo tipo de vicio, la bebida, que es un tipo de vicio, y la preocupación del dinero, esa preocupación que absorbe todas las energías, que convierte la ganancia (del dinero) en el objetivo número uno de la vida, que genera tantas codicias y temores y por el que uno se desvive. También esta preocupación puede calificarse de vicio.

           Porque la preocupación del que no tiene para comer o para dar de comer a sus hijos o del que no tiene casa donde vivir es comprensible y muy respetable, pero el deseo desenfrenado de tener más y más, porque todo es poco, deja de ser razonable, se convierte en un vicio que se llama codicia y engendra esclavitud. Los vicios embotan la mente precisamente porque la someten a su tiranía, la subyugan, la sujetan a sus inclinaciones y deja de ser la que gobierna y dirige esa personalidad.

           Pero también la mente puede perder su lucidez cuando deja de percibir las cosas en su realidad, cuando se abstrae de la realidad emigrando a un país imaginario, cuando ha pasado a vivir de fantasías o ilusiones. Se pierde el sentido de la realidad cuando uno deja de considerar la muerte como parte integrante de la vida, como su límite o frontera, o cuando se vive como si nuestros proyectos pudieran mantenerse a perpetuidad, como si nada ni nadie los fuera a interrumpir, como si pudiéramos disfrutar de ellos eternamente.

           Cuando vivimos así, perdemos de vista la temporalidad de todos nuestros empeños en este mundo. Pues bien, nos advierte Jesús, tened cuidado, manteneos lúcidos, no sea que se os eche encima de repente aquel día, porque el cese de la vida puede llegar en el momento más inesperado: caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra, aunque no caiga sobre todos a la vez.

           Eso no significa que tengamos que vivir en un estado permanente de sobresalto -esto sería insoportable para nuestra psicología-, pero sí en estado de lucidez, conscientes de lo que somos, sabedores de nuestra precariedad y dependencia del que nos sostiene en la vida, despiertos y pidiendo fuerza al que puede darla, fuerza para escapar o para afrontar todo lo que está por venir, y fuerza para mantenernos en pie ante el Hijo del hombre.

           No en actitud desafiante, como queriendo hacerle frente, pero sí en actitud acogedora, dándole la bienvenida como a nuestro bienhechor y Salvador, como al que viene a llevarnos consigo a una tierra mejor, como al que viene a recoger nuestros mejores frutos, como al que viene a darnos la plenitud del conocimiento y de la dicha.

           Un adviento, el litúrgico, nos remite a otro adviento, el existencial. Aquel adviento nos prepara para la Navidad, y la Navidad nos tiene que preparar para el segundo adviento que debe introducirnos en el definitivo Nacimiento a la vida sin mengua ni defecto.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 27/11/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A