24 de Noviembre

Evangelio del Miércoles XXXIV

Lc 21, 12-19
Mercabá, 24 noviembre 2021

           Jesús anuncia a sus discípulos tiempos de persecución. Y ofrece algunos detalles: Os perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

           Todas estas predicciones se cumplieron históricamente durante esos tres primeros siglos de cristianismo, hasta la llegada de la paz constantiniana y el edicto de Milán del año 313. Ya los apóstoles fueron llevados ante los tribunales judíos y encerrados en las cárceles judías. Pero también las generaciones sucesivas vivieron tiempos de persecución, a veces más cruenta y sistemática, a veces más mitigada. Y tuvieron que comparecer ante reyes, gobernadores y jueces, como el mismo Jesús ante el tribunal del Sanedrín y ante el gobernador Poncio Pilato.

           Todo, por el simple hecho de llevar el nombre de cristianos. Por eso los apologistas se quejan de ser juzgados simplemente por llevar un nombre, no porque se demuestre que su vida es delictiva. Se les condena por causa del nombre de Cristo, no porque se les haya sorprendido en un delito.

           Pero Jesús ve en este hecho tan injusto la ocasión de dar testimonio de ese nombre y de esa condición. No hay ocasión más idónea para el testimonio cristiano que el momento del juicio y de la ejecución de la sentencia. Decía San Ignacio de Antioquía, ya condenado a muerte, que cuando silenciasen su vida con la muerte se convertiría en la voz más sonora del mundo. En el instante del martirio es cuando su voz resonaría con mayor claridad y sonoridad. Era la ocasión más propicia para dar testimonio de Cristo: la mejor predicación de su vida.

           Por eso no había que perder mucho tiempo en preparar la defensa; primero, porque ya estaban condenados de antemano si no renegaban de la propia fe, y segundo, porque la palabra ardiente que latía en su corazón brotaría como del fondo de un volcán incontenible, sin que ninguna otra palabra o argumento pudiera hacerla frente. Cuando les dice: yo os daré palabras y sabiduría, les está informando de que le tendrán de aliado y defensor y con él su Espíritu, que hablará por su boca con una energía y con una convicción inusuales, con una fuerza y un vigor imposibles de enfrentar.

           Ello explica la actitud desafiante de que hacen gala muchas veces esos cristianos que son conducidos a los tribunales para ser condenados a muerte.

           Jesús añade algo que pude provocar desazón, pero que da a sus palabras un tono de realismo descarnado, casi cruel: Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. También esta predicción tuvo refrendo histórico. Basta leer la Pasión de Perpetua y Felicidad para darse cuenta de esto, o el testimonio de los mártires de que da cuenta Eusebio de Cesarea.

           Hubo más de una denuncia que procedía de algún familiar o pariente, que no toleraba que su hija, o su hermano o su amigo se hubiese hecho cristiano. El nombre de cristiano despertaba tal odio que el que lo portaba se convertía instantáneamente en una persona odiosa, aunque tal persona fuese la hija o la hermana, o el amigo.

           Los lazos familiares no impedían en muchos casos la traición (=denuncia), porque el odio injertado acababa destruyendo esos lazos, como a veces los destruye el diferente posicionamiento ideológico. Porque fueron odiados, los cristianos fueron denunciados por aquellos de quienes menos cabía esperarlo, parientes, vecinos, amigos, y finalmente ajusticiados.

           Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá sin el consentimiento de vuestro Padre Dios; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. La perseverancia es muy importante para todo género de empresas. Gana el que persevera. Sin perseverancia difícilmente se puede alcanzar el premio o llegar a la meta. Para concluir algo hay que perseverar.

           También la salvación es una meta y exige perseverancia. Los mártires perseveraron en su testimonio de fe, desafiando todo tipo de dificultades, y alcanzaron lo que era objeto de su esperanza, la vida eterna. En nuestro camino por la vida no faltarán las dificultades, ni siquiera las persecuciones, pero si perseveramos hasta el final obtendremos la recompensa. No hay mejor pagador que Dios.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 24/11/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A