23 de Noviembre

Evangelio del Martes XXXIV

Lc 21, 5-11
Mercabá, 23 noviembre 2021

           El evangelista nos sitúa a Jesús en los aledaños del templo de Jerusalén. Ante una edificación tan imponente, algunos ponderaban su belleza y grandiosidad. Admiraban la calidad de la piedra y los exvotos, esos objetos que colgaban de las paredes a modo de ofrendas presentadas a Dios en reconocimiento de los beneficios recibidos de él. Todo les resultaba admirable en el templo: su majestuosa belleza, su solidez y sus adornos.

           Pues bien, oyendo Jesús estos comentarios, les dice: Esto que contempláis con tanta admiración, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido. Anuncia, pues, la destrucción de una edificación que les parece indestructible, imperecedera. Y ellos, dando crédito a sus palabras, le preguntan: Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?

           En su respuesta, Jesús les previene frente a posibles engaños, porque muchos (los adventistas de todos los tiempos) vendrán usando su nombre y anunciando la cercanía del momento final. Pero no deben ser creídos: No vayáis tras ellos. El final no vendrá en seguida.

           Antes ocurrirán cosas que fácilmente se confundirán con el final y que significarán el final para muchos: guerras, revoluciones, grandes terremotos, epidemias y hambre en diversos países, espantos y grandes signos en el cielo. Son sucesos que anticipan el final y que revelan que todo en este mundo tendrá su final, porque nada es indestructible, porque todo es perecedero. Pero el final permanece en misterio. No hay que dar oído a las voces alarmistas que lo anuncian con antelación y a veces con fecha fija. El final no vendrá en seguida.

           Pero tampoco tardará mucho en llegar para cada uno, aunque siga en pie la Torre Eiffel o la Catedral de Toledo. Y de este final sí que tendríamos que ser conscientes para no vivir en la insensatez y en la ilusión de una vida sin fin y sin deterioro.

           De cuando en cuando sucede algo (una enfermedad, una muerte imprevista, un accidente) que nos sacude y nos despierta de nuestra inconsciencia. Son las señales que nos indican que nuestra vida en este mundo tiene límite o fecha de caducidad. Por eso conviene estar preparados, no sólo para no vivir en la mentira y valorar en su justa medida aquello de lo que disponemos o disfrutamos, sino porque la vida, con sus obras y palabras, será sometida a juicio, dado que se trata de una vida responsable y, por tanto, de la que hay que responder en lo que tiene de responsable.

           Jesús anticipa que ese juicio será un refrendo de nuestra propia actitud, esto es, un juicio sin misericordia para el que no practicó la misericordia y un juicio misericordioso para el que practicó la misericordia. Lo que brota espontáneamente de Dios es la misericordia. Por eso nos resulta inconcebible un juicio divino que no lleve la impronta de la misericordia.

           Pero ahí queda la sentencia de Jesús como una amenaza permanente. Puede que el corazón inmisericorde se endurezca tanto que quede privado de toda capacidad de transformación y el juicio venga a ser una simple constatación de esa dureza irreformable. Las consecuencias serán las propias de un juicio sin misericordia. Pidamos encarecidamente al Señor que no nos haga merecedores de este juicio.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 23/11/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A