24 de Septiembre

Evangelio del Viernes XXV

Lc 9, 18-22
Mercabá, 24 septiembre 2021

           En cierta ocasión, refiere san Lucas, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo?

           Por la respuesta que dieron podemos deducir que la idea más generalizada que se habían forjado de Jesús era la de un profeta al estilo de Juan el Bautista, de Elías o de uno de los antiguos profetas. En algún otro pasaje se dice que un profeta poderoso en palabras y obras. Esa era la imagen que había quedado grabada en la mente de sus oyentes y testigos, la de un profeta capaz de persuadir con su palabra poderosa y sus obras portentosas.

           A Jesús ésta respuesta no parece satisfacerle del todo, porque continúa preguntando. Esta vez reclama una respuesta más personal y comprometida: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Le importa conocer la opinión que tienen aquellos que están más cerca de él, que han tenido por ello más posibilidades de conocerle mejor. ¿Se aproximarán a lo que él realmente es? ¿Compartirán con la gente esa idea más extendida de Jesús como profeta? ¿O habrán sido capaces de captar algo más? Porque no se trata de que esa idea fuese errónea o deformada.

           Jesús realmente se comportaba como un profeta. Su palabra y su comportamiento eran proféticos, y en la línea de los grandes profetas de la antigüedad. Era además una comprensión benevolente de su figura y actuación, porque había quienes veían en él un aliado de Belzebú, el príncipe de los demonios, o un falso profeta, o un embaucador, o un transgresor de la Ley, o un endemoniado incluso.

           Los fariseos, en general, tenían una mala imagen de Jesús. Luego, pudieron ver en él a un condenado a muerte de cruz, es decir, a un maldito. Pero la gente en general, la gente del pueblo, tenía de Jesús la imagen de un verdadero profeta. ¿Era esto, sin embargo, todo?

           Cuando Jesús se dirige a sus discípulos pidiéndoles una respuesta personal, parece esperar de ellos una opinión más acendrada y exacta, o una noción más profunda. Es lo que se espera de un amigo, a quien el trato de amistad le hacen acreedor de un conocimiento más cabal, más atinado o más personalizado. El evangelista refiere que sólo Pedro tomó la palabra para responder.

           Podemos imaginar un tenso silencio roto por la palabra de Pedro. Quizá los demás discípulos no tenían una opinión distinta de la gente; tal vez podían añadir algunos perfiles como su maestro, su señor, su guía; quizá, su pastor. Puede que cada uno tuviera su propia opinión, y ésta no fuera del todo compartida por los demás.

           Y es Pedro quien asume el protagonismo y se presenta como portavoz del resto. Al fin y al cabo Jesús había preguntado en plural (y vosotros), como si fuera posible recabar una respuesta unificada, conjunta. Al menos, sabemos que le bastó con la respuesta de Pedro, porque ya no hubo más preguntas.

           Lo que sí hubo fue una prohibición y unas precisiones a la respuesta de Pedro: El Mesías de Dios. Tú eres el Mesías de Dios. Parece la respuesta de un iluminado. El evangelista Mateo nos dice que Jesús le aseguró: Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

           Semejante aseveración deja constancia de que la respuesta de Pedro había sido no un "chivatazo", pero sí una "revelación". Así lo entiende el mismo Jesús, que se siente identificado con esta declaración que le revela como el Ungido de Dios. Ya no era visto como uno de los muchos y buenos profetas del pueblo de Israel, sino como el Ungido de Dios en singular. Y no es que en el pueblo de Israel no hubiera habido otros ungidos, como reyes y profetas; pero a Jesús Pedro le designa como el Ungido, en singular.

           Y el Señor se siente delatado por esta palabra. Pero quiere evitar malentendidos y falsas interpretaciones del término. Por eso, les prohíbe terminantemente decírselo a nadie. Él es realmente lo que Pedro ha dicho de él, el Mesías de Dios, pero de la figura mesiánica había muy diversas interpretaciones entre los judíos.

           Podían confundirle con un Mesías-rey o Mesías-guerrero, dispuesto a iniciar una campaña bélica, al estilo de un nuevo Judas macabeo, contra el ejército invasor del Imperio romano. Podían equipararle con una figura más pacífica, con la figura de un Mesías-sacerdote, venido para reformar el culto judío y devolverle a su prístina pureza. Pero ni uno ni otro eran el Mesías real, ese Ungido del Señor que había venido para evangelizar a los pobres y devolver a los cautivos la libertad por otras vías no coactivas ni violentas, por la vía de la humillación y del despojamiento.

           Por eso anuncia de inmediato el futuro que se presenta a ese Mesías. Él es el Hijo del hombre que tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. El Ungido de Dios es también un Hijo de hombre expuesto al sufrimiento y a la muerte.

           De hecho, Jesús sufrirá o padecerá mucho, y será desechado, y por tanto, humillado, como un desecho de la sociedad por sus dirigentes más notables: los ancianos o miembros del Sanedrín (consejo rector), los sumos sacerdotes (cabezas de este consejo) y los letrados (sabios o asesores del gobierno). Será incluso condenado a muerte y ejecutado. Así concluirá los días de su vida mortal, como un condenado a muerte, como un malhechor.

           Este es el final borrascoso que se anuncia en forma de presagio para el Mesías. Imaginar otro destino para este Mesías, el de Dios, es andar extraviado, andar en el error. Para evitarles este error, Jesús ha tenido interés por mostrarle el camino existencial que habrá de recorrer el reconocido por ellos con el título honorífico de Mesías.

           Al final del camino, se encontrarán con un Mesías crucificado. Por tanto, no al Mesías que entusiasma a las multitudes, no al que cosecha éxitos o al que la gente enfervorizada quiere proclamar rey, no al que se ha ganado la fama de taumaturgo al que no se le resiste ninguna enfermedad, ni siquiera la muerte. Aunque tenemos que hacer la salvedad de que el final tenebroso de su existencia terrena no es el final.

           Los apóstoles, receptores de estos augurios, tendrán también ocasión de ver a este mismo Mesías crucificado vencedor del pecado y de la muerte tras resucitar de entre los muertos al tercer día de su crucifixión. Porque Jesús no se queda en su ejecución; anuncia también su resurrección al tercer día. Luego la clausura de la muerte y del sepulcro no es el final del Mesías. Para él hay vida detrás de la muerte y éxito detrás del fracaso, y misión detrás de la cruz.

           Pero habrá de pasar por aquí. Este itinerario de humillación y muerte es exigencia de su amor compasivo y de su obediencia a la voluntad del Padre, exigencia de su misión por ser exigencia de su ser. Lo mismo que le llevó a encarnarse, su amor al hombre y su obediencia, le lleva ahora a la humillante muerte de cruz.

           Pero de aquí brota la vida porque el grano de trigo enterrado esconde la Vida misma. Y la Vida no puede morir, aunque pueda pasar por la muerte como se pasa por un pasaje oscuro o tenebroso.

           Hoy Jesús nos dirige a nosotros la misma pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Nuestra respuesta será recta opinión (=ortodoxa) si confesamos con Pedro: Tú eres el Mesías de Dios. Pero sólo será verdaderamente correcta (=ortodoxa) si asume como propias las precisiones del mismo Jesús, es decir, si aceptamos al Mesías que fue y que es, no a un Mesías imaginario o a la medida de nuestros deseos, aspiraciones o intereses.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 24/09/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A