20 de Septiembre

Evangelio del Lunes XXV

Lc 8, 16-18
Mercabá, 20 septiembre 2021

           Es una obviedad. Si se enciende un candil es para alumbrar a los que se hallan en ese espacio. Al tiempo que se alumbra, sale a la luz lo que esconden las tinieblas. Y todo lo oculto está siendo ocultado por algo o por alguien. Lo oculto es lo que aún no ha salido a la luz. Pero –sentencia Jesús- nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.

           ¡Cuántas cosas desearíamos permanecieran ocultas! ¡Cuántas cosas personales desearíamos que no llegaran a saberse nunca, porque su notoriedad nos avergonzaría! En general, preferimos que no se haga público lo que nos avergüenza o nos llena de sonrojo: aquellos actos que desearíamos ocultar eternamente.

           Pero a la mirada de Dios nada está oculto; ni siquiera esos pensamientos que hemos tenido, pero que no hemos expresado, que no han salido a la luz y puede que ni siquiera salgan. A la mirada de Dios todo está patente: lo que esconde la materia en su estructura más nuclear; lo que esconde la hipocresía o las estrategias humanas; lo que esconde la mente o el corazón de los hombres. No hay acción, por íntima que sea, que escape a la mirada de Dios. Si esto es así, nada podrá escapar de su juicio. Y en nuestra vida lo que definitivamente importa es el juicio de Dios, no el de los hombres.

           No obstante, parece que la mirada de Dios no nos incomoda. En cambio, la mirada de los hombres sí nos alarmaría en ciertas situaciones. Hay cosas que deseamos mantener ocultas a la mirada de los demás, que no desearíamos por nada del mundo que se hicieran públicas. Suponemos que el juicio de los hombres es menos comprensivo y menos misericordioso que el juicio de Dios, y esto es así aunque los demás puedan tener, y de hecho tengan, las mismas debilidades que nosotros. Pero eso no les hace jueces más idóneos de nuestras obras.

           Pero el nada hay oculto que no llegue a descubrirse no parece dicho en relación con Dios, puesto que a Él nada le está oculto, sino en relación con aquellos a quienes se pueden ocultar las cosas por algún tiempo al menos. Jesucristo nos advierte que finalmente todo saldrá a la luz: nuestras buenas (desconocidas de muchos) y nuestras malas (ocultadas) acciones.

           ¿Para qué? Para que resplandezca la verdad, para que se haga justicia, para obtener la debida recompensa. Quizá suceda que al entrar en el reino de la luz ya no haya espacio para la oscuridad ni para la ocultación. Entrar en el reino de la luz es entrar en el reino de lo manifiesto, de lo público, de lo visible. Tal es el significado de la verdad, la aletheia. Hay verdad donde la realidad se manifiesta, queda desvelada a los ojos de los que ven o entienden.

           En cuanto hijos de la luz o testigos de la verdad, hemos de desear que la luz resplandezca o que la verdad se descubra, aunque ponga al descubierto nuestras miserias más ocultas. Si esa luz procede de Dios también pondrá de manifiesto las motivaciones y las fuerzas más recónditas de nuestro lábil y voluble modo de conducirnos en la vida. Si esa luz procede de Dios irá acompañada siempre de su misericordia. Confiemos, pues, en la misericordia divina.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 20/09/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A