24 de Julio

Evangelio del Sábado XVI

Mt 13, 24-30
Mercabá, 24 julio 2021

           Jesús nos sigue hablando en parábolas de uno de sus temas preferidos: el Reino de Dios. Hablar en parábolas es hablar en términos comparativos de realidades que escapan a nuestra experiencia cotidiana. Por eso se dice: el Reino de los cielos se parece (=es comparable) a un hombre que… No se nos dice lo que es el Reino de los cielos, sino únicamente aquello a lo que se parece. La apariencia oculta la realidad, pero también la manifiesta; en la apariencia de una cosa se manifiesta lo que esa cosa es, aunque no se nos muestre el todo de esa cosa. La comparación nos lanza hacia el término comparado sin que podamos alcanzarlo del todo.

           Aquí, el término es el Reino de los cielos, y se compara con un hombre que sembró buena semilla en su campo. De un Dios bueno sólo cabe esperar buena semilla. Pero Dios, además de bueno, es poderoso. Por eso, puede ser también indulgente y misericordioso con todos. No necesita siquiera hacer ostentación de su poder.

           Pues bien, el enviado de este Dios, el Hijo del hombre, es el que siembra (con su palabra) la buena semilla en el mundo, pues el campo es el mundo. La buena semilla, como explica el mismo Jesús, son los ciudadanos del Reino y lo sembrado por ellos, es decir, los buenos. Pero en el mundo no hay sólo buenos, sino también partidarios del Maligno; no hay sólo trigo, sino también cizaña.

           La pregunta es: ¿De dónde viene la cizaña, si el sembrador sembró sólo trigo? Y la inmediata respuesta de Jesús es ésta: De la acción seminal de un enemigo (el Maligno), es decir, de alguien que quiere echar a perder la cosecha del sembrador, de alguien que no desea que le Reino de Dios progrese. Ante semejante situación, los criados de la parábola proponen arrancar la cizaña antes de que crezca más y acabe tragándose la cosecha. Ésta podría ser la solución más acertada y eficaz: arrancar la maldad que hay en el mundo para ponerle freno cuanto antes.

           Pero la propuesta no es del agrado de Jesús. ¿Se podría arrancar la maldad sin aniquilar al mismo tiempo a los malos, sus portadores y agentes? ¿Pero aniquilando a los malos no se estaría introduciendo la maldad que se pretende atajar? ¿Y quién sería capaz de hacer semejante discernimiento entre buenos y malos? ¿No habría que establecer esta separación en el corazón mismo de los buenos, en los que también hay restos de maldad, o de los malos, en los que también hay gérmenes de bondad?

           Nosotros, como aquellos criados que enseguida se constituyen en jueces ejecutores, tendemos a establecer, probablemente con demasiada precipitación, esta división (maniquea) entre buenos y malos, entendiendo por buenos a los que lo parecen, porque forman parte de un determinado grupo, porque observan unas normas de conducta, porque hacen obras buenas o porque no se oponen a Dios ni a sus proyectos; los malos serían los que no entran en esta circunscripción, los contrarios, los opositores, el resto.

           Pero esta distinción que teóricamente puede parecer tan sencilla como poner a un lado a los partidarios de Jesús o miembros de la Iglesia y al otro a los partidarios del Maligno, en la práctica es sumamente compleja y difícil, pues pisamos un terreno muy delicado, pisamos el terreno sagrado e intimísimo de la conciencia.

           Nada tiene de extraño que el sembrador del trigo, es decir, el que tiene más interés por la cosecha de lo sembrado, recomiende paciencia y espera, porque en el intento de arrancar la cizaña pudiera destruirse también el trigo antes de que alcanzara su madurez. Sucede que la planta de la cizaña se parece mucho a la del trigo y puede fácilmente confundirse. También la cizaña produce espigas, aunque su harina no es comestible como la del trigo. El parecido entre ambas semillas y el riesgo consiguiente de arrancar la buena (la del trigo) junto con la mala (la de la cizaña) aconsejan dejarlos crecer juntos hasta la siega. Sólo entonces se llevará a cabo la tarea de la separación con suficientes garantías.

           Pero esta espera atenta contra nuestra impaciencia, que desearía ver el campo libre de cizaña, sin caer en la cuenta de que tendríamos que empezar por arrancarla de nuestro mismo corazón donde también se ha instalado con la espontaneidad propia de las hierbas salvajes. Porque también en nuestro interior comparten morada bondad y maldad, egoísmo y generosidad, pereza y diligencia, soberbia y humildad.

           Aquí, en este campo reducido, aunque determinante, de la propia conciencia sí cabe discernir, separar y extirpar la cizaña antes incluso de que llegue el momento de la siega, porque la lucha por la integridad requiere juicio y discernimiento. Sólo así podremos prepararnos para el juicio definitivo, que corresponde al Juez supremo, a Aquel que nos conoce mejor que nosotros mismos. Este discernimiento definitivo sólo le es posible al Juez supremo y universal y en el momento final, porque sólo en ese momento que clausura una vida puede ser juzgada ésta con entera justicia.

           Tal es el momento de la siega y de la cosecha, el momento de la rendición de cuentas. Hasta entonces siempre cabe la rectificación, el cambio, la metanoia, la conversión de la cizaña en trigo o del trigo en cizaña.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 24/07/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A