20 de Julio

Evangelio del Martes XVI

Mt 12, 46-50
Mercabá, 20 julio 2021

            El evangelio de Mateo, lo mismo que el paralelo de Marcos (3, 31-35), nos presenta en este pasaje a un Jesús buscado por unos y acompañado por otros. La intención del evangelista, al parecer, es hacernos ver los criterios de Jesús acerca de la familia y de los lazos que se establecen en su seno. Para él, la verdadera familia no es la conformada por la simple biología o el entramado afectivo, sino la forjada en torno a Dios y a su voluntad, esto es, la de aquellos que se reúnen para escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica.

            El Maestro se encuentra reunido con un grupo de personas en el interior de una casa. Pero la reunión se ve interrumpida por la llegada de otro grupo que reclama su atención.

            Se trata de “su madre y sus hermanos”, que desde fuera lo mandan llamar porque desean hablar con él. Por madre y hermanos de Jesús hemos de entender su familia biológica o familia constituida por lazos de sangre. Pero el término hermanos no significa en este contexto “hijos de la misma madre”, sino parientes próximos. Al menos así lo ha entendido la tradición de la Iglesia en consonancia con la fe en la perpetua virginidad de María –virgen también post partum-. Lo que aquí interesa resaltar es el contraste que establece Jesús entre esa familia, su familia de consanguíneos, y aquella otra en la que él se inserta, conformada por los que escuchan la palabra de Dios.

            La gente que tenía sentada a su alrededor informó a Jesús de la llegada de sus familiares, que no se limitan a esperar, sino que demandan su atención: Oye, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. La respuesta de Jesús, por muy conocida que nos resulte, no deja de conmover nuestra sensibilidad. Todos esperaríamos que el maestro de Nazaret atendiese a esta reclamación familiar, por inoportuna que fuera, aunque ello supusiese tener que interrumpir el discurso que estaba pronunciando. Parece que una madre y unos parientes merecerían una mayor deferencia por su parte.

            Pero ante este imprevisto Jesús reacciona de manera desconcertante, no sólo para ellos, sino también para nosotros, espectadores de segunda línea. Jesús contestó al que le avisaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a los discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

            Aquella respuesta tuvo que descolocar a todos, aunque no dejaba de guardar coherencia con el catálogo profético del maestro de Nazaret. ¿No estaba menospreciando los lazos naturales que le unían a estas personas? Tal es quizá la primera impresión que dejan las palabras de Jesús. En realidad estaba valorando muy por encima de los vínculos de consanguinidad esos otros vínculos surgidos de la relación con la palabra de Dios que latía en él. El deseo de conocer la voluntad de Dios, que era al mismo tiempo interés por su palabra, creaba unos lazos de unión –una comunión- mucho más fuertes que los de la propia sangre. Jesús equipara tales vínculos a los que se dan en el interior del mismo núcleo familiar: ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

            Es tal la importancia de la palabra que encarna la voluntad de Dios que allí donde esta palabra se proclama y es acogida se crea de inmediato una nutrida red de relaciones familiares, brota la familia cristiana. Se trata, evidentemente, de una familia no sólo congregada en torno a la Palabra, sino confeccionada por la misma Palabra que hace de los interrelacionados “hermanos y madres” de Jesús y, por tanto, miembros de la misma familia. Jesús pronunció su veredicto señalando con la mano a los discípulos; por tanto, designando a los que se hallaban a su alrededor en actitud de aprendizaje como “su familia”. La otra, la familia biológica había quedado atrás o “afuera”, en un segundo término. Si quería seguir siendo su familia tendría que incorporarse a esta nueva relación o discipulado exigido por su misión mesiánica.

            A María, su madre biológica, la veremos también entre sus discípulos, a la escucha de su palabra. ¿Cómo no iba a prestar atención a la palabra de su hijo la que había escuchado con tanta seriedad las palabras del ángel en la Anunciación? ¿Cómo no iban a calar en su interior las palabras de gracia salidas de labios de su hijo la que había sido colmada de gracia desde el momento de su concepción? María es madre de Jesús por doble motivo: por haberle concebido y engendrado (corporalmente) y por haber acogido (anímicamente) la palabra de Dios. En realidad, lo engendró porque antes acogió la palabra que le proponía la maternidad virginal. Su respuesta es de todos conocida: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

            No es extraño, por eso, que esta acogida de la palabra sea, para Jesús, principio de un parentesco de superior categoría al que surge de la sangre o al meramente natural. La connaturalidad con esta palabra (de origen divino) crea vínculos familiares. Son los vínculos de amor que se establecen entre los moradores del Reino de los cielos y que se perpetuarán eternamente, vínculos más robustos que los que instaura la sangre, la amistad, el interés común o el mero afecto humano. ¡Ojalá que estemos tan cerca de Jesús y que apreciemos de tal manera su palabra que merezcamos ser considerados por él como su madre y sus hermanos!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 20/07/21     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A