28 de Enero

Evangelio del Viernes III

Mc 4, 26-34
Mercabá, 28 enero 2022

           Jesús habla de su tema de predilección, el Reino de Dios, y lo hace usando diversas comparaciones que ponen de manifiesto los múltiples aspectos de esta misteriosa y exuberante realidad. Decía: El Reino de los cielos se parece a un hombre que echa simiente en la tierra.

           De nuevo, la imagen del sembrador. Pero esta vez no se detiene a valorar los diferentes tipos de terreno que reciben la semilla, sino la potencialidad inherente a la misma semilla, que funciona en cierto modo como autónoma, es decir, que tiene su propia capacidad de germinación y de crecimiento. Él duerme de noche, y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano.

           Una vez que el sembrador ha esparcido la semilla, puede dar por terminada su tarea. La germinación y el crecimiento dependen ya de la propia semilla y su interna potencialidad y de la tierra que la acoge como en su seno. Tanto el tallo, como la espiga y el grano, serán fruto de esta simbiosis que prospera sin que el sembrador tenga que intervenir, y sin que él sepa cómo acontece esta milagrosa génesis de vida. La tierra fecundada (por la simiente) va produciendo la cosecha ella sola.

           Comparar el Reino con este acontecer productivo es concederle una potencialidad extraordinaria. Para que esto suceda tiene que haber alguien que siembre la semilla, pero una vez sembrada, se desencadena un proceso que no necesita siquiera de la supervisión del sembrador. Basta con poner en contacto la semilla con la tierra para que ésta germine y se pueble de espigas. Así es el Reino o acontecer de la Palabra de Dios sembrada en el corazón humano.

           Por eso es también comparable con un grano de mostaza: la más pequeña de las semillas. Pero aun siendo tan pequeña en sus orígenes (al momento de la siembra), acabará convirtiéndose en un arbusto más alto que las demás hortalizas, capaz de echar ramas tan grandes que hasta los pájaros podrán cobijarse y anidar en ellas.

           El Reino de los cielos es, pues, algo muy pequeño en sus comienzos, pero que luego crecerá y adquirirá notables proporciones: tan grandes que podrán dar cobijo a los que quieran refugiarse en él. Ello explica que se diga que está dentro de nosotros, como una pequeña semilla en el seno de la tierra; pero también que extenderá sus ramas más allá de nosotros, como creando un complejo entramado de redes sociales, o que fermentará como levadura toda la masa.

           La levadura es cuantitativamente insignificante en comparación con la masa, pero tiene un poder de transformación muy superior al de la masa que fermenta. También esta comparación nos habla de la potencia congénita de esta realidad germinal llamada a crecer en el espacio en que se deposita: en primer lugar, la persona, pero también la sociedad en que la persona vive y convive.

           Confiemos en el poder de esta realidad "atómica" que Cristo nos ha traído a la tierra con su palabra y su fuerza creadora: el Reino de Dios que ya ha comenzado a germinar en nuestros corazones, el amor de Dios al que no podrán hacer frente nunca, aunque lo pretendan, las fuerzas contrarias, las fuerzas del mal. Dejemos que se apodere suavemente de nosotros. Nada nos podrá hacer más dichosos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 28/01/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A