24 de Enero

Evangelio del Lunes III

Mc 3, 22-30
Mercabá, 24 enero 2022

           Entre los momentos más tensos en la vida de Jesús destaca su enfrentamiento con los letrados y fariseos. Marcos da testimonio de ello cuando refiere la interpretación que hacían de sus curaciones milagrosas. Decían: Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios. Sería, por tanto, su alianza con los demonios y el contar con su poder maléfico lo que le permitiría realizar tales prodigios y expulsar a los mismos demonios.

            Pero el razonamiento era ilógico, porque presentaba a un endemoniado –un poseído por el demonio- expulsando a los demonios de sus asentamientos. Jesucristo quiere hacerles ver esta falta de lógica: ¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil, no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido.

            Ante la obstinación de estos letrados que razonan de manera tan descabellada, Jesús no reacciona con el desprecio o la indiferencia; les invita a acercarse para entablar diálogo con ellos y hacerles entrar en razón. Es ilógico pensar que Satanás, si tiene un mínimo de inteligencia, eche a Satanás de su territorio, que actúe contra sí mismo o contra sus congéneres. Obrando así no podrá sostener su reino. No cabe, pues, pensar que el que expulsa los demonios sea un aliado de los mismos. Va contra toda lógica.

            Pero así razonaban personas en las que se supone la sensatez, llevados por el afán de descalificar al "intruso" que con sus obras y palabras estaba sembrando una semilla de discordia en el corazón de sus adeptos. Jesús era visto como un peligro para su status religioso y el de sus seguidores o afiliados. Su prestigio –éste habla con autoridad y no como los letrados- iba creciendo más y más, y su poder curativo era tan manifiesto que no veían modo de anularlo que no fuera recurriendo al argumento de la posesión diabólica. Pero tal argumento se revelaba inconsistente, como él mismo les hace ver.

           Esta manera de razonar, sin embargo, ponía de relieve una profunda obstinación. No darían fácilmente su brazo a torcer. La posición de la incredulidad deja ver muchas veces esta persistente obstinación, que puede revestir caracteres diabólicos, porque tras ella se esconde una actitud de autosuficiencia y de rebeldía que no teme hacerle frente al mismo Dios y que sólo Dios puede derribar.

            Seguramente aquí, en esta actitud que sólo la ignorancia puede justificar, hay que reconocer esa blasfemia contra el Espíritu Santo de la que habla oportunamente Jesús como pecado imperdonable. Creedme –decía- todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Y el evangelista precisa: Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.

            Jesús califica, por tanto, de pecado imperdonable la actitud de aquellos letrados que se niegan a admitir que en él está actuando el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, no un espíritu inmundo. Los que se empeñan en ver en él la actuación de un espíritu inmundo se están cerrando a la acción del Espíritu Santo, se están incapacitando para recibir el perdón de Dios y todo lo que nos llega con él.

            Por eso, a los hombres se les podrá perdonar todo, todo género de pecado y de blasfemia, pero el negarse a reconocer a Jesús como mano tendida de Dios, como el Mediador universal de la salvación –que incluye el perdón- ofrecida, es cerrarse la puerta o el camino de acceso a esa salvación. Aquí, cargar con su pecado es cargar con su obstinación o ceguera y con todas sus consecuencias.

            Dios nos ofrece la salvación por medio de la humanidad de Jesucristo, es decir, por medio de todas sus palabras y acciones; negarse a acoger este medio es autoexcluirse de todos los bienes que nos llegan por él. Si la falta de fe era, entre los contemporáneos de Jesús, un impedimento para obtener de él la salud, sigue siendo en la actualidad el gran impedimento para obtener el bien de la salvación. Dios no puede salvar a nadie contra su voluntad. Por algo nos ha dado voluntad. Podrá doblegar esa voluntad con sus medios de persuasión, que son muchos, pero no hasta el punto de anularla. Sería como despojar al hombre de su propia naturaleza. Sería como destruir la obra de sus manos.

           Pero el pecado de aquellos letrados no era imperdonable. Bastaba con que entraran en razón o reconocieran la validez de los argumentos de Jesús y dejaran de pensar en él como un endemoniado. Bastaba con que reconociesen la verdad de los hechos y aceptasen lo que Dios les ofrecía por medio de él. Bastaba con que dejaran un resquicio a la gracia de Dios. Y el arrepentimiento daría paso al perdón. Sólo el orgulloso no querer dejarse socorrer, incapacita para el socorro o hace inútil todo intento de socorro por parte del socorrista.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 24/01/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A