28 de Noviembre

Evangelio del Domingo I Adviento

Lc 21, 25-36
Mercabá,
28 noviembre 2021

            Iniciamos un nuevo año litúrgico. Emprendemos un nuevo ciclo. Volvemos a revivir antiguas esperanzas y continuamos esperando lo que todavía no ha llegado en la vivencia de lo que ya es presente. Y es que Cristo es ayer, hoy y siempre. Por eso cabe hablar de una esperanza cumplida en los días del nacimiento del Salvador, aquellos días a los que tiende la esperanza profética, que vaticina la hora en que Dios suscitará a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra.

            Para Jeremías, Cristo es mañana y su tiempo un tiempo de adviento. Para nosotros, ese Cristo con cuyo nacimiento en Belén se cumplían las promesas mesiánicas, es ayer, pertenece a nuestra tradición histórica. Pero también es hoy, porque aunque murió, resucitó y, sin dejar de estar a la derecha del Padre, decidió quedarse con nosotros en su palabra, en sus sacramentos, en la eucaristía, en su Espíritu, en su Iglesia, en sus pobres… hasta la consumación de los siglos. Y ante la presencia no cabe esperar. Si esperamos es porque Cristo no es sólo ayer y hoy, sino también "mañana" (siempre). Se trata del Cristo de la Parusía, el Cristo de su segunda venida o venida en gloria.

            A esa venida que es objeto de nuestra esperanza se refieren los textos de la liturgia de hoy. Hemos oído a san Pablo: Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo… Y así os fortaleza internamente, para que cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre. Y a san Lucas, que pone en boca de Jesús estas palabras: Entonces (es decir, cuando tiemblen las potencias del cielo) verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación.

            Hay, por tanto, como tres advientos: el que vivieron los profetas del AT y que nosotros reproducimos al preparar la Navidad haciendo memoria de un suceso que aconteció hace ya más de veinte siglos; el adviento que prepara las venidas de Cristo (en estado glorioso) hoy al corazón de cada cristiano en su Iglesia a través de las variadas mediaciones sacramentales; y el que prepara la venida gloriosa del Hijo del Hombre, la definitiva, la que pondrá fin a la fe y a la esperanza porque dará paso a la visión de lo creído y a la posesión de lo esperado.

            Este es el adviento que interesa vivir siguiendo las consignas del mismo Jesús: Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio (que provoca la pérdida de la conciencia de pecado y la confusión del bien y el mal), la bebida (un tipo de vicio) y la preocupación del dinero (esa codicia que nos hace perder de vista lo que realmente merece ser codiciado). Luego un adviento esperanzado que exige atención, vigilancia sobre nosotros mismos, lucidez mental para reconocer al verdadero Libertador, lucha contra todo lo que pretenda esclavizarnos. Aquel día caerá como un lazo sobre nosotros.

            No habrá tiempo para reaccionar. Por eso conviene estar preparados; y no hay nada mejor para esta preparación que recibir a Cristo tal como se nos hace presente hoy (en sus sacramentos) mientras esperamos su venida en gloria. Luego los advientos que preparan esas venidas de Cristo hoy (en el bautismo, en la primera y sucesivas comuniones, en la confirmación, en el matrimonio, en la penitencia y unción de enfermos, en el prójimo necesitado, etc.) son imprescindibles para vivir el adviento de la Parusía.

            Pero este Cristo que es hoy y que es mañana es el mismo Cristo que fue ayer. Al encuentro con el Cristo de hoy contribuye, sin duda, la memoria del Cristo de ayer, una memoria que se actualiza precisamente porque Cristo es hoy y siempre. Por eso recordamos y preparamos la Navidad de nuestro Salvador: porque es (ya) hoy nuestro Salvador, y lo será definitivamente en su día, que es también el nuestro: el día de nuestra liberación. ¡Preparémonos, pues, para alzar la cabeza cuando llegue ese día! Mantengámonos despiertos, lúcidos, vigilantes, sobrios, libres de todo vicio. Sólo así podremos resistir en pie su venida.

            El mundo, sin embargo, parece desatender totalmente estos consejos, porque ha perdido la fe en el que los proclama, y con la fe la esperanza en la promesa de la liberación definitiva. Pero los hombres no podemos vivir sin esperanza. Si fuese así, se clausurarían todos nuestros horizontes de futuro. A veces las esperanzas en las que se sustenta nuestra vida son demasiado pequeñas y frágiles, tan frágiles que, aunque se cumplan –lo que no siempre sucede- suelen dejar el regusto de la frustración o del desencanto. Y es que tienen un componente muy grande de irrealidad o de ilusión. Además, están sometidas a tantos azares y eventualidades que en cualquier momento pueden desmoronarse.

            He aquí un recuento ilustrativo de esas pequeñas esperanzas, o más bien ilusiones, que colorean nuestra vida de cada día: un premio de lotería, un programa de televisión, un fin de semana, la victoria del equipo con el que me identifico, el éxito en unos exámenes que me dan acceso a la universidad o a la especialidad, un coche más potente, un piso más cómodo o lujoso, unas intensas vacaciones en un país de ensueño, una comida más exquisita, el bingo, la primitiva, un juguete añorado, el sueño de cada día o de cada noche.

            Son esperanzas que tienen mucho de ilusión, tan frágiles que fácilmente derivan en frustración, decepción, desencanto; tan pequeñas que en un corto espacio de tiempo pueden derrumbarse por efecto del fracaso, siempre acechante, la desgracia, nunca del todo descartable, o la falsa expectativa. Hay quienes ya no esperan nada de la vida y procuran evadirse del mejor modo posible, recurriendo para ello a la droga, al alcohol o a cualquier tipo de vicio que les embote la mente y les permita olvidar el cruel mundo en que viven.

            Muchas desesperanzas no son más que esperanzas desinfladas; algunas de ellas construidas sobre sueños utópicos de paraísos intramundanos. Y las desesperanzas pueden acabar en desesperación, esa desesperación que vemos en personas para quienes la vida es una condena renovada que sólo despierta deseos de destrucción y muerte.

            Pero nosotros somos cristianos que nos preparamos para celebrar el nacimiento de nuestro Liberador porque ya estamos experimentando la libertad aportada por él en la espera de la liberación definitiva. Sabemos que esa espera esperanzada no es pasividad; sabemos que la salvación también hay que merecerla, deseándola, estimándola, poniendo los medios para acogerla como don de Dios.

            Y nos disponemos a ella mediante la oración, la penitencia, la práctica sacramental, la caridad, ese amor a todos de que habla san Pablo, que nos tiene que empujar a llevar nuestra esperanza (dando razón de ella cuando sea preciso) a esa geografía humana que está vacía de la misma, que vive de frágiles ilusiones o está al borde de la desesperación.

            Llevar esperanza es el mejor regalo o don que podemos aportar a ese mundo que yace en la desesperanza. Y dando esperanza, no perderemos nada; al contrario, la acrecentaremos, como se acrecienta la llama, que se transmite para que ilumine otro espacio o brille en otra antorcha. Que el Señor avive nuestra esperanza, es decir, nuestro deseo, y amortigüe nuestros temores durante este tiempo que acabamos de comenzar.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 28/11/21     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A