ILIADA DE TROYA

 

Sobre la Batalla de Ilion, de Agamenón

y Aquiles contra Héctor de Troya

 


Embestidas fratricidas entre aqueos y teucros, ejes de los ejércitos griego y troyano

Madrid, 1 octubre 2019
Manuel Arnaldos, historiador de Mercabá

            La Ilíada, o Batalla de Ilion, fue el más popular conflicto civil de la Antigüedad, sucedido el 1.190 a.C. en la vieja Hélade griega. Tuvo que ver con el conglomerado de de colonias griegas micénicas que, desde Micenas y sus alrededores, se habían ido implantando en todo el mar Egeo y mar Negro, en plena Edad Oscura de la Antigüedad.

           Veamos el relato de la batalla que nos ofrece el genial Homero, cuya intención fue la de crear una obra literaria sobre la base de un hecho real, que uniese patriotamente a todos los griegos de forma caballeresca y apasionada, de forma refinada y animalesca, y bajo la añoranza por un pasado que no perdiese nunca su fresca actualidad. Un Homero que para ello se sacó de la manga una lengua propia inventada para el caso: el griego de hexámetros dactílicos (de vocal larga-breve-larga), revolucionario respecto al ya arcaico griego espondeo (de final larga-larga).

           Leamos la 1ª parte de la Ilíada, en la que se nos ofrecerán los acontecimientos de la batalla bajo el liderazgo del rey Agamenón. Y también su 2ª parte, en la que se nos ofrecerán todos los acontecimientos bajo el liderazgo del rey Aquiles. En ambos casos, grandes caudillos de los helenos, el 1º de Micenas y el 2º de Ftía, que se enfrentaron al gran guerrero y príncipe Héctor de Troya.

a) Contexto de la Ilíada

            Troya (Ilion) no era sino una más de las colonias micénicas fundadas desde Grecia. Pero su posición geográfica y estratégica, en pleno Helesponto (en el estrecho de Dardanelos, que conectaba el mar Egeo con el mar Negro), la había hecho diferente y fundamental, para la circulación de todo el comercio micénico helénico. Troya se había hecho monopólica, había empezado a entablar relaciones con los enemigos asiáticos, y empezaba a obstaculizar a sus hermanos griegos el libre movimiento de mercancías.

            Nos cuenta Homero que fue entonces cuando el rey de Micenas, hegemónico en toda la Grecia Antigua, decidió reclutar al resto de colonias micénicas y enviar una misión de castigo a Troya. No obstante, sus 80.000 hombres chocaron una y otra vez contra la inexpugnable muralla de Troya, y con los enemigos asiáticos que Troya había logrado reclutar.

            El asedio heleno a Troya duró 10 terribles años, llenó de hambruna y enfermedad a ambas partes, arruinó a todas las metrópolis implicadas y acabó con la petición de rendición por parte de Troya. Es lo que nos relata Homero, al decir que mientras vivió Héctor, la ciudad del rey Príamo no fue expugnada, pues su gran muralla se mantuvo firme frente a los aqueos. Pero, cuando hubieron muerto los más valientes troyanos, de los argivos unos perecieron y otros se salvaron, y la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año (Ilíada, cap. XIII, 1).

b) Contenido de la Ilíada

            La Ilíada fue un poema épico de 24 cantos y 15.690 versos, escrito en el s. IX a.C. sobre los precedentes y conocidos episodios de la guerra troyana, y en el que destacaban 3 partes:

-los inicios, o año 1º de la guerra, con el juicio sobre Troya, reunión de fuerzas griegas en Calcis y primeros combates,
-el desarrollo de la contienda, o años 2º al 8º de la guerra, con la sucesión de ataques y contraataques entre ambos bandos, sin avance por ninguna parte,
-el final, o año 9º de la guerra, con la muerte de Héctor y Aquiles, episodio del caballo y toma de la ciudad.

            Antes y después de Homero, estos y otros episodios de la guerra de Troya ya habían sido objeto de cánticos épicos en la Antigüedad, y a ellos mismos alude Homero. En este caso, la finalidad homérica no fue la de ir describiendo todos esos episodios de la batalla, sino la de describir el ambiente general a través de uno solo de ellos: el enfrentamiento Aquiles-Héctor.

            Ya antes de la guerra, el rey Aquiles de Ftía era uno de los muchos agraviados por el rey Agamenón de Micenas. De ahí que cuando Agamenón decidiera comandar todas las fuerzas helénicas hacia Troya, Aquiles prefiriese retirarse con sus soldados (los mirmidones) de las naves, hasta que los griegos no restituyesen su honor.

            Hasta que comienza la batalla, y durante la contienda sobreviene la muerte de Patroclo, gran amigo de Aquiles, por parte del príncipe troyano Héctor. Pues los troyanos habían empezado a poner en aprietos a las naves helenas, y el infantil Patroclo había intentado por su cuenta, y con apoyo de los suyos, asaltar por sorpresa Troya, para desgracia suya y final ardoroso bajo la espada de Héctor, príncipe de Troya.

            Tras la muerte de Patroclo, Aquiles decide intervenir en la batalla de Troya con el único fin de vengar la muerte de su amigo, retando a Héctor a un cara a cara, consiguiendo doblegar al príncipe troyano y entregando el cadáver al rey Príamo de Troya.

b.1) Canto I

            Describe la peste y cólera que, tras 9 años de guerra entre troyanos y aqueos (coalición de griegos), se desatan sobre el campamento griego:

            Canta, oh diosa, la peste funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves el divino Zeus. Pues Zeus, airado con el rey micénico, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres empezaron a perecer (I, 1 y 8).

            El adivino Calcante, consultado sobre ello, vaticina que la peste no cesará hasta que Criseida, esclava de Agamenón, sea devuelta a su padre Crises:

            El sacerdote Crises, deseando redimir a su hija Criseida, se había presentado en las veleras naves aqueas con un mensaje: Atridas y demás aqueos de hermosas grebas. Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria. Poned en libertad a mi hija, y recibid el rescate (I, 8 y 17).

            Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse entre ellos Calcante Testórida, el mejor de los augures y que había guiado las naves aqueas hasta Ilion por medio del arte adivinatoria, habló así:  No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote Crises, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el que hiere de lejos nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la joven de ojos vivos, y llevemos a Crisa una sagrada hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza (I, 68 y 93).

            El jefe de las tropas griegas, Agamenón, tras ceder a Criseida, arrebata a Aquiles su parte del botín, la joven sacerdotisa Briseida:

            Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera y exclamó: Adivino de males. Jamás me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste nada bueno. Y ahora, vaticinando ante los dánaos, afirmas que el que hiere de lejos les envía calamidades, porque no quise admitir el espléndido rescate de la joven Criseida, a quien anhelaba tener en mi casa. La prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi legítima esposa. Pero, aun así y todo, consiento en devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que sin ella se quede (I, 106).

            Y continuó: Que los aqueos me den otra joven conforme a mi deseo, para que sea equivalente. Y si no me la dieren, yo mismo me apoderaré de la joven Briseida, botín que le espera a Aquiles. Puesto que Febo Apolo me quita a Criseida, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo a la tienda de Aquiles, me llevaré a Briseida, la de hermosas mejillas, su recompensa, para que sepan todos bien cuan poderoso soy (I, 131 y 149).

            Al haberse quedado sin la hermosa mujer, la misma que le había otorgado la comunidad en su conjunto, Aquiles se retira de la batalla, y asegura que sólo volverá a ella cuando el fuego troyano alcance sus propias naves:

            Mirándolo con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros: Ah, impudente y codicioso. No he venido a pelear obligado por los belicosos troyanos, pues en nada se me hicieron culpables. Sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. Jamás el botín que obtengo iguala al tuyo cuando se hace el reparto. Ahora me iré a Ftía, pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para procurarte ganancia y riqueza (I, 149).

            Después de altercar así con encontradas razones, se levantaron los aqueos y disolvieron el ágora que cerca de las naves aqueas se celebraba. Fuese el Pelida hacia sus tiendas, y allí le fue llevada la mano de Briseida. Y el Atrida echó al mar con una nave de veinte veinte remeros, conduciendo a Criseida hacia su patria (I, 304).

b.2) Canto II

            Describe el sueño de Agamenón, en el que Zeus se muestra inquieto por la promesa que le había hecho a Tetis, y aconseja por medio de un sueño a Agamenón que arme a sus tropas para atacar Troya:

            Zeus no probó esa noche las dulzuras del sueño, porque su mente buscaba causar gran matanza junto a las naves aqueas. Al fin creyó que lo mejor sería enviar un pernicioso sueño al atrida Agamenón, al que habló con estas aladas palabras: ¿Duermes, hijo del belicoso Atreo, domador de caballos? No debe dormir toda la noche el príncipe a quien se han confiado los guerreros y a cuyo cargo se hallan tantas cosas. Arma a los melenudos aqueos y saca toda la hueste: ahora podrías tomar a Troya, la ciudad de anchas calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están discordes, y una serie de infortunios amenaza a los troyanos (II, 1, 8 y 23).

            Así habiendo hablado, se fue y dejó a Agamenón revolviendo en su ánimo lo que no debía cumplirse. Figurábase que iba a tomar la ciudad de Troya aquel mismo día. Pero no sabía lo que tramaba Zeus, quien había de causar nuevos males a los aqueos (II, 35).

            Para probar a su ejército, Agamenón propone a los aqueos regresar a sus hogares, pero la propuesta es rechazada y Agamenón confirma que están listos para el combate:

            Cuando despertó, la voz divina resonaba aún en torno a Agamenón. Incorporóse, y, habiéndose vestido, colgó del hombro la espada guarnecida con clavazón de plata. Tomó el imperecedero cetro de su padre y se encaminó hacia las naves de los aqueos, de broncíneas corazas (II, 35).

            Agamenón llamó al consejo de magnánimos griegos para hacerles una discreta consulta: Oíd, amigos. Dormía durante la noche inmortal, cuando se me acercó un sueño divino que me dijo: ¿Duermes, hijo del belicoso Atreo, domador de caballos? Zeus te ordena que convoques a los melenudos aqueos y saques toda la hueste: ahora podrías tomar Troya. Mas, ea, veamos cómo podremos conseguir que los aqueos tomen las armas. Para probarlos como es debido, les aconsejaré que huyan en las naves a su patria; y vosotros, hablándoles unos por un lado y otros por el opuesto, procurad detenerlos (II, 53 y 56).

            Tras la aprobación del consejo, dirigido por Néstor, Agamenón se dirigió a sus tropas: Oh amigos, héroes dánaos, ministros de Ares. En grave infortunio envolvióme Zeus Cronida. Me prometió y aseguró que no me iría sin destruir la bien murada Ilion, y todo ha sido funesto engaño. Nueve años del gran Zeus transcurrieron ya; los maderos de las naves se han podrido y las cuerdas están deshechas; nuestras esposas a hijitos nos aguardan en los palacios. Ea, huyamos en las naves a nuestra patria tierra, pues ya no tomaremos Troya, la de anchas calles (II, 110).

            Así dijo; y a todos los que no habían asistido se les conmovió el corazón en el pecho. Agitóse el ágora y los aqueos, instigados por su diosa Atenea, le contestaron ¿Así, pues, huiremos a nuestras casas, a la patria tierra, embarcados en las naves de muchos bancos, y dejaremos como trofeo a Príamo y a los troyanos la argiva Helena, por la cual tantos de los nuestros perecieron en Troya, lejos de nuestra patria? (II, 142 y 173).

            También Ulises le contestó: Atrida, los aqueos no han cumplido lo que prometieron al venir de Argos: que no se irían sin destruir la bien murada Ilion. Y es, en verdad, penoso que hayamos de volver afligidos. Tened paciencia, amigos, y aguardad un poco más, hasta que tomemos la gran ciudad de Príamo (II, 284).

            Así habló Ulises, y los argivos, con agudos gritos que hacían retumbar horriblemente las naves, aplaudieron su discurso (II, 333).

            A continuación Agamenón hace un llamamiento de tropas y enumera el catálogo de naves griegas disponibles:

            Así dijo Ulises; y Agamenón, rey de hombres, no desobedeció. Al momento dispuso que los heraldos de voz sonora llamaran al combate a los melenudos aqueos; hízose el pregón, y ellos se reunieron prontamente. El Atrida y los reyes de Zeus, hicieron formar a los guerreros (II, 441).

            Pusieron los caudillos a sus soldados en orden de batalla, con 120 hombres dentro de cada nave aquea, y en medio de ellos el poderoso Agamenón (II, 474).

            Formaron filas los beocios en 50 naves, al mando de 5 caudillos y venidos de Hiria, Áulide, Esquenos, Escolos, Eteonos, Tespía, Grea, Micalesos, Harma, Ilesios y Eritras, Eleón, Hila, Peteón, Ocálea, Medeón, Copas, Eutresis y Tisbe, Coronea, Haliartos, Platea y Glisante, Hipotebas, Onquestos, Arne, Midea, Nisa y Antedón. Formaron filas los tracios en 30 naves, al mando de 2 príncipes y venidos de Aspledón y Orcómenos y Azida. Formaron filas los foceos en 40 naves, al mando de 2 príncipes y venidos de Ciparisos, Pitón, Crisa, Dáulide y Panopeos, Anemoria, Lilea, Jámpolis y la ribera del Cefiso. Formaron filas los locrios en 40 naves, al mando de 7 príncipes y venidos de Cinos, Opunte, Calíaros, Besa, Escarfe, Augías, Tarfe, Tronios y orillas del Boagrio. Formaron filas los eubeos en 40 naves, al mando de Elefénor y venidos de Calcis, Eretria, Histiea, Cerintos, Díos, Caristos y Estira. Formaron filas los atenienses en 50 naves, al mando de Menesteo y llenos de carros, armas y escudos que venían en otras 12 naves zarpadas de su puerto de Salamina.  Formaron filas los peloponesos en 80 naves, al mando de Diomedes y venidos de Argos, Tirinto, Cleonas, Hermíone y Ásine, Trecén, Eyones y Epidauro, Egina y Masete, Ornías, Aretírea y Sición, Hiperesia y Gonoesa, Pelene, Egio, Egíalo. Formaron filas otros peloponesos en 100 naves, al mando de Agamenón y venidos de Corinto y Micenas, como grueso fornido del ejército aqueo. Formaron filas los lacedemonios en 60 naves, al mando de Menelao y venidos de Esparta, Faris y Mesa, Brisías, Amiclas y Helos, Laa y Étilo, con ganas de vengar los gemidos de Helena. Formaron filas otros peloponesios en 90 naves, al mando de Néstor y venidos de Pilos, Arene, Trío, Epi, Ciparisente, Anfigenia, Pteleo, Helos, Dorio y toda la Elide. Formaron filas los arcadios en 60 naves, al mando de Agapenor y venidos del monte Cilene, Féneo, Ripe, Estratia y Enispe ventosa, Tegea, Mantinea, Estínfalo y Parrasia (II, 475-494).

            Los que habitaban en la divina Élide mandaron 10 veleras, al mando de Anfímaco y Talpio. Los residentes en las sagradas islas Equinas enviaron 40 naves negras, al mando de Meges Filida. Ulises acaudillaba a los cefalenios, procedentes de Ítaca, Nérito, Crocilea, Egílipe y Zacinto, al mando de 12 naves rojas. Toante regía a los etolios que habitaban en Pleurón, Oleno, Pilene, Calcis y Calidón pedregosa, al mando de 40 naves. Idomeneo mandaba a los cretenses que vivían en Cnoso, Gortina, Licto, Licasto, Festo y Ritio, al mando de 80 naves negras. Cuantos ocupaban el Argos pelásgico, los que vivían en Alo, Álope y Traquine y los que poseían la Ftía y la Hélade de lindas mujeres, y se llamaban mirmidones, helenos y aqueos, tenían por capitán a Aquiles y habían llegado en 50 naves (II, 615-681).

b.3) Canto III

            Describe el duelo entre Paris y Menelao. Pues Héctor, jefe de las tropas troyanas, increpa a su hermano Paris por esconderse ante la presencia de Menelao, rey griego de Esparta y prometido de la griega Helena (raptada por los troyanos):

            Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció en la primera fila de los troyanos Paris, y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a los más valientes argivos a que con él sostuvieran terrible combate (III, 15).

            Así que Menelao se holgó de ver con sus propios ojos al deiforme Paris, al momento saltó del carro al suelo sin dejar las armas (21). Entonces el deiforme Paris, apenas distinguió a Menelao entre los combatientes delanteros, retrocedió al grupo de sus amigos (III, 30).

            Advirtiólo Héctor y lo reprendió con injuriosas palabras: Miserable y mujeriego Paris. Ojalá no te contaras en el número de los nacidos. Los aqueos se ríen de ti, al ver que en tu pecho no hay fuerza ni valor. Fuiste al extranjero y secuestraste a la cuñada de hombres belicosos para ti mismo, y ahora ¿no haces ahora frente a Menelao? (III, 38 y 39).

            Ante ello, Paris decide desafiar a Menelao, en un combate singular y bajo la promesa de que el vencedor se quedaría con Helena y sus tesoros:

            Respondióle Paris: Héctor. Con motivo me increpas y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha. No me eches en cara los amables dones de la dorada Afrodita, que no son despreciables y nadie puede escogerlos a su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén a los demás troyanos todos, y déjame en medio a Menelao, para que peleemos por Helena y sus riquezas. El que venza, por ser más valiente, se llevará a su casa a Helena y sus riquezas (III, 58 y 59).

            Helena, el rey Príamo y otros nobles troyanos observan la batalla desde la muralla, donde Helena describe a los guerreros griegos ante la nobleza troyana:

            Entonces la mensajera Iris fue en busca de Helena, que estaba en el palacio tejiendo una gran tela purpúrea. Paróse Iris junto a Helena y le dijo: Paris y Menelao lucharán por ti con ingentes lanzas, y el que venza será tu esposo. Helena salió al momento de la habitación, cubierta con blanco velo y derramando tiernas lágrimas. Y con sus doncellas Etra y Clímene se presentó a las puertas Esceas (III, 121 y 130).

            Allí, sobre las torres Esceas, estaban Príamo y los ancianos de Troya. Príamo llamó a Helena y le dijo: Ven acá, hija querida; siéntate a mi lado para que veas a tu anterior marido, y me vayas diciendo quiénes son sus parientes y amigos (III, 146 y 162).

            Contestó Helena, divina entre las mujeres: Me inspiras, suegro amado, respeto y temor. Ojalá la muerte me hubiese sido grata cuando vine con tu hijo. Aquel es el poderosísimo Agamenón, buen rey y esforzado combatiente; aquél otro es el ingenioso Ulises; aquel otro el iingente Ayante, antemural de los aqueos. Distingo a los demás aqueos de ojos vivos, y me sería fácil reconocerlos y nombrarlos, mas no veo a Cástor y Pólux, hermanos carnales que me dio mi madre (III, 171 y 229).

            En el duelo entre Paris y Menelao, éste está a punto de matar a Paris, pero el troyano es salvado por Afrodita y enviado junto a Helena:

            Cuando Menelao y Paris hubieron acabado de armarse, se separaron de la muchedumbre y se colocaron en el lugar que mediaba entre ambos ejércitos, mirándose de un modo terrible y blandiendo las lanzas. Paris arrojó su lanza y dio un bote en el escudo del Atrida, torciéndose su punta se torció al chocar con el bronce helénico. Entonces Menelao atravesó con su lanza el terso escudo troyano, se clavó en la labrada coraza y rasgó la túnica sobre el ijar. Y allí hubiera muerto Paris, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompió la correa hecha del cuero. Afrodita arrebató a su hijo con gran facilidad, y llevólo en medio de densa niebla al oloroso y perfumado tálamo de Helena (III, 340 a 390).

b.4) Canto IV

            Describe la reanudación de los combates, por propia decisión de los dioses:

            Sentados en el áureo pavimento junto a Zeus, los dioses celebraban consejo. La venerable Hebe escanciaba néctar, y ellos recibían sucesivamente la copa de oro y contemplaban la ciudad de Troya. Pronto el Cronida intentó herir a Hera con mordaces palabras, y hablando fingidamente, dijo a todos: Conviene promover nuevamente el funesto combate y la terrible pelea (IV, 1 y 7).

            Atenea se disfraza y logra incitar al troyano Pándaro para que rompa la tregua pactada, lanzando una flecha que hiere al griego Menelao:

            Entonces Atenea, transfigurada en Laódoco Antenórida, penetró por el ejército troyano buscando a Pándaro, al que halló en medio de las filas troyanas que habían llegado de las orillas del Esepo. A él le dijo: Oh, hijo valeroso de Licaón, ¿te placería obedecerme? Atrévete a disparar una veloz flecha contra Menelao, pues él esta distraído y tú alcanzarías gloria entre los troyanos (IV, 85 y 93).

            El insensato Pándaro se dejó persuadir, y asió en seguida el pulido arco. Destapó el carcaj y sacó una flecha nueva, que dirigió hacia el pecho de Menelao. La amarga saeta atravesó el ajustado cinturón de Menelao; se clavó en la magnífica coraza y rompió la chapa que el héroe llevaba para proteger su cuerpo, brotando al momento una negra sangre (IV, 127).

            Tras la arenga de Agamenón a los suyos, y revisión que hace de sus tropas aqueas, se reanuda la batalla contra los troyanos:

            Estremecióse el rey Agamenón al ver la negra sangre que manaba de la herida de su hermano querido. Y al punto arengó a todas sus huestes: Ayantes y príncipes de los argivos. A vosotros os encargo que instiguéis al ejército aqueo a pelear valerosamente, para que la ciudad de Príamo sea pronto tomada, y destruida por nuestras manos (IV, 148 y 285).

b.5) Canto V

            Describe la gesta del griego Diomedes, soldado aqueo que, asistido por Atenea, está a punto de matar al príncipe troyano Eneas, hasta que Afrodita se lo impide:

            Entonces Atenea infundió a Diomedes Tidida valor y audacia, para que brillara entre los argivos y alcanzase inmensa gloria. Entonces éste empezó a arder en deseos de pelear contra los troyanos, y decidió deshacerse de su casco y escudo, dirigiéndose a las bravas a la zona con mayor número de guerreros, que tumultuosamente se agitaban (V, 1).

            El Tidida luchó como nadie en medio de los combatientes delanteros troyanos, haciendo morir a Astínoo y a Hipirón, a Equemón y a Cromio (V, 133).

            Eneas advirtió qué Diomedes destruía las hileras de los troyanos, y fue en busca del Titida por en medio de las lanzas. Hallándolo por fin, le increpó: Fuerte y eximio aqueo, ¿dónde guardas el arco y tus flechas voladoras?, ¿qué es de tu fama? Aquí tienes un rival. Ea, levanta tus manos y dispara una flecha contra mi (V, 166 y 171).

            Mas el Tidida, cogiendo una gran piedra, se la lanzó a Eneas, e hirió a Eneas en la articulación del isquion con el fémur. La áspera piedra rompió la cótila de Eenas, desgarró sus tendones y arrancó la piel. El héroe troyano cayó de rodillas, apoyó su robusta mano en el suelo y empezó a cubrirse los ojos (V, 297).

            Y allí hubiera perecido Eneas, si al punto no lo hubiese socorrido su madre Afrodita, hija de Zeus. Pues la diosa tendió sus níveos brazos al hijo amado, y lo cubrió con su refulgente manto. Mientras Afrodita sacó a Eneas de la liza, lo curó en el templo y lo devolvió sano a sus compañeros de batalla (V, 311 y 512).

            Todo ello en medio del combate, con la arenga de Héctor a sus tropas troyanas:

            En medio de la batalla, saltó Héctor del carro al suelo son sus armas, y blandiendo un par de afiladas picas, recorrió el ejército troyano. Héctor animó a sus soldados a combatir, y a que hicieran una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara a los aqueos para embestirlos, y los argivos sostuvieron apiñados la acometida y no se arredraron (V, 493).

            También destaca el licio Sarpedón, rey de Licia y aliado de los troyanos, que mata entre otros al rey Tlepólemo de Rodas:

            A su vez, Sarpedón ofrecía su ejército al divino Héctor, pues veía que Troya no subsistiría sin tropas auxiliares ni reyes aliados. Él venía de Licia, de orillas del Janto, tras dejar a su esposa e infante junto a sus riquezas, y venir a Troya para frenar a los aqueos (V, 427).

            El hado poderoso llevó a Sarpedón contra Tlepólemo Heraclida, valiente rey y de gran estatura. Tlepólemo alzó su lanza de fresno contra la del rey licio, y ambas lanzas partieron entre sí. Sarpedón hirió a Tlepólemo, atravesando su cuello con la dañosa punta, y las tinieblas velaron los ojos del guerrero (V, 627 y 655).

b.6) Canto VI

            Ante el empuje de los griegos, el príncipe Héleno (hijo de Príamo, aparte de adivino) insta a su hermano Héctor a regresar a Troya, para encargar a las mujeres troyanas que realicen ofrendas en el templo de Atenea:

            Quedaron solos en la batalla horrenda troyanos y aqueos, que se arrojaban broncíneas lanzas; y la pelea se extendía, acá y allá de la llanura, entre las corrientes del Simoente y del Janto. Entonces los aqueos rompieron la falange troyana, e hicieron aparecer la aurora de la salvación entre los suyos (VI, 1 y 5).

            Entonces Heleno Priámida, el mejor de los augures, se presentó a Héctor para decirle: Ve a la ciudad y di a nuestra madre que llame a las venerables matronas, y vaya con ellas al templo dedicado a Atenea en la acrópolis. Que abra con su llave la puerta del sacro recinto, ponga sobre las rodillas de la deidad el peplo que más aprecie de palacio, y sacrifique en el templo 12 vacas de un año. Para que la diosa se apiade de la ciudad y de los troyanos, y aparte de la sagrada Ilio la bravura de los feroces aqueos (VI, 72 y 77).

            Héctor, tras encargar la petición de Héleno a su madre Hécuba, se despide de su esposa Andrómaca y va en busca de Paris, para que no se escabulla y regrese a la batalla:

            Héctor obedeció a su hermano, volviendo de la batalla a Ilio para pedir una hecatombe a los dioses. Al pasar Héctor por la encina y las puertas Esceas, acudieron corriendo las esposas a hijas de los troyanos, y preguntáronle por sus hijos, hermanos, amigos y esposos; y él les encargó que unas tras otras orasen a los dioses, porque muchas e inminentes eran las desgracias (VI, 102 y 237).

            Cuando llegó al magnífico palacio de Príamo, le salió al encuentro su alma madre Hécuba, que asiéndole de la mano, le dijo: Hijo, ¿por qué has venido, dejando el áspero combate? Sin duda los aqueos, de aborrecido nombre, deben de estrecharnos (VI, 242 y 254).

            Héctor le contestó: No me des vino dulce como la miel, veneranda madre. Pero congrega a las matronas, lleva perfumes, y entra en el templo de Atenea. Por sobre sus rodillas el peplo más lindo y que más aprecies de cuantos haya en el palacio, sacrifícale 12 vacas de un año, y pídele que se apiade de la ciudad y de los troyanos, y no destruya la sagrada Ilio. Encamínate, pues, al templo de Atenea, que impera en las batallas, y yo iré a la casa de Paris a llamarlo para la guerra, por si me quiere escuchar. Así la tierra se lo tragara (VI, 264).

            Su esposa Andrómaca, llorosa, se detuvo a su lado, y asiéndole de la mano le dijo: Desgraciado Héctor, tu valor te perderá, pues los aqueos te acometerán todos a una y acabarán contigo (VI, 407).

            Contestóle el gran Héctor: Todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho me sonrojaría ante los troyanos si huyera del combate como un cobarde. Quizás alguien exclame, al verte derramar lágrimas: Ésta fue la esposa de Héctor, el mayor guerrero de entre los troyanos, cuando en torno de Ilio peleaban (VI, 440).

            Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos su hijo, besándolo y meciéndose en sus manos. Tras lo cual se puso el yelmo, y su amada esposa regresó a su casa vertiendo copiosas lágrimas, y volviendo la cabeza de cuando en cuando (VI, 466 y 494).

            Mientras, en el campo de batalla, el griego Diomedes ofrece lazos de hospitalidad al licio Glauco, y ambos se intercambian las armas amistosamente:

            Glauco, vástago de Hipóloco, y Diomedes, hijo de Tideo, estaban deseosos de combatir, y decidieron encontrarse en el espacio que mediaba entre ambos ejércitos (VI, 119).

            Cuando estuvieron cara a cara, Diomedes dijo el primero: ¿Quién eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres? Pues jamás te vi en las batallas. Dime de dónde vienes (VI, 123).

            Respondióle el preclaro hijo de Hipóloco: Magnánimo Tidida, ¿por qué me interrogas sobre el abolengo? Belerofonte, poniéndose en camino bajo el fausto patrocinio de tus dioses, llegó a mi vasta Licia y a sus corrientes del Janto. Y allí fue recibido (VI, 144).

            Alegróse Diomedes de lo que oía y, clavando la pica en el suelo, respondió con cariñosas palabras a su oponente: Mi antiguo huésped paterno eres, porque el divino Eneo hospedó en su palacio al eximio Belorofonte, y le tuvo consigo 20 días con obsequios magníficos de hospitalidad. Soy, por consiguiente, tu caro huésped en el centro de Argos, y tú lo serás mío en la Licia cuando vaya a tu pueblo. En adelante no nos acometamos con la lanza por entre la turba (VI, 212 y 213).

b.7) Canto VII

            Tras un debate entre Atenea y Apolo, interpretado por Héleno a Héctor, éste desafía en duelo singular a cualquier griego destacado:

            Cuando Atenea vio que los troyanos mataban a muchos aqueos en el duro combate, descendiendo de las cumbres del Olimpo, se encaminó a la sagrada Ilio. Pero, al advertirlo Apolo desde Pérgamo, fue a oponérsele, porque deseaba que los troyanos ganaran la victoria (VII, 17).

            Percibió este encuentro el adivino Héleno, y fue enseguida a decírselo a su hermano: Héctor, hijo de Príamo, ¿querrás hacer lo que te diga yo, que soy tu hermano? Manda que suspendan la batalla los troyanos y los aqueos todos, y reta al más valiente de éstos a luchar contigo en terrible combate. Porque he oído sobre esto la voz de los dioses (VII, 47).

            Oyóle Héctor con intenso placer, y, corriendo al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, detuvo las falanges troyanas y quedó él en medio. Agamenón contuvo a los aqueos, y Héctor les dijo: Oídme, aqueos. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquél a quien el ánimo incite a combatir conmigo, adelántese y será campeón con el divino Héctor (VII, 54 y 67).

            Los principales jefes griegos, arengados por el rey Néstor de Pilos (jefe del consejo de magnánimos), aceptan el desafío y, tras echarlo a suertes, eligen a Ayax para el duelo:

            Tras las palabras de Héctor, todos los aqueos enmudecieron y quedaron silenciosos, pues por vergüenza no rehusaban el desafío, y por miedo no se decidían a aceptarlo (VII, 92).

            Al fin levantóse Néstor, caballero gerenio, que les dijo: Echad suertes, y aquél a quien le toque alegrará a los aqueos, y sentirá regocijo en el corazón si logra escapar del fiero combate y terrible lucha (VII, 171).

            Los nueve ancianos señalaron sus respectivas tarjas, y seguidamente las metieron en el casco de Agamenón Atrida, mientras los guerreros oraban y alzaban las manos a los dioses. Hasta que la suerte se decantó por Ayante, y éste exclamó: Oh amigos, mi tarja es, y me alegro en el alma porque espero vencer al divino Héctor (VII, 175 y 191).

            El combate de Héctor y Ayax se alarga sin cesar, hasta que la noche pone fin a la lucha entre ambos, y éstos deciden terminar en tablas e intercambiarse regalos:

            Arrancando ambos las lanzas de los escudos, acometiéronse como carniceros leones o puercos monteses, cuya fuerza es inmensa. El Priámida hirió con la lanza el centro del escudo de Ayante, y el bronce no pudo romperlo porque la punta se torció. Ayante, arremetiendo, clavó la suya en el escudo de aquél. Mas no por esto cesaron ambos de combatir (VII, 244).

            Entonces díjole el gran Héctor a su contrincante: Ayante, puesto que los dioses te han dado valor y cordura, y en el manejo de la lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos por hoy el combate y la lucha, y otro día volveremos a pelear hasta que una deidad nos separe, después de otorgar la victoria a quien quisiere. La noche comienza ya, y será bueno obedecerla (VII, 287).

            Ayante le contesto: Ea, hagámonos magníficos regalos, para que digan aqueos y troyanos: Combatieron con roedor encono, y se separaron unidos por la amistad. Cuando esto hubo dicho, entregó Héctor a Ayante una espada guarnecida con argénteos clavos, y  Ayante regaló a Héctor un vistoso tahalí teñido de púrpura. Separáronse luego, volviendo el uno a las tropas aqueas y el otro al ejército de los troyanos (VII, 303).

            Los troyanos, en asamblea troyana, debaten si deben entregar a Helena y su tesoro (postura defendida por Anténor), o sólo su tesoro (postura defendida por Paris). Hasta que el rey Príamo ordena que se traslade a los griegos la propuesta de Paris, propuesta que los griegos rechazan con total rotundidad:

            Reuniéronse los troyanos en la acrópolis de Ilio, cerca del palacio de Príamo, y la junta fue agitada y turbulenta (VII, 344).

            El prudente Anténor comenzó a arengarles de esta manera: Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que mi corazón me dicta. Ea, restituyamos la argiva Helena con sus riquezas, y que los Atridas se la lleven (VII, 348).

            Levantóse entonces Paris y pronunció estas palabras: Anténor, no me place lo que propones y no devolveré a mi mujer, aunque sí estoy dispuesto a entregar cuantas riquezas traje de Argos (VII, 354).

            Levantóse el rey Príamo y les arengó con benevolencia diciendo: Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os manifestaré lo que hay en mi pecho. Al romper el alba, vaya Ideo a las cóncavas naves y anuncie a Agamenón y Menelao la proposición de Paris, por quien se suscitó la contienda (VII, 365).

            Cuando el recado llegó a los campamentos aqueos, todos enmudecieron y quedaron silenciosos. Hasta que Diomedes les dijo: No se acepten las riquezas de Paris, ni a Helena tampoco. Así se expresó, y todos los aqueos aplaudieron (VII, 398 y 403).

            No obstante, se acuerda entre ambas partes una tregua para la incineración de cadáveres:

            Dicho todo esto, se alzó en las playas de Ilio un cetro a todos los dioses, y por común acuerdo dispusiéronse ambas partes a recoger sus cadáveres, coger leña y hacinar los cadáveres sobre grandes piras, quemándolos y volviendo cada uno a sus campamentos (VII, 412 a 421).

b.8) Canto VIII

            Describe la reanudación de los combates, por propia decisión de los dioses:

            La aurora se esparcía por toda la tierra hasta que Zeus, que se complace en lanzar rayos, reunió el ágora de los dioses en la más alta de las cumbres del Olimpo. Y así les habló, mientras ellos le escuchaban: Oídme todos, dioses y diosas. Ninguno de vosotros se atreva a transgredir mi mandato; antes bien, asentid todos, a fin de que cuanto antes se lleve a término la interminable guerra. El dios que intente socorrer a los troyanos o a los aqueos, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo (VIII, 1 a 5).

            Inmediatamente, los aqueos desayunaron apresuradamente en las tiendas, y en seguida tomaron las armas. También los troyanos se armaron dentro de la ciudad y, aunque eran menos, se dispusieron para el combate (VIII, 53).

            Los troyanos, animados por Zeus, avanzan en la batalla y hacen retroceder a los griegos. Al llegar la noche, los troyanos acampan cerca del campamento aqueo, y lo masacran sin piedad:

            Al amanecer el día, los dardos alcanzaban por igual a unos y a otros, y los hombres caían. Allí se oían simultáneamente los lamentos de los moribundos y los gritos jactanciosos de los matadores, y la tierra manaba sangre (VIII, 60).

            Cuando el sol hubo recorrido la mitad del cielo, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en ella los destinos de muerte de los troyanos y de los aqueos, y tuvo más peso el día fatal de los aqueos (VIII, 60).

            Al caer la tarde, los troyanos y Héctor, promoviendo inmenso alboroto en los campamentos aqueos, hacían llover sobre ellos dañosos tiros (VIII, 157).

            Por parte de los aqueos, el griego Teucro de Egina causa graves daños en las filas troyanas con sus flechas. Hasta que él mismo acaba sucumbiendo a la embestida troyana:

            Ocho flechas de larga punta tiró el eximio Teucro, y todas se clavaron en el cuerpo de los jóvenes troyanos, llenos de marcial furor. Hasta que Teucro arma nuevamente el arco, e hiere en el pecho a Arqueptólemo, auriga de Héctor (VIII, 293 y 309).

            Entonces Héctor se dirigió hacia el aqueo, y acertó a darle con la áspera piedra cerca del hombro, rompiéndole el nervio que separa el cuello del pecho. Teucro cayó de hinojos, y el arco se le fue de las manos. Ayante no abandonó a su hermano caído en el suelo, sino que, corriendo a defenderlo, lo cubrió con el escudo. Acudieron también sus fieles compañeros Mecisteo y Alástor, que cogieron a Teucro y, entre grandes suspiros, lo llevaron a las naves aqueas (VIII, 335).

b.9) Canto IX

            Describe el desánimo griego, que se ven superados por el último empuje troyano. Ante lo cual Agamenón tiene que reconocer su fracaso y arrepentimiento, así como hacer una petición formal a Aquiles para que se implique en el combate, a cambio de regalos, la devolución de Briseida y la entrega de cualquiera de sus hijas como esposa:

            Los troyanos aguardaban a los aqueos en el campo. Pues los aqueos habían empezado a enseñorear una ingente fuga, compañera del glacial terror, y los más valientes estaban agobiados por insufrible pesar (IX, 1).

            El Atrida Agamenón, en gran dolor sumido el corazón, iba de un lado para otro y mandaba a los heraldos de voz sonora que convocaran al ágora. Los guerreros acudieron afligidos (IX, 9).

            Agamenón, llorando, les dijo: Oh amigos, capitanes y príncipes. Zeus me prometió destruir la bien murada Ilio, y ahora me obliga a regresar a Argos, sin gloria y después de haber perdido tantos hombres. Procedí mal, no lo niego, y a Aquiles falté dejándome llevar por la funesta pasión. Ahora quiero aplacar la ira de Aquiles, devolviéndole a la joven Briseida que arrebaté de su tienda. Le ofrezco que vuelva al combate, a cambio de 7 trípodes sin foguear, 10 talentos de oro, 20 calderas relucientes y 12 corceles robustos. Ofrezco a Aquiles, si vuelve al combate, 7 mujeres lesbias que yo mismo escogí cuando tomé Lesbos, y que en hermosura a las demás aventajan. Con ellas le entregaré a la hija de Briseo, que entonces le quité, y juraré solemnemente que jamás subí a su lecho ni me uní con ella. Y, si conseguimos volver a los fértiles campos de Argos, tendrá inmensos honores. De las tres hijas que dejé en la bien construida Micena, llévese la que quiera, sin dotarla en nada. Todo esto haría yo, con tal de que depusiera su cólera (IX, 17 a 161).

            Encabezan la embajada ante Aquiles los mismos Fénix, Ayax y Ulises, bien adiestrados con los consejo de Néstor y con disculpas incluidas por parte de Agamenón:

            Contestó Néstor, caballero gerenio: Gloriosísimo Atrida, no son despreciables los regalos que ofreces al rey Aquiles. Ea, elijamos esclarecidos varones que cuanto antes vayan a la tienda del Pelida. Y, si quieres, yo mismo los designaré y ellos obedecerán: Fénix, caro a Zeus, que será el jefe, el gran Ayante y el divino Ulises... Y fijando sucesivamente los ojos en cada uno de ellos, les recomendaba muchos consejos, para que procuraran persuadir al eximio Pelión (IX, 162 y 173).

            Cuando hubieron llegado a las tiendas y naves de los mirmidones, hallaron al héroe Aquiles deleitándose con una hermosa lira, y a Patroclo sentado frente a él (IX, 182).

            Ayante hizo una señal a Fénix, y Ulises, al advertirlo, llenó de vino la copa y brindó a Aquiles: Oh alumno de Zeus, tememos que a los ejércitos helenos nos suceda una gran desgracia, y dudamos si nos será dado salvar o perder las naves de muchos, si tú no lo revistes de valor. Cede ya y depón la funesta cólera, divino Aquiles, pues Agamenón se ha arrepentido y te pide disculpas, así como te promete grandes presentes si renuncias a ella. Él te ofrece... (IX, 223 y ss).

            También le suplican que regrese a la lucha, pero Aquiles se niega, a pesar del consejo de Fénix:

            Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: Laertíada, del linaje de Zeus, Ulises, fecundo en ardides. Preciso es que os manifieste lo que pienso hacer para que dejéis de importunarme unos por un lado y otros por el opuesto. Me es tan odioso como las puertas de Hades quien piensa una cosa y manifiesta otra. Diré, pues, lo que me parece mejor. Creo que ni el Atrida Agamenón ni los dánaos lograrán convencerme. Séale esto bastante a Agamenón, y corra tranquilo a su perdición, puesto que el próvido Zeus le ha quitado el juicio. Sus presentes me son odiosos (IX, 307).

            El anciano Fénix, que sentía gran temor por las naves aqueas, dijo después de un buen rato y saltándole las lágrimas: Si piensas en el regreso, preclaro Aquiles, el anciano jinete Peleo te predecerá, él que fue el que permitió que yo te acompañase en Ftía. Además, yo mismo, querido hijo, no me vería abandonado por ti. Yo te crié hasta hacerte cual eres, oh Aquiles, semejante a los dioses y con cordial cariño. Mucho padecí y trabajé por tu causa, y con tu auxilio me vería recompensado (IX, 434 al 606).

b.10) Canto X

            Describe las misiones nocturnas de espionaje. En primer lugar la del troyano Dolón, enviado por Héctor al campamento griego para obtener información de sus tropas:

            Acostumbraba Héctor a no dejar dormir a los valientes troyanos. Una noche, convocó a todos los próceres y les expuso una prudente idea: ¿Quién de vosotros, por un gran premio, se ofrecerá a acercarse a las naves aqueas y averiguar si éstas están a salvo todavía, o no? (X, 299).

            Había entre los troyanos un cierto Dolón, hijo del heraldo Eumedes, de aspecto feo pero de pies ágiles. Éste dijo entonces a Héctor: Héctor, mi corazón y mi ánimo me incitan a acercarme a las naves aqueas, para saberlo (X, 313).

            Con tales palabras, y jurando lo que no había de cumplirse, animó Héctor a Dolón. Y éste, sin perder momento, colgó del hombro el corvo arco, vistió una pelicana piel de lobo, cubrió la cabeza con un morrión de piel de comadreja, tomó un puntiagudo dardo y, saliendo del ejército, se encaminó a las naves aqueas (X, 332).

            Por parte griega, Néstor aconseja a Agamenón y Menelao la misión nocturna de espionaje al griego Diomedes, acompañado de Ayax y Ulises. Éstos realizan una misión de espionaje nocturna a Troya, y logran asesinar a Dolón, aparte de robar los caballos tracios y asesinar a su rey Reso mientras dormía:

            Los príncipes aqueos durmieron toda la noche vencidos por plácido sueño. Salvo el Atrida Agamenón, que no conciliaba el sueño porque en su mente revolvía muchas cosas. También Menelao estaba poseído de terror y no conseguía que se posara el sueño en sus párpados (X, 1 y 25).

            Menelao fue a visitar esa noche a su hermano Agamenón, al que halló junto a la popa de su nave y al que le dijo: ¿Por qué, hermano querido, no duermes? ¿Acaso no deseas persuadir a algún compañero para que vaya a explorar el campo de los troyanos? Respondióle el rey Agamenón: Tanto yo como tú, oh Menelao, tenemos necesidad de un prudente consejo para defender y salvar a los argivos. Preguntemos al divino Néstor (X, 37 y 42).

            Contestóles Néstor, caballero gerenio: Despertaré yo mismo a los elegidos: al valiente Diomedes, al escurridizo Ulises y al veloz Ayante (X, 102).

            Diomedes cubrió sus hombros con piel talar de león, su cabeza con piel morrión de toro, cogió su lanza y espada de dos filos, y fue a despertar a sus compañeros, a los que se llevó consigo. Una vez revestidos de las terribles armas, partieron durante la noche a Ilio, encomendándose a Atenea (X, 177 y 272).

            Cuando llegaron al campamento troyano, tendiéronse entre los muertos, fuera del camino. Hasta que vieron pasar por allí al incauto Dolón, con pie ligero y hacia el campamento aqueo. Entonces, Ulises y Diomedes corrieron a su alcance, lo arremetieron y de un tajo en medio del cuello, le rompieron sus tendones, cayendo su cabeza en el polvo (X, 349 al 454).

            Ulises, entonces, instó a sus compañeros a dirigirse hacia los corceles y las tiendas de los tracios, que dormían con sus hermosas armas en el suelo, un par de caballos junto a cada guerrero y su rey Reso en el centro. Como un león acomete al rebaño de cabras, así Ayante se abalanzó sobre los tracios, hasta que mató a doce de ellos y a su rey Reso. A cuántos aquél hería con la espada, el ingenioso Ulises los apartaba del camino, para que luego los corceles de las hermosas crines pudieran pasar fácilmente hacia el campamento aqueo (X, 464 al 482).

b.11) Canto XI

            Describe la iniciativa de Agamenón, que decide encabezar él mismo una nueva ofensiva hacia las murallas troyanas al amanecer, hasta que resulta herido por parte de Coón:

            Agamenón ordenó entonces una gran abatida sobre Troya, alzando bien su voz para que los argivos se apercibiesen, y él mismo vistiendo la armadura de luciente bronce, colgando del hombro la espada y embrazando el labrado escudo. Delante del foso ordenáronse los infantes, y a éstos siguieron de cerca los que combatían en carros (XI, 15 y 47).

            Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del día, los tiros alcanzaban por igual a unos y a otros, y los hombres caían al suelo (84).

            El Atrida, manejando la lanza con gran furia, derribó a muchos, ya de pechos, ya de espaldas, de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al alto muro de la ciudad, advirtiólo Coón y púsose al lado de Agamenón sin que éste lo notara, hasta darle una lanzada en el codo con la punta de su reluciente pica (XI, 163 al 248).

            Tras la iniciativa de Agamenón, la troyana respuesta de Héctor fue contundente, persiguiendo a los griegos hasta sus naves:

            Los troyanos pusiéronse también en orden de batalla en una eminencia de la llanura, alrededor del gran Héctor, del eximio Polidamante, de Eneas y de los tres Antenóridas: Pólibo, Agenor y Acamante (XI, 56).

            Héctor dio muerte a los caudillos Aseo, Autónoo, Opites, Dólope Clítida, Ofeltio, Agelao, Esimno, Oro y Hipónoo, además de a muchos soldados de pueblo (XI, 301).

            Gran estrago a irreparables males fueron producidos a la contra por los troyanos, dándose los aqueos a la fuga y no parando hasta llegar a sus naves (XI, 310).

            En medio de esa persecución de troyanos a aqueos, otro grupo de griegos deciden acometer de nuevo la muralla troyana. Pero Diomedes, Eurípilo, Ulises y el médico Macaón son heridos por las flechas de Paris:

            Entonces el fuerte Diomedes exhortó a los aqueos: Yo me quedaré y resistiré, aunque sea poco el provecho que logremos, pues Zeus quiere conceder la victoria a los troyano. Así, Diomedes, Ulises y otros que se le juntaron, penetraron por la turba hacia las murallas, causando confusión en el ejército troyano. Volvieron al combate como dos embravecidos jabalíes que acometen a perros de caza, y eso permitió a los aqueos, que huían de Héctor, respirar por unos instantes (XI, 316 y 320).

            Pero Paris, que se apoyaba en una columna del sepulcro de Ilo Dardánida, armó el arco y lo asestó al hijo de Tideo. Y mientras éste quitaba al cadáver del valeroso Agástrofo la labrada coraza, aquél tiró del arco y disparó, y la flecha atravesó al héroe el empeine del pie derecho. De otro flechazo Paris puso fuera de combate a Macaón y a sus calmantes drogas, e hirió igualmente a Eurípilo, gloriándose por su gran acierto frente a los intrépidos aqueos (XI, 368 al 592).

            Es entonces cuando Aquiles envía a Patroclo a la tienda de Néstor, para enterarse de las noticias de la batalla:

            Se percató Aquiles de que sacaban fuera del combate a Néstor y Macaón, y desde la popa de la ingente nave pudo contemplar la gran derrota y deplorable fuga de los aqueos. Entonces, llamó a su compañero Patroclo y le dice: Divino Menecíada, carísimo a mi corazón, ve y pregunta a Néstor quién es el herido que sacan del combate. Por la espalda tiene gran semejanza con Macaón el Asclepíada, pero no le vi el rostro (XI, 596 y 608).

            Patroclo obedeció al amado compañero y se fue corriendo a las tiendas y naves aqueas. Tras informarse de todo detenidamente, volvió y contó a Aquiles la situación de las naves aqueas, a la vez que le dijo: De los dos médicos aqueos, Podalirio y Macaón, el uno está herido en su tienda, y el otro combate vivamente en la llanura troyana (XI, 616 y 836).

b.12) Canto XII

            Describe los combates en la muralla de Troya, inexpugnable para los griegos:

            Ardía el combate al pie del bien labrado muro de Ilio, y las vigas de las torres resonaban al chocar de los dardos. Los troyanos se mantenían unidos con gran alboroto en torno al bien construido muro, levantando los escudos. Por doquiera ardía el combate al pie del lapídeo muro, y también habían quienes peleaban delante de sus puertas (XII, 34 al 175).

            Los aqueos arrancaban las almenas de las torres troyanas, demolían sus parapetos y derribaban los zócalos salientes que los troyanos habían hecho estribar en el suelo para que sostuvieran las torres. Mas los troyanos no les dejaban libre el camino, y, protegiendo los parapetos con boyunas pieles, herían desde allí a los enemigos que al pie de la muralla se encontraban (XII, 264).

            Los troyanos y el esclarecido Héctor no dejaron que se rompieran las puertas de la muralla, y el gran cerrojo que era ésta para los aqueos (XII, 290).

            En él, los troyanos deciden seguir los consejos de Polidamante, y atravesar el foso previo a la muralla que habían construido los griegos, para evitar que salieran de Troya los troyanos. Pero sin dejar desprovista la muralla, para no perder la fuerza defensiva:

            Héctor exhortaba a sus compañeros a pasar el foso de los aqueos. Pero los corceles, de pies ligeros, no se atrevían a hacerlo, y parados en el borde relinchaban, porque el ancho foso les daba horror. No era fácil, en efecto, salvarlo ni atravesarlo, pues tenía escarpados precipicios a uno y otro lado, y en su parte alta grandes y puntiagudas estacas, que los aqueos clavaron espesas para defenderse de los enemigos (XII, 60).

            Entonces llegóse Polidamante a Héctor, y dijo: Héctor y demás troyanos. Dirigimos imprudentemente los veloces caballos al foso, y éste es muy difícil de pasar, porque está erizado con agudas estacas, y a lo largo de él se levantan numerosas trampas de los aqueos. Allí no podríamos apearnos del carro ni combatir, pues se trata de un sitio estrecho donde temo que pronto seríamos heridos. Ea, pues. Que los escuderos tengan los caballos en la orilla del foso, y nosotros sigamos a Héctor a pie, con armas y todos reunidos (XII, 61).

            Los troyanos apeáronse de sus carros, mandando a los aurigas que pusieran los caballos en línea junto al foso; y habiéndose ordenado en cinco grupos, emprendieron la marcha con los respectivos jefes (XII, 80).

b.13) Canto XIII

            Describe los combates junto a las naves griegas, en que Poseidón acude a la batalla para animar a los griegos a resistir, frente a las cargas de varios contingentes troyanos:

            Los troyanos, enardecidos y apiñados a Héctor Priámida con alboroto y vocerío, tenían esperanzas de tomar las naves de los aqueos, y matar entre ellas a todos sus caudillos (XIII, 39).

            Los aqueos tenían los miembros relajados por el penoso cansancio, y se les llenó el corazón de pesar cuando vieron que los troyanos salían en tropel de la gran muralla hacia sus naves. Contemplábanlo con los ojos arrasados de lágrimas y no creían escapar de aquel peligro (XIII, 81).

            Pero el poderoso Posidón estaba al acecho en la cumbre más alta de Samotracia, contemplando la lucha y la pelea y divisando desde allí la ciudad de Príamo y las naves aqueas. Pronto bajó Posidón del escarpado monte y, asemejándose a Calcante en el cuerpo y la voz, incitó a los argivos desde que salió del profundo mar, infundiendo el deseo de combatir a los ayantes (XIII, 10 al 43).

            Héctor amenazaba con atravesar fácilmente las tiendas y naves aqueas, matando siempre y no deteniéndose hasta el mar. Pero encontró las densas falanges, y tuvo que hacer alto tras un violento choque. Y se trabó una refriega, sostenida con igual tesón por ambas partes, junto a las popas de las naves. Pues los atenienses habían sido designados para las primeras filas, al mando de Menesteo (XIII, 136 al 330).

            Entre los griegos se destaca el rey Idomeneo de Creta, que logra detener a los troyanos Héleno y Deífobo:

            Idomeneo, caudillos de los cretenses, se encaminó entonces a la batalla, armado de luciente bronce. Aunque ya semicano, Idomeneo animó a los dánaos, arremetió contra los troyanos y mató a Otrioneo, a Ascálafo y a Enomao. Al ver esto, Asio fue a herir a Idomeneo, pero anticipósele éste y le hundió la pica en la garganta. Inmediatamente acudieron a su rescate Eneas, Paris y Agenor, pero nada pudieron hacer ante Idomeneo (XIII, 295 y 361).

            También Deídofo y Héleno fracasaron con estrépito ante Idomeneo, cuando salieron a hacerle frente, deseosos el uno de alcanzar al contrario con la aguda lanza, y el otro de herir a su enemigo con una flecha arrojada por el arco (XIII, 445).

            También Héctor es detenido en su destrucción de naves griegas, en este caso por parte de Ayax:

            Héctor aún no se había enterado, e ignoraba por entero que sus tropas fuesen destruidas por los argivos a la izquierda de las naves (XIII, 673).

            Los beocios, los jonios, los locrios, los ptiotas y los ilustres epeos detenían al divino Héctor, que porfiaba como una llama en su empeño de ir hacia las naves. Todos ellos se habían armado, y habían sido reunidos por Ayante Telamonio para ponerse a defender las naves aqueas. Lo cual lograron hacer los aqueos ya a duras penas, pues la fatiga y el sudor llegaban hasta sus rodillas, y no podían apenas sostener una lucha a pie firme (XIII, 685).

b.14) Canto XIV

            Ayax hiere a Héctor en su afán por destruir naves griegas, y los troyanos se retiran del asedio a las naves, para llevar a su comandante a la ciudad:

            El preclaro Héctor arremetió contra Ayante, y contra él arrojó su lanza, y no le erró. Pero Ayante, al ver que Héctor se retiraba al darlo por herido, cogió una de las muchas piedras que servían para calzar las naves, y con ella hirió a Héctor en el pecho (XIV, 402).

            Los amigos de Héctor lo levantaron en brazos, sacáronlo del combate y condujéronle adonde tenía los ágiles corceles con el labrado carro y auriga, y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras daban profundos suspiros (XIV, 432).

            A pesar de la resistencia de Polidamante y Acamante, los griegos toman una breve iniciativa en la batalla:

            Los argivos, cuando vieron que Héctor se ausentaba, arremetieron con más ímpetu a los troyanos, y sólo pensaron en combatir (XIV, 440).

            Fue entonces a frenar a los argivos el troyano Polidamante, hábil en blandir la lanza, e hiriendo en el hombro derecho a Protoenor (XIV, 450).

            También Acamante envasó la lanza al beocio Prómaco, cuando éste cogía por los pies a un muerto a intentaba llevárselo (XIV, 486).

            Entonces Penéleo arremetió contra Acamante, e hirió a Ilioneo. Ayante hirió a Hirtio Girtíada; Antíloco hizo perecer a Falces y a Mérmero, despojándolos luego de las armas; Meriones mató a Moris e Hipotión; Teucro quitó la vida a Protoón y Perifetes; y el Atrida hirió en el ijar a Hiperenor, atravesándole con el bronce los intestinos. Así mismo, el veloz Ayante, hijo de Oileo, mató a muchos (XIV, 511).

b.15) Canto XV

            Héctor se recupera de las heridas sufridas y, con numerosos troyanos, decide volver a la carga, con una nueva ofensiva troyana sobre las naves griegas:

            En un sueño, Héctor apercibió cómo Apolo le decía: Cobra ánimo, pues el Cronión me manda desde el Ida como defensor, para asistirte y ayudarte, para proteger tu persona y tu excelsa ciudad. Dijo esto, e infundió un gran vigor a Héctor (XV, 253).

            Héctor retornó a las hileras de los suyos, y les incitó a grandes voces: Troyanos, licios y dárdanos, que cuerpo a cuerpo peleáis. No dejéis de combatir en esta angostura. Sed hombres, amigos, y mostrad vuestro impetuoso valor junto a las cóncavas naves (XV, 425).

            Los troyanos acometieron apiñados las naves aqueas, y arremetieron con gran furia a los argivos, sólo pensando en combatir. Como las olas del vasto mar salvan el costado de una nave y caen sobre ella, cuando el viento arrecia y las levanta a gran altura, así los troyanos peleaban junto a las popas con lanzas de doble filo; mientras los aqueos, subidos en las negras naves, se defendían con pértigas largas y punta de bronce, que para los combates navales llevaban (XV, 306 al 379).

            Los troyanos, semejantes a carniceros leones, asaltaban las naves y cumplían los designios de Zeus, el cual les infundía continuamente gran valor y les excitaba a combatir (XV, 592).

            Los griegos empiezan a verse rodeados y sin recursos, e incluso el mismo Ayax se ve obligado a lanzar la orden griega de retirada:

            Los aqueos sostenían firmemente la acometida de los troyanos, pero no podían rechazarlos ya de las naves(XV, 405).

            Ayante ya no resistió, porque estaba abrumado por los tiros. Y aseveró a sus compañeros: Qué vergüenza, argivos. Ya llegó el momento de morir o de salvarse, alejándonos con las naves de los troyanos. ¿Esperáis acaso volver a pie a la patria tierra? Pues Héctor está tomando los bajeles. ¿No oís cómo anima a los suyos y desean quemar las naves? Ea, volvamos a nuestra tierra en nuestras naves, que vinieron aquí contra la voluntad de los dioses, y nos han ocasionado tantas calamidades (XV, 500 y 718).

b.16) Canto XVI

            Describe el incendio troyano a las naves griegas, que destruye toda posibilidad griega de combate, y deja a los ejércitos helenos al borde de la rendición:

            Entonces los troyanos, movidos por las excitaciones de Héctor, llevaron fuego ardiente a las naves aqueas, y lo fueron extendiendo por los bajeles (XV, 742).

            Los troyanos arrojaron voraz fuego a las veleras naves, y pronto se extendió por las mismas una llama inextinguible, rodeando el fuego las popas de las naves (XVI, 125).

            Momento en que tiene lugar la intervención de Patroclo, que pide permiso a Aquiles para tomar sus armas e ir a repeler el asedio a las naves griegas:

            Patroclo, viendo que se producía el clamoreo y fuga entre los dánaos, gimió; y bajando los brazos, golpeóse los muslos, suspiró y dijo a su compañero de tienda: Eurípilo, ya no puedo seguir aquí, aunque me necesites, porque se ha trabado una gran batalla. Te cuidará el escudero, y yo volveré presuroso a la tienda de Aquiles para incitarle a pelear. ¿Quién sabe si con la ayuda de algún dios conmoveré su ánimo? (XV, 390 al 399).

            Mientras los aqueos se hundían en sus naves, Patroclo se presentó a Aquiles, derramando ardientes lágrimas: Oh, Aquiles, hijo de Peleo. Los que antes eran fuertes, ahora están heridos y yacen en las naves. Si te animas a combatir, rechazaríamos fácilmente de las naves y de las tiendas a los troyanos hacia su ciudad. Pero si rehúsas hacerlo, dime cómo he de hacerlo yo (XVI, 1 y 101).

            Aquiles le contestó: Patroclo, del linaje de Zeus y hábil jinete. Ya veo en las naves las llamas del fuego destructor, y que se están apoderando de ellas, y de los medios que tenemos para huir. Apresúrate a vestir mis armas, y yo entre tanto reuniré la gente (XVI, 126).

            Así dijo, y Patroclo vistió la armadura de Aquiles y cogió todas sus armas. Tan solo dejó su pesada y grande lanza, que el eximio Eácida había sido capaz de fabricar (XVI, 130).

            Patroclo y los suyos acometieron vociferando y a chillidos en el combate, por en medio de las naves (XVI, 426).

            Hasta que, en un intento suicida por contraatacar la muralla de Troya, tiene lugar la muerte de Patroclo, al ser alcanzado por Euforbo y rematado por Héctor:

            Tras lo cual, tres veces encaminóse Patroclo a los ángulos de la elevada muralla, siendo tres veces rechazado (XVI, 698).

            Hasta que una aguda piedra de Patroclo dio en la frente del dárdano Euforbo, auriga de Héctor, frente a las puertas Esceas. Tras lo cual, Euforbo corrió hacia el héroe con la impetuosidad de un león que devasta los establos. Y entrambos se entabló una lucha, como dos hambrientos leones. Al punto los ojos del héroe padecieron vértigos, y Euforbo lanzó a Patroclo un golpe de lanza que lo dio por vencido (XVI, 721 al 783).

            Cuando Héctor advirtió que Patroclo se alejaba y había sido herido, fue en su seguimiento por entre las filas, y le envainó la lanza en la parte inferior del vientre, que le atravesó de parte a parte. El héroe cayó con estrépito y fue cubierto por el manto de la muerte, causando gran aflicción en el ejército aqueo (XVI, 818).

b.17) Canto XVII

            Describe la gesta de Menelao, que acude a socorrer el cuerpo sin vida de Patroclo, dando muerte a Euforbo:

            No dejó de advertir el Atrida Menelao que Patroclo había sucumbido en la lid a manos de los troyanos, y armado de luciente bronce, se abrió camino por los combatientes delanteros y empezó a moverse en torno del cadáver para defenderlo. Y colocándose delante del muerto, enhiesta la lanza y embrazado el liso escudo, se aprestaba a matar a quien se le opusiera (XVII, 1).

            Tampoco Euforbo se descuidó al ver en el suelo al eximio Patroclo, sino que salió al encuentro de Menelao, lanzando sobre él su lanza. Pero la lanza de Euforbo dio un bote en el escudo liso de Menelao, y no pudo romper el bronce, porque la punta se torció al chocar con el fuerte escudo (XVII, 11).

            El Atrida acometió con la pica a Euforbo, se la clavó en la parte inferior de la garganta, y la punta atravesó el delicado cuello. Euforbo cayó con estrépito (XVII, 43).

            Los troyanos hacen retroceder a Menelao, y Héctor se hace con las armas de Aquiles que llevaba Patroclo:

            Héctor ojeó las hileras y vio en seguida a Menelao que despojaba de la espléndida armadura a Euforbo. Acto continuo, abrióse paso por los combatientes delanteros, en busca de las magníficas armas de Patroclo (XVII, 82 y 91).

            Menelao dejó el cadáver y retrocedió ante la venida de Héctor, apartándose de Patroclo y yendo a buscar a Ayante (XVII, 106).

            Héctor despojó a Patroclo de sus magníficas armas, y se lo llevó arrastrando para separarle con el agudo bronce la cabeza de los hombros, y entregar el cadáver a los perros de Troya. Entregó las magníficas armas de Aquiles a los troyanos para que las llevaran a la ciudad, donde causaron inmensa gloria (XVII, 123).

            Numerosos refuerzos griegos consiguen, entre medias, llevar el cuerpo de Patroclo a las naves:

            Al llegar Menelao a Ayante, le dijo: Ven, amigo, y apresurémonos a combatir por Patroclo muerto, y quizás podamos llevar a Aquiles el cadáver desnudo, pues sus armas las tiene Héctor. Y Ayante salió corriendo hacia Héctor, que llevaba arrastrado el cuerpo de Patroclo (XVII, 120).

            Siguieron a Ayante Idomeneo y su escudero Meriones, igual que el homicida Enialio. ¿Y quién podría retener en la memoria y decir los nombres de cuantos aqueos fueron llegando para reanimar la pelea? (XVII, 256).

            Los troyanos acometieron apiñados, con Héctor a su frente, mientras Hipótoo ataba una correa al tobillo de Patroclo, y arrastraba el cadáver por el pie, a través del reñido combate, hacia Ilio (XVII, 262 y 288).

            Pero el hijo de Telamón, acometiéndole por entre la turba, le hirió de cerca por el casco. Hipótoo perdió las fuerzas, dejó escapar de sus manos el pie del magnánimo Patroclo, y cayó de pechos al suelo (XVII, 290).

            Encaminóse Menelao hacia el cadáver de Patroclo, y logró arrastrarlo hasta las naves aqueas (XVII, 567).

b.18) Canto XVIII

            Antíloco y Néstor dan a Aquiles la noticia de la muerte de su amigo Patroclo, y éste decide volver a la lucha para vengarse de la muerte de su amigo:

            Mientras los troyanos y los aqueos combatían ardorosamente, el mensajero Antíloco fue en busca de Aquiles. Hallóle junto alas naves, de altas popas, y le dijo: Ay de mí, que temo que los dioses hayan causado la desgracia cruel para tu corazón, pues sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menecio, tu apreciado Patroclo (XVIII, 1 y 6).

            Mientras Aquiles revolvía en su mente y en su corazón, llegó el hijo del ilustre Néstor y, derramando ardientes lágrimas, dióle la triste noticia: Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo. Sabrás una infausta nueva, una cosa que no hubiera de haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y troyanos y aqueos combaten en torno del cadáver desnudo, pues Héctor tiene la armadura (XVIII, 18).

            Una negra nube de pesar envolvió a Aquiles. El héroe cogió ceniza con ambas manos, derramóla sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y la negra ceniza manchó la divina túnica; después se tendió en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba los cabellos. Dio Aquiles tan horrendo gemido que oyóle su veneranda madre Tetis, que se hallaba junto al padre anciano y prorrumpió en sollozos (XVIII, 22).

            Contestó muy afligido Aquiles a Néstor: Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando lo mataron. Ahora, puesto que no he de volver a mi patria tierra, dejemos lo pasado, pues es preciso refrenar el furor. Yo iré a buscar al matador del amigo querido, a Héctor. Yo moriré cuando lo dispongan los dioses, y yaceré en la tumba cuando muera, mas ahora ganaré gloriosa fama para los aqueos (XVIII, 97).

            Cae la noche y los troyanos se reúnen en asamblea troyana, para analizar la vuelta de Aquiles al combate. Polidamante es partidario de concentrar todas las fuerzas en las murallas de Troya y dentro de la ciudad, pero prevalece la opinión de Héctor de seguir peleando en la playa, a campo abierto:

            Los troyanos, por su parte, se reunieron en el ágora antes de preparar la cena. Celebraron el ágora de pie y nadie osó sentarse, pues a todos les hacía temblar el que Aquiles se presentara después de haber permanecido tanto tiempo apartado del combate (XVIII, 243).

            Fue el primero en arengarles el prudente Polidamante Pantoida, el único que conocía lo futuro y lo pasado. Y arengándoles benévolo, les dijo: Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto a volver a la ciudad en vez de aguardar a Aquiles en la llanura, junto a las naves, y tan lejos del muro como al presente nos hallamos (XVIII, 245 al 254).

            Mirándole con torva faz, exclamó Héctor: Polidamante, no me place lo que propones de volver a la ciudad y encerrarnos en ella. Ea, acordaos de la guardia y vigilad todos, sin romper filas. Y mañana, al apuntar la aurora, suscitaremos un reñido combate junto alas cóncavas naves (XVIII, 285 al 285).

            Así se expresó Héctor, y todos los troyanos aplaudieron a Héctor por sus funestos propósitos, y ni uno siquiera a Polidamante, que les daba un buen consejo (XVIII, 310).

            Mientras tanto, la nereida Tetis consigue que Hefesto fabrique las nuevas armas de Aquiles, para su entrada en combate:

            Tetis, la de argénteos pies y madre de Aquiles, llegó al palacio imperecedero de Hefesto, y hallólo bañado en sudor y moviéndose en torno de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes (XVIII, 368).

            Y díjole Tetis, derramando lágrimas: Hefesto, Zeus me concedió que pariera y alimentara un hijo insigne entre los héroes, que yo mandé a Ilio en las corvas naves para que combatiera con los troyanos. Y él ya no regresará de allí, ni yo le recibiré otra vez, ni él volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas grebas y coraza, pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir a manos de los troyanos (XVIII, 428).

            Contestóle el ilustre cojo de ambos pies: Cobra ánimo y no te apures por las armas, pues yo le fabricaré una hermosa armadura, que admirarán cuantos la vean (XVIII, 462).

            Hefesto puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas (XVIII, 463).

            Hefesto hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol y la luna llena, y las estrellas que el cielo coronan. Allí representó también dos ciudades de hombres: una que celebraba una boda, y otra cercada por dos ejércitos. Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto. Y una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna. Y en la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano (XVIII, 478 al 606).

            Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño (XVIII, 609).

            Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las armas, entrególas a la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán desde el nevado Olimpo, haciendo llevar a Aquiles la reluciente armadura que Hefesto había construido (XVIII, 614).

b.19) Canto XIX

            Describe la entrega de las armas que Tetis hace a su hijo Aquiles, aparte del ánimo y consejos que le da:

            Cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto le había entregado, halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente. La divina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo: Hijo mío, aunque estamos afligidos, recibe tu nueva armadura. Renuncia a la cólera contra Agamenón, ármate para el combate y revístete de valor (XIX, 1 al 8).

            La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo y delante de Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor, y huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera. Y le contestó: Madre mía, la divinidad te ha dado unas armas propias de los inmortales. Ahora me armaré (XIX, 12 al 21).

            Así mismo, tiene lugar la reconciliación entre Aquiles y Agamenón, jefe de las tropas griegas. Éste le devuelve a Briseida junto con varios regalos, además de jurarle que nunca se acostó con ella:

            Aquiles se encaminó a la orilla del mar y, dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves, y hasta los pilotos que las gobernaban, y los dispensadores de los víveres, fueron entonces al ágora, porque Aquiles se presentaba, después de haber permanecido alejado del triste combate (XIX, 40).

            Agamenón, rey de hombres, llegó el último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica durante la encarnizada lucha (XIX, 55).

            Nada más verlo, díjole Aquiles: Atrida, mejor hubiera sido para entrambos continuar unidos que sostener esta roedora disputa por una joven. Mas dejemos lo pasado, para que los aqueos no recuerden por largo tiempo nuestra disputa (XIX, 56).

            Contestóle el rey: Oh, Pelida, muchas veces los aqueos me han dirigido las mismas palabras, increpándome por lo ocurrido.  Hija veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscación. Voy a darte ahora mismo cuanto hace tiempo te ofrecí, cuando fue a tu tienda el divino Ulises, para ver si apaciguábamos tu ánimo (XIX, 78).

            Respondióle Aquiles: Atrida Agamenón, ya podrás regalarme esas cosas más tarde y como es justo, pero ahora pensemos en la batalla (XIX, 146).

            Entonces intervino el ingenioso Ulises: Oh, Aquiles, que sepas y todos los aqueos sepan que el Atrida Agamenón nunca subió al lecho de Briseida, ni con ella se juntó. Ahora mismo llevo a tu nave todos los presentes, sin dejar las mujeres, y celebraremos un banquete (XIX, 154).

            Replicó Aquiles: Atrida Agamenón, todo esto debiérais hacer cuando se suspenda el combate, pues yacen insepultos todos los que Héctor Priámida mató. No comamos ahora, sino luchemos, y después de vengar la afrenta celebraremos el banquete (XIX, 198).

b.20) Canto XX

            Aquiles inicia un furioso ataque contra el primer troyano que encuentra, Eneas, el cual es salvado in extremis por Poseidón:

            Aquiles deseaba romper por el gentío en derechura a Héctor, pues el ánimo le impulsaba a saciarse con su sangre. Mas Apolo movió a Eneas a oponerse al Pelión, poniéndose en su camino, y el Pelida se topó con Eneas como un voraz león (XX, 75 y 156).

            Eneas arrojó a Aquiles su fornida lanza, clavándola en su escudo. Tras lo cual Aquiles despidió su ingente lanza, dando a Eneas de lleno. Y al punto hubiera privado a Eneas de la vida, si no es porque lo hubiese advertido Posidón, que arrancó al punto la lanza de Eneas y sacó al troyano de la arena (XX, 259 al 273).

            Aquiles logra dar con Polidoro, hijo pequeño del rey Príamo de Troya, al que mata y ante el cual reclama la presencia a duelo de Héctor:

            Seguidamente, Aquiles acometió con la lanza a Polidoro Priámida, hundiéndole la lanza en medio de la espalda y sacando su punta por el otro lado, cerca del ombligo. El joven cayó de rodillas, dando lastimeros gritos y sujetando con sus manos los intestinos, que le salían por la herida (XX, 393).

            Tan pronto como Héctor vio a su hermano Polidoro cogiéndose las entrañas y encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo combatir a distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza e impetuoso como una llama, se dirigió al encuentro de Aquiles (XX, 419).

            Al verlo venir, y mirando con torva faz al divino Héctor, Aquiles le gritó: Acércate, para que lleve cuanto antes tu perdición a término (XX, 428).

            Pero Apolo arrebató al troyano de allí, cubriendo todo con densa niebla (XX, 438).

b.21) Canto XXI

            En otra embestida, Aquiles y los suyos logran acorralar a los troyanos en torno al río Janto, haciéndolos huir o perecer en sus aguas:

            Así que los troyanos llegaron al vado del vertiginoso Janto, Aquiles los dividió en dos grupos. A los del primero echólos el héroe por la llanura hacia Ilio, haciéndolos huir en espantada. Los otros trataron de rodear el caudaloso río, pero cayeron en sus corrientes con gran estrépito, nadando acá y allá, gritando y siendo arrastrados en torno de los remolinos (XXI, 1).

            Dentro del río, Aquiles captura a 12 troyanos vivos y logra dar con Licaón, otro de los hijos de Príamo, al que mata a sangre fría:

            Entonces, Aquiles dejó su lanza arrimada a la orilla, saltó al río y, con sólo la espada, comenzó a herir a diestro y siniestro. Cuando tuvo las manos cansadas de matar, cogió vivos a 12 mancebos dentro del río y se los encargó a sus compañeros de la orilla, para que los llevasen a las naves y los inmolasen en expiación de la muerte de Patroclo (XXI, 17).

            Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida, el cual, huyendo, iba a salir del río (XXI, 34).

            Así que logró asirlo, desfallecieron las rodillas y el corazón del troyano, que soltó la lanza y se tendió ambos brazos. Aquiles puso mano a la tajante espada a hirió a Licaón en la clavícula, junto al cuello. Metióle dentro toda la hoja de dos filos, y el troyano dio de ojos por el suelo, y su sangre fluía y mojaba el agua. El héroe cogió el cadáver por el pie y lo arrojó al río, para que la corriente se lo llevara (XXI, 114).

            Tras ello, Aquiles mata a una docena de troyanos más, y da alcance al joven Asteropeo, al que aplasta en el suelo y da en pasto a las anguilas del río:

            Aquiles se fue para los peonios que huían por las márgenes del voraginoso río y, tras alcanzarlos, dio muerte a Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso, Trasio, Enio y Ofelestes (XXI, 135).

            Inmediatamente Aquiles se dirigió hacia Asteropeo, hijo de Pelegón. Asteropeo, que era ambidiestro, lanzó las dos lanzas que llevaba en ambas manos contra el Pelida, dando una en su impenetrable escudo y rasgando la otra el codo del héroe, del cual brotó sangre negra (XXI, 136 y 161).

            Aquiles logró llegar a Asteropeo y metióle la espada en su ombligo, derramando en el suelo sus intestinos. Allí abandonó Aquiles al troyano, bajando su cadáver al agua y dando sus grasas y riñones a las anguilas y peces del río (XXI, 200).

            Es entonces cuando el río Janto se enfurece y rodea a Aquiles con sus aguas, estando a punto de ahogarlo. Hasta que Poseidón y Hera tienen que acudir en su socorro, enviándoles a Hefesto para que con sus llamas secase el río:

            Estando Aquiles en el centro del río, éste le atacó enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió la corriente y, arrastrando los muertos por Aquiles que había en el cauce, arrojólos a la orilla. Las revueltas olas rodeaban a Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y le empujaba, y el héroe ya no se podía tener en pie. Asióse con ambas manos a un olmo corpulento y frondoso, pero éste rompió el borde escarpado y, arrancado de raíz, oprimió la hermosa corriente con sus muchas ramas, cayendo entero al río (XXI, 233).

            Enseguida Posidón se acercó donde estaba Aquiles, y le asió de las manos (XXI, 284).

            Pero el Escamandro no cedía en su furor, irritándose aún más contra el Pelión y levantando a lo alto sus olas (XXI, 298).

            Hera, temiendo que el gran río derribara a Aquiles, envió en seguida a Hefesto, su hijo amado, para que socorriese pronto a Aquiles (XXI, 331).

            Hefesto, arrojando una abrasadora llama sobre el río Janto, incendió primeramente la llanura y los cadáveres de los guerreros, y luego secó el campo y el agua cristalina, que dejó al punto de correr, y empezó a hervir por todas partes (XXI, 342).

b.22) Canto XXII

            Tras la batalla del río Janto, la retirada del ejército troyano se va concentrando en torno a la muralla de Troya, hasta que el rey Príamo les abre la puerta y se refugian en la ciudad:

            Los troyanos que habían sobrevivido al río Escamandro, huyendo en tropel, llegaron corriendo a la ciudad. Ni siquiera se atrevieron a esperarse los unos a los otros, fuera de la ciudad y del muro, para saber quiénes habían escapado y quiénes habían muerto en la batalla (XXI, 600).

            Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto los aqueos se iban acercando a la muralla, con los escudos levantados encima de los hombros (XXII, 1).

            No obstante, Héctor decide queda fuera, extramuros, y con con ánimo de pelear cara a cara contra Aquiles:

            Sólo Héctor se detuvo fuera de Ilio, en las puertas Esceas, esperando inmóvil la llegada de Aquiles y con vehemente deseo de combatir con Aquiles. Y eso que el anciano Príamo, tendiéndole los brazos, le decía en tono lastimero: Héctor, hijo querido, no aguardes a ese hombre, solo y lejos de los amigos (XXII, 7 y 37).

            En el duelo entre Héctor y Aquiles, Héctor busca el lugar más idóneo para la pelea, mientras Aquiles busca el lugar más desprotegido del cuerpo de Héctor. Hasta que Aquiles logra matar a Héctor, ata su cadáver a su carro de combate y empieza a dar vueltas al cadáver de Héctor alrededor de la ciudad:

            Al llegar Aquiles, Héctor dejó las puertas Esceas y salió corriendo hacia las murallas más protegidas de Troya. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dardanias, Aquiles, adelantándosele, lo apartaba hacia la llanura (XXII, 131 al 188).

            Cuando por fin ambos guerreros se hallaron frente a frente, Aquiles arrojó su fornida lanza sobre Héctor, que se inclinó y provocó que ésta se clavara en el suelo. Héctor despidió su lanza sobre el Pelida y no erró el tiro, pero dio un bote en medio del escudo del Pelida (XXII, 246).

            Entonces sacaron ambos sus sendas espadas, y se lanzaron al vuelo como dos águilas que van a por la liebre. Hasta que Aquiles observó la parte del cuerpo de su oponente ofrecía menos resistencia, por el escudo que llevaba, y clavó su pica en las clavículas que separaban el cuello de sus hombros. La punta atravesó el delicado cuello de Héctor, y éste cayó moribundo al polvo (XXII, 306).

            Aquiles ató los tobillos de Héctor a las correas del buey, ató éstas al carro, y picó a los caballos para que arrancaran. El cadáver de Héctor fue arrastrado por los caballos, armando gran polvareda, y yendo a desembocar en los campamentos aqueos (XXII, 395).

b.23) Canto XXIII

            Describe los juegos funerarios en honor de Patroclo, con las 7 pruebas de carrera, carrera de carros, pugilato, lucha, lanzamiento de peso, tiro con arco y lanzamiento de jabalina:

            Mientras gemían los troyanos en la ciudad, los aqueos, una vez llegados a las naves y al Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles (XXIII, 1).

            Pero a los mirmidones no les permitió Aquiles que se dispersaran, y puesto en medio de los belicosos compañeros, les dijo: Mirmidones, mis compañeros amados. No desatemos del yugo los solípedos corceles; acerquémonos con ellos y los carros a Patroclo, y llorémoslo. Recojamos después los huesos de Patroclo Menecíada, y pongámoslos en una urna de oro, y organicemos para él los sagrados juegos (XXIII, 6 y 236).

            Así habló el Pelida, y los veloces aurigas se reunieron para celebrar los juegos, así como los expertos en pugilato, famosos por la lanza, adiestrados para la lucha, dotados para la velocidad, lanzadores de lanza, forzudos en tirar bolas de hierro y arqueros de azulados hierros (XXIII, 287 y ss).

            Sonrióse el divino Aquiles, holgándose de sus amigos (XXIII, 555).

b.24) Canto XXIV

            Describe el rescate de Héctor. En él, el rey Príamo y un viejo heraldo se dirigen desapercibidos hacia el campamento aqueo, y gracias a Hermes logran dar con la tienda de Aquiles:

            En el palacio de Príamo, todo eran llantos y alaridos. Los hijos, sentados en el patio alrededor del padre, bañaban sus vestidos con lágrimas, y el anciano aparecía en medio, envuelto en un manto muy ceñido, y tenía en la cabeza abundante estiércol que al revolcarse por el suelo había recogido. Las hijas y nueras se lamentaban en el palacio, recordando los muchos varones esforzados que yacían en la llanura (XXIV, 159).

            Entonces fue enviado Hermes por Zeus a Troya, deteniéndose cerca de Príamo y hablándole quedo: Cobra ánimo, Príamo Dardánida, y no te espantes, que no vengo a presagiarte males, sino a participarte cosas buenas: soy mensajero de Zeus, que aunque esté lejos, se interesa por ti y te compadece. El Olímpico te manda rescatar al divino Héctor, llevando a Aquiles dones que aplaquen su enojo. Ve solo, sin que ningún troyano se te junte, acompañado de un heraldo más viejo que tú, para que guíe los mulos y el carro. Yo te guiaré hasta él (XXIV, 171).

            El anciano subió presuroso al carro y lo guió a la calle. Cuando llegaron al campamento de los mirmidones, Príamo saltó del carro a tierra, dejó a Ideo con el fin de que cuidase de los caballos y mulas, y fue derecho a la tienda en que moraba Aquiles (XXIV, 322 y 468).

            En la tienda de Aquiles, Príamo ruega a Aquiles que le entregue el cadáver de Héctor, y consigue que Aquiles acepte tras ofrecerle regalos:

            Cuando Príamo entró en la tienda de Aquiles, hallóle dentro y sus amigos le servían, pues acababa de cenar. El gran Príamo entró sin ser visto, acercóse a Aquiles, abrazóle las rodillas y besó aquellas manos terribles (XXIV, 486).

            Príamo suplicó a Aquiles: Acuérdate de tu padre, Aquiles, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos excelentes en la espaciosa Troya, puedo decir que de ellos ninguno me queda. A por Héctor vengo ahora a las naves aqueas, a fin de redimirlo de ti, y traigo un inmenso rescate (XXIV, 505).

            A Aquiles le vino deseo de llorar por su padre, y asiendo de la mano a Príamo, contestole: Ah, infeliz, muchos son los infortunios que tu ánimo ha soportado. ¿Cómo osaste venir solo a las naves de los aqueos? De hierro tienes el corazón. No me irrites más, oh anciano. Tengo acordado entregarte a Héctor, pues para ello Zeus me envió como mensajera a la madre que me dio a luz (XXIV, 518).

            En seguida desengancharon caballos y mulas, y quitaron del lustroso carro los inmensos regalos troyanos por el rescate de Héctor (XXIV, 571).

            Entre Aquiles y Príamo deciden darse una tregua de 11 días, para celebrar los funerales de Héctor:

            Antes de partir Príamo de la tienda de Aquiles, con el cuerpo de Héctor, díjole Aquiles: Ahora, Príamo, habla y dime con sinceridad durante cuántos días quieres hacer honras al divino Héctor, para, mientras tanto, permanecer yo mismo quieto y contener el ejército (XXIV, 650).

            Respondióle en seguida el anciano Príamo: Si quieres que yo pueda celebrar los funerales del divino Héctor, durante nueve días lo lloraremos en el palacio, el décimo lo sepultaremos y el pueblo celebrará el banquete fúnebre, el undécimo le erigiremos un túmulo y el duodécimo volveremos a pelear, si necesario fuere (XXIV, 659).

            Así, diciendo, Aquiles estrechó por el puño la diestra del anciano para que no sintiera en su alma temor alguno. El heraldo y Príamo, prudentes ambos, se acostaron, allí en el vestíbulo de la tienda (XXIV, 671).

            Cuando entró Príamo con el cadáver de su hijo por las puertas de Troya, prorrumpió todo el pueblo en sollozos y fue clamando por toda la ciudad. Y el anciano rey les dijo: Venid a ver a Héctor, troyanos y troyanas, si otras veces os alegrasteis de que volviese vivo del combate, pues él era el regocijo de la ciudad y de todo el pueblo (XXIV, 694).

            Dentro del magnífico palacio, pusieron el cadáver en torneado lecho, y ningún hombre ni mujer de la ciudad quedaron sin ir a visitarlo (XXIV, 718).

            Por espacio de nueve días acarrearon abundante leña. Cuando por décima vez apuntó la aurora, sacaron llorando el cadáver del audaz Héctor, lo pusieron en lo alto de la pira y le prendieron fuego. Así hicieron las honras de Héctor (XXIV, 782 y 804).

c) Comentario de la Ilíada

            La guerra de Troya fue un conflicto bélico entre los propios pueblos helénicos en torno a la ciudad de Troya. Posiblemente, una expedición de castigo por parte de las principales metrópolis helénicas contra su colonia de Troya:

-según Homero, por el rapto que habían hecho de Helena de Esparta para su príncipe Paris,
-según Herodoto, por las alianzas de amistad que habían hecho con los persas y reinos asiáticos.

            Los antiguos y clásicos griegos nunca tuvieron ninguna duda respecto al relato de los hechos, que ellos mismos se transmitían de forma oral y escrita, y a pesar de los pasajes poéticos y mitológicos que ellos mismos fueron introduciendo. Así como la arqueología también corrobora esta versión, desde que el alemán Schliemann excavase en 1870 la colina de Hisarlik en busca de Troya, y hallase bajo la Nueva Ilión las ruinas de las diversas ciudades habían sido habitadas durante épocas distintas. 

c.1) Sobre Troya

            Troya fue fundada por los griegos de la isla de Samotracia, que en plena Edad Oscura se habían adentrado en las costas de Asia Menor a través del Estrecho de Dardanelos, único punto de unión entre el mar Mediterráneo y mar Negro. Los samotracios denominaron teucros a sus nuevos habitantes, surgidos de la mezcla que hicieron los propios colonos samotracios con las indígenas anatolias, posiblemente emparentadas con los vecinos reinos asiáticos. Así como llamaron Ilion a la ciudad, pusieron a Atenea como su protectora y fortificaron sus muros, para que la ciudad no cayese en manos orientales.

            En base a las excavaciones arqueológicas, se puede decir que la ciudad había pasado por las fases históricas:

-prehistórica, del 2.900 al 1.900 a.C. y bajo nombres de Troya I, II, III y IV, con posibles poblamientos intermitentes, de escasa continuidad cultural,
-fundacional, del 1.900 al 1.300 a.C. y bajo nombre de Troya V, con claro establecimiento de población y estructuras, así como riquezas que fue acumulando,
-esplendorosa, del 1.300 al 1.000 a.C. y bajo nombre de Troya VI y VII, durante la cual debió suceder una hecatombe a la misma, seguida de una total destrucción,
-decadente, del 700 al 100 a.C. y bajo nombre de Troya VIII y IX, en que fue asimilándose a los periodos helenísticos y romanos gracias a su puerto de Troade,
-final, hacia el año 500 d.C. y bajo nombre de Troya X, en que desaparece del mapa tras la caída del Imperio romano.

            En base a las crónicas escritas sobre la ciudad, fuera del mundo griego, se puede decir que:

-hacia 1.300 a.C, Troya recibió una campaña militar por parte de los hititas y su general Piyamaradu, bajo el reinado del hitita Muwatalli II y según la Crónica de Manapa Tarhunta, rey del Río Seha y vasallo del Reino Hitita,
-hacia el 1.250 a.C, Troya fue causa de confrontación entre los hititas y los ahhiyawa, resuelta de forma amistosa en tiempos del rey hitita Hattusili III,
-hacia el 1.240 a.C, Troya intenta ser ocupada en su trono por el hitita Walmu, bajo el apoyo del rey hitita Tudhaliya IV y según la Crónica de Millawanda,
-hacia el 1.215 a.C, Troya deja de tener referencias escritas dentro del Reino Hitita,
-hacia el 1.188 a.C, Troya fue sometida y sucumbió bajo el reinado del egipcio Twosret I, según la Lista de Manetón, sacerdote egipcio.

c.2) Sobre la Guerra de Troya

            Tuvo lugar en plena Edad Oscura de la Antigüedad, basculando entre:

-el 1.250 a.C, según Herodoto, por coincidir con el reinado de Agamenón en Micenas,
-el 1.218 y 1.208 a.C, según la Crónica de Paros del s. IV a.C,
-el 1.194 y 1.184 a.C, según Eratóstenes, gran matemático griego.

            Lo que sí parece evidente es que Troya fue arrasada por este conflicto, posiblemente a través de dos embestidas que tuvieron lugar:

-en su Troya VI, del 1.250 a.C. y con apoyo hitita incluido a la colonia griega, según demostró Kretschmer en 1924 sobre el hitita Tratado de Alaksandu,
-en su Troya VII, del 1.200 a.C. y con destrucción de los restos micénicos que se habían ido imponiendo sobre la Troya VI, según demostró Latacz en 1934 en sus análisis de las arenas troyanas.

            La mayoría de los habitantes troyanos murieron o tuvieron que emigrar al exilio. Respecto a los atacantes, todavía no hay acuerdo total, pero sí evidencias arqueológicas de que:

-partieron a nivel conjuntado desde la isla de Chipre, durante la Troya VI y según demostró Demietrou en 1996, en base a coincidentes artefactos arqueológicos a ambas partes del mar Egeo,
-tuvieron que ver con los piráticos pueblos del mar, durante la Troya VII y según demostró Carlos Moreu en 2005 sobre la egipcia Crónica de Medinet Habu, sobre la coalición marítima que se enfrentó a Ramsés III.

Madrid, 1 octubre 2019
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